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23 de enero de 2021

Luces y zapatos, Gianni Rodari


5 «Luces» y «zapatos», Gianni Rodari De Gramática de la fantasía (1973)
 
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«Luces» y «zapatos»
 
La historia que sigue fue inventada por un niño de cinco años, con la intervención de tres compañeros suyos, en la escuela primaria Diana, de Reggio Emilia. El «binomio fantástico» de que toma el origen -«luces» y «zapatos»- había sido sugerido por la maestra (al día siguiente de que yo hubiera hablado a los niños sobre esta técnica).
Pero, pasemos a la historia:
Érase una vez un niño que se ponía siempre los zapatos de su papá. Una noche el papá se cansó de que el niño se pusiera siempre sus zapatos, así que lo puso conectado a la luz, y después a medianoche se cayó. Entonces el papá exclamó:
-¿Qué pasa, hay ladrones?
Fue a ver y se encontró el niño en el suelo. El niño estaba todo encendido. Entonces el papá intentó darle la vuelta a la cabeza pero no se apagaba, probó tirándole de las orejas pero no se apagaba, probó apretándole el ombligo pero no se apagaba, probó quitándole los zapatos y lo consiguió, el niño se apagó.
El gran descubrimiento final -que no era obra del narrador principal, sino que había sido sugerido por uno de sus tres pequeños ayudantes- gustó tanto a los cuatro autores que sintieron la necesidad de aplaudirse ellos mismos: Era una imagen que cerraba lógica y perfectamente el círculo, y daba a la historia un sentido de obra definitiva y completa; pero tal vez era mucho más.
Creo que el propio doctor Freud sentiría, incluso como un fantasma, una intensa emoción al escuchar una historia como ésta, tan fácilmente interpretable en términos de «complejo de Edipo»: desde el principio... vemos ese niño que se pone los zapatos del padre... que quiere «hacer de padre», para tomar su lugar junto a la madre.
Lucha impareja, sembrada de imágenes de muerte. «Conectar» quiere también decir «empalar»... Y, el niño, ¿estaba caído en el suelo o bajo tierra? No deberíamos tener ninguna duda si leemos adecuadamente aquel «se apagó» que da al drama su conclusión trágica. «Apagarse» quiere decir «morirse», son sinónimos: «Se ha apagado en el beso del Señor» dicen algunas necrológicas. Vence el más fuerte y maduro. Vence a la medianoche, la hora de los espíritus... y, antes de la muerte, viene la tortura: todo aquel «darle la vuelta a la cabeza», «tirarle de las orejas», «apretarle el ombligo»...
No insistiré en este ejercicio no autorizado de psicoanálisis. Que hablen los técnicos: «videant consules»...
Si lo profundo, lo escondido, se ha adueñado del «binomio fantástico» para escenificar sus dramas, el punto exacto de este enseñoreamiento me parece que lo constituye la evocación de la palabra «zapatos» en la experiencia infantil. Todos los niños juegan a ponerse los zapatos del padre y de la madre. Para ser «ellos». Para ser más altos. Pero también, simplemente, para ser «otra persona».
El juego de disfrazarse, aparte de la importancia de sus simbolismos, resulta siempre divertido por los efectos grotescos que conlleva. Es teatro: ponerse en el lugar de otro, interpretar un papel, inventarse una vida, descubrir nuevos gestos. Es una lástima que, generalmente, se permita a los niños disfrazarse sólo en carnaval; y aun entonces han de usar una chaqueta del padre o una falda vieja de la abuela. En todas las casas debería haber un arcón lleno de ropas en desuso a disposición de los niños para que se disfracen. En las escuelas primarias de Reggio Emilia hay, no sólo un arcón, sino un completo guardarropía, para este fin. En Roma, en el mercado de Via Sannio, se venden toda clase de vestidos, trajes de noche, restos de serie, ropas pasadas de moda: allí íbamos, cuando nuestra hija era pequeña, a reponer las existencias de nuestro arcón. A sus amigas les gustaba venir a nuestra casa sólo por el bendito arcón.
¿Por qué el niño se quedó «encendido»? La razón más obvia está en la analogía: «conectado» a la lámpara, el niño se comporta como una bombilla. Pero esta explicación nos bastaría si el niño se hubiese «encendido» en el mismo momento en que era «conectado» por el padre. La narración no registra el hecho en aquel preciso momento.
Nosotros vemos el niño «encendido» sólo después que ha caído al suelo. Creo que la imaginación ha necesitado de un momento (unos pocos segundos) para establecer la analogía entre «conectado» y «encendido», porque ésta no nos había sido revelada por medio de la «visión», sino de la selección verbal. El narrador sí veía al niño «encendido», y en cierta manera así nos lo describía, por medio de una «selección rimada»: «conectado», «suspendido» (colgado), «encendido». Finalmente, la analogía verbal y la rima no pronunciada nos ha dado la imagen visual del niño «encendido» que aparece en la segunda parte de la historia. Se ha tratado de un proceso de «condensación de imágenes» que el profesor Freud -siempre aquel bendito vienés- ya había descrito en su estudio de los procesos creativos del sueño. Desde este punto de vista, la historia del «niño encendido» se nos aparece como un «sueño con los ojos abiertos».
Tiene todos los elementos: la atmósfera, la tendencia a lo absurdo, la condensación de temas.
De esa atmósfera se sale mediante las tentativas del padre de «apagar» el «niño-bombilla». Las variaciones sobre el tema son impuestas por la analogía, pero se mueven en diversos planos: intervienen, de hecho, la experiencia de los gestos necesarios para apagar una bombilla (desenroscarla, apretar un conmutador, tirar de una cadenita, etc.), la experiencia del propio cuerpo (y por este camino se pasa de la cabeza a las orejas, de las orejas al ombligo, etc.). El juego a partir de aquí es colectivo. El narrador principal ha sido un detonante que ha provocado una explosión en cadena, en lo que los cibernéticos llamarían un efecto de «amplificación».
Mientras buscaban las posibles variaciones, los niños que asistían a la narración de la historia, observaban sus cuerpos y los de sus vecinos, para encontrar la «clavija» que permitiera «apagarlos», para encontrar el inicio de una nueva historia, la sugerencia de nuevos significados, en un proceso similar al de la musa que dicta a un poeta mientras trabaja. Sus gestos eran, por así decirlo, metafóricos. Lo que hacían no tenía nada que ver con lo que decían estar haciendo.
Eran «metáforas imposibles», como es justo que lo sean las comparaciones infantiles. La variación final -«le quita los zapatos, y se apaga»- representa un rompimiento más decisivo con el sueño. Era una conclusión, un final lógico. Eran los zapatos del padre los que mantenían «encendido» al niño, porque todo había empezado por esto: por los zapatos. Basta quitárselos y la luz desaparecerá. La historia podrá acabar. Fue el embrión de un pensamiento lógico lo que maniobró el instrumento mágico -«los zapatos del papá»- en un movimiento inverso al inicial.
En el momento en que hicieron el descubrimiento mágico, los niños introdujeron en el libre juego de la imaginación el elemento matemático de la «reversibilidad», como metáfora, pero no todavía como concepto. Al concepto llegarían más tarde: cuando la imaginación ya había creado las bases para la estructuración del concepto.
Una última observación (en este caso, se entiende) se refiere a la introducción en la historia de los «valores». Leída desde este punto de vista, es la historia de una desobediencia que es castigada, en el marco de un modelo cultural excesivamente tradicional: Al padre se le debe obediencia y tiene el derecho de castigar. La censura ha intervenido para mantener la historia en los confines de la moral familiar. Con su intervención se puede decir verdaderamente que en la historia «han participado el cielo y la tierra»: el inconsciente con todos sus conflictos, la experiencia, la memoria, la ideología, la palabra con todas sus funciones. Una lectura puramente psicológica, o psicoanalítica, no habría bastado para exponernos todos los posibles resultados, como he intentado hacer brevemente.
 
Gianni Rodari
De Gramática de la fantasía (1973)


 

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