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28 de febrero de 2019

La salvaje, Marcel Schowb



     

La salvaje, Marcel Schowb                      


   El padre de Búchette solía llevarla al bosque al despuntar del alba, y la niña permanecía sentada muy cerca mientras él talaba los árboles.  Búchette veía cómo se hundía el hacha haciendo volar delgados trozos de corteza; a menudo, los musgos grises venían a arrastrase sobre su rostro. «¡Cuidado!», gritaba el padre cuando el árbol se inclinaba produciendo un crujido que parecía subterráneo. Ella sentía cierta tristeza por el monstruo extendido en el claro del bosque, con sus ramas magulladas y sus ramitas heridas.  Por la noche, un círculo rojizo de pilas de carbón se encendía en medio de la sombra.  Búchette sabía a qué hora había que abrir la cesta de juncos para ofrecer a su padre el cántaro de gres y el trozo de pan moreno.  El se tendía entre las ramitas despedidas y masticaba con lentitud.  Después, Búchette sorbía su sopa. Corría en torno a los árboles marcados y, si su padre no la miraba, se escondía para gritar: « ¡Uuu! ».
                Había una caverna oscura, llena de zarzas y de ecos sonoros, a la que se daba el nombre de Santa María Becerra. Alzándose de puntillas, Búchette solía observarla desde lejos.
                Cierta mañana de otoño en que las marchitas cimas del bosque estaban aun encendidas por la aurora, Búchette vio que delante de la Becerra se estremecía un objeto verde: Tenía brazos y piernas, y la cabeza parecía pertenecer a una niñita de la misma edad de Búchette.
                Al principio tuvo miedo de acercarse; ni siquiera se atrevió a llamar a su padre. Pensó que era una de las personas que respondían en la caverna de la Becerra cuando alguien hablaba fuerte. Cerró los ojos, temiendo que cualquier movimiento suyo provocase algún siniestro ataque. Al inclinar la cabeza oyó un sollozo cercano: la extraordinaria criatura verde lloraba.  Entonces, Búchette abrió los ojos y sintió pena. Pues veía el rostro verde, dulce y triste, humedecido por las lágrimas, y dos nerviosas manitas verdes que se apretaban contra la garganta de la niñita extraordinaria.
- Tal vez se haya caído sobre malas hojas que destiñen - se dijo Búchette.
                Armándose de valor atravesó helechos erizados de ganchos y de zarcillos, hasta llegar casi junto a la singular figura.  Dos bracitos verdeantes se tendieron hacia Búchette, en medio de las mustias zarzas.
- Se parece a mí - pensó Búchette - pero tiene un extraño color.
                La sollozante criatura verde estaba semicubierta por una especie de túnica hecha de hojas cosidas.  Era en realidad una niñita que tenía el tinte de una planta silvestre. Búchette imaginó que sus pies estaban arraigados en la tierra. A pesar de esto, los movía con mucha ligereza.
                Búchette le acarició los cabellos y le tomó la mano. Ella se dejó conducir siempre llorosa. Parecía que no supiese hablar.
-¡Ay! ¡Dios mío! ¡Una diablesa verde! - exclamó el padre de Búchette cuando la vio llegar - ¿De dónde vienes, pequeña? ¿Por qué eres verde? ¿No sabes responder?
                Era imposible saber si la niña verde había entendido. «Tal vez tenga hambre», dijo él. Y le ofreció el pan y el cántaro. Pero ella dio vueltas al pan en sus manos y lo arrojó al suelo; luego agitó el cántaro para escuchar el ruido del vino.
                Búchette rogó a su padre que no dejara a esa pobre criatura en el bosque durante la noche. A la hora del crepúsculo las pilas de carbón brillaron una por una y la muchacha verde observó, temblorosa, los fuegos.  Cuando entró en la casita, retrocedió al ver la luz. No podía acostumbrarse a las llamas y lanzaba un grito cada vez que alguien encendía la vela.

                Al verla, la madre de Búchette se persignó. «Dios me ayude -afirmó- si se trata de un demonio; pero no es ni remotamente una cristiana».
                La niña verde no quiso tocar ni el pan, ni la sal, ni el vino, de lo cual resultaba claramente que no podía haber sido bautizada ni presentada a la comunión. Fueron a visitar al cura, quien llegó a la casa en el preciso momento en que Búchette ofrecía a la criatura habas en su vaina.
                Muy contenta al parecer, se puso de inmediato a partir el tallo con las uñas, pensando encontrar las habas en el interior. Mas luego, decepcionada, comenzó a llorar hasta que Búchette le hubo abierto una vaina. Entonces royó las habas mientras observaba al cura.
                Por más que llevaron a su presencia al maestro de escuela, no fue posible hacerle comprender una sola palabra humana ni pronunciar un solo sonido articulado. Lloraba, reía, o emitía gritos.
                El cura la examinó minuciosamente, sin descubrir en su cuerpo ninguna señal del demonio.  Al domingo siguiente la condujeron a la iglesia y allí no manifestó signo alguno de inquietud, aparte de gemir cuando la humedecieron con agua bendita.  Pero no retrocedió lo más mínimo ante la imagen de la cruz y, cuando pasó sus manos por sobre las sagradas llagas y las desgarraduras de las espinas, pareció apenada.
                Las gentes de la aldea sintieron gran curiosidad y algunas hasta temor.  A pesar del consejo del párroco, seguían hablando de la «diablesa verde».
                La criatura sólo se nutría de granos y frutas; cada vez que le ofrecían espigas o ramitas, partía el tallo o la madera y lloraba de desilusión.  Búchette no lograba hacerle aprender en qué lugar había que buscar los granos de trigo o las cerezas, y su decepción era siempre la misma.
                               Por imitación, pronto fue capaz de transportar madera y agua, barrer, secar y hasta coser, aun cuando manejaba la tela con cierta repulsión. Mas nunca se resignó a encender el fuego, o tan siquiera a aproximarse al hogar.
                               Entretanto, Búchette crecía y sus padres quisieron ponerla a trabajar.  Esto le causó tanta pena que todas las noches, oculta bajo las sábanas, sollozaba suavemente. La otra niña se condolía al ver en ese estado a su amiguita.  Por la mañana miraba largamente a Búchette y los ojos se le llenaban de lágrimas. Y por la noche, durante su llanto, Búchette sentía que una mano tierna le acariciaba los cabellos y unos labios frescos se posaban en su mejilla.
                               Se acercaba la fecha en que Búchette debía entrar a trabajar. Sus sollozos se habían hecho casi tan angustiosos como los de la criatura verde cuando la hallaron abandonada ante la caverna de la Becerra.
                               La última noche, cuando el padre y la madre de Búchette estaban entregados al sueño, la niña verde acarició los cabellos de su amiga y la tomó de la mano. Luego abrió la puerta y extendió el brazo hacia la noche.  Y así como antes Búchette la había conducido a las casas de los hombres, ella la llevó de la mano hacia la libertad ignorada.

 Marcel Schowb

27 de febrero de 2019

Nicolas Loyseur, Juez, Marcel Schwob



Nicolas Loyseur, Juez, Marcel Schwob




Nació el día de la Asunción, y fue devoto de la Virgen. Tenía la costumbre de invocarla en todas las circunstancias de su vida y no podía oír su nombre sin que sus ojos se llenaran de lágrimas. Después de terminar sus estudios en un pequeño desván de la calle Saint-Jacques bajo la férula de un clérigo flaco y en compañía de tres niños que mascullaban el Donado y los salmos de la Penitencia, aprendió penosamente la Lógica de Okam. De esa manera pronto llegó a ser bachiller y maestro en artes. Las venerables personas que lo instruían notaron en él una gran dulzura y una unción encantadora. De sus labios gruesos se deslizaban palabras de adoración. En cuanto obtuvo su bachillerato de teología, la Iglesia puso sus ojos en él. Ofició primeramente en la diócesis del obispo de Beauvais que advirtió sus cualidades y se sirvió de él para avisarles a los ingleses que sitiaban Chartres sobre diversos movimientos de las tropas francesas. Alrededor de los treinta y cinco años, lo nombraron canónigo de la catedral de Ruan. Allí fue buen amigo de Jean Brumot, canónigo y chantre, con el cual salmodiaba bellas letanías en honor de María.
A veces amonestaba a Nicole Coppequesne, que pertenecía a su cabildo, por su molesta predilección por santa Anastasia. Nicole Coppequesne no se cansaba de admirar el hecho de que una doncella tan juiciosa hubiese fascinado a un prefecto romano hasta el punto de hacer que se enamorara, en una cocina, de las marmitas y los calderos, que besaba con fervor; tanto que, con el rostro tiznado, llegó a parecerse a un demonio. Pero Nicolas Loyseleur le demostraba la superioridad del poder de María cuando devolvió la vida a un monje ahogado. Era un monje lúbrico, pero que nunca había dejado de venerar a María. Una noche, al levantarse para cumplir sus malas acciones, tuvo la precaución, mientras pasaba delante del altar de Nuestra Señora, de hincarse de rodillas y saludarla, Aquella misma noche, su lubricidad lo llevó a ahogarse en el río. Pero los demonios no consiguieron llevárselo, y cuando al día siguiente los monjes sacaron su cuerpo del agua, abrió los ojos reanimado por la graciosa María. "¡Ah, esta devoción es un reme-dio selecto! –suspiraba el canónigo–, y una persona venerable y discreta como vos, Coppequesne, debería sacrificarle el amor de Anastasia",
La gracia persuasiva de Nicolás Loyseleur no fue olvidada por el obispo de Beauvais cuando comenzó a instruir en Ruan el proceso de Juana la Lorenesa.
Nicolas se vistió con hábitos cortos, laicos, y, con su tonsura oculta por una caperuza,  con-siguió introducirse en la celdita redonda, situada bajo una escalera, donde estaba encerrada la prisionera.
–Juanita dijo, manteniéndose en la sombra–, me parece que es Santa Catalina la que me envía a visitarte,
–Y en nombre de Dios ¿quién eres? I
– Un pobre zapatero remendón de Greu –dijo Nicolas–, de nuestro desgraciado país, ¡ay! Y los "gotones" me han encarcelado igual que a ti, hija mía. ¡Ojalá recibas alabanzas del cielo! Vamos, cómo no habría de conocerte, si te he visto tantas y tantas veces cuando ibas a rezar a la Santísima Madre de Dios, en la iglesia de Sainte-Marie de Bermont. Y contigo he oído las misas de nuestro buen párroco Guillaume Front, ¡Ay! ¿y te acuerdas de Jean Moreau y de Jean Barre de Neufcháteau?    .
            Entonces Juana lloró. '
–Juanita, ten confianza en mí –dijo Nicolas– Cuando era niño me ordenaron clérigo. Mira la tonsura: Confiésate, hija mía, confiésate con toda libertad; pues soy amigo de nuestro gracioso rey Carlos.
–De todo corazón me confesaré contigo, amigo mío –dijo la buena de Juana.
Ahora bien, en la muralla había abierto un agujero, y afuera, bajo un peldaño de la escalera, Guillaume, Manchon y Bois-Guillaume inscribían las minutas de la confesión. Y Nicolas Loyseleur decía:
–Juanita, persiste en tus palabras y sé constante. Los ingleses no se atreverán a hacerte daño. 
Al día siguiente, Juana compareció ante los jueces. Nicolás Loyseleur se había colocado junto con un notario en el hueco de una ventana, detrás de un paño de sarga, a fin de anotar sólo los cargos y dejar en blanco las excusas. Pero los otros dos escribanos protestaron. Cuando Nicolás apareció en la sala, le hizo unas señas discretas a Juana para que no pareciera sorprendida, y asistió severamente al interrogatorio.
El 9 de mayo opinó en la gran torre del castillo que era urgente que empezaran los tormentos.
El 12 de mayo, los jueces se reunieron en la casa del obispo de Beauvais, a fin de deliberar si era útil torturar a Juana. Guillaume Erart pensó que no valía la pena, puesto que ya había material suficientemente amplio y sin torturas. El abogado Nicolás Loyseleur dijo que le parecía que como medicina de su alma convendría que la torturasen. Pero su consejo no prevaleció.
El 24 de mayo, Juana fue llevada al cementerio de Saint-Ouen, donde la hicieron subir a un cadalso de yeso. Se encontró con Nicolás Loyseleur que le hablaba al oído mientras Guillaume Erart le predicaba. Cuando la amenazaron con el fuego, palideció, y el canónigo que la sostenía guiñaba un ojo a los jueces y decía: "Abjurará". Le guió la mano para que trazara una cruz y un círculo en el pergamino que le tendieron. Luego la acompañó hasta una puertita baja y le acarició los dedos:
–Mi Juanita –le dijo–, has tenido un día bueno, gracias a Dios. Has salvado tu alma. Ten confianza en mí, porque si lo deseas te liberarán. Acepta tu ropa de mujer, haz todo lo que te ordenen. En caso contrario, correrías un peligro de muerte, Y si haces lo que te digo, te salvarás, te hará un gran bien y nada malo te pasará. Quedarás en poder de la Iglesia.
Ese mismo día, después de cenar, vino a verla en su nueva prisión. Era una habitación mediana del castillo a la que se llegaba por ocho peldaños. Nicolás se sentó en la cama junto a la cual había un grueso tronco atado a una cadena de hierro.
–Juanita –le dijo–, ya ves cómo Dios y Nuestra Señora te han concedido en el día de hoy una gran misericordia, puesto que te han recibido en la gracia y la misericordia de nuestra Santa Madre Iglesia. Tendrás que obedecer, humildemente las sentencias y dictámenes de los jueces y personas eclesiásticas, desechar tus antiguas imaginaciones y no volver a ellas, sin lo cual la Iglesia te abandonaría para siempre. Toma, aquí tienes ropas honestas de mujer púdica. Cuídalas bien, Juanita, y haz que te rapen esos cabellos que te estoy viendo cortados en redondo.
Cuatro días más tarde, Nicolás se deslizó de noche en la habitación de Juana y le robó la camisa y la saya que le había dado. Cuando le anunciaron que se había vuelto a poner sus ropas de hombre, dijo:
–¡Ay!, es relapsa y ha caído muy profundamente en el mal.        
Y en la capilla del arzobispado repitió las palabras del doctor Gilles de Duremort:
–A nosotros, jueces, sólo nos queda declarar a Juana herética y abandonarla a la justicia secular, rogando que no sea dura con ella.
Antes que la llevaran al sombrío cementerio, vino a exhortarla en compañía de Jean Toutmouillé.
–¡Oh, Juanita! –le dijo–, no ocultes más la verdad. Ahora sólo hay que pensar en la salvación de tu alma. Hija mía, creéme: dentro de poco, ante la asamblea, te humillarás y harás de rodillas tu confesión pública. Que sea pública, Juana, humilde y pública, como medicina para tu alma.
Y Juana le pidió que se lo recordara por temor a no atreverse en medio de tanta gente.
Se quedó para ver cómo la quemaban. Fue entonces que se manifestó visiblemente su devoción a la Virgen. En cuanto oyó los llamados de Juana a Santa María, empezó a llorar a lágrima viva. Tanto lo conmovía el nombre de Nuestra Señora. Los soldados ingleses creyeron que se apiadaba de Juana, lo abofetearon y lo persiguieron blandiendo sus espadas. Si el conde de Warwlck no hubiese extendido su mano sobre él, lo hubieran degollado. Penosa-mente montó en un caballo del conde y huyó.
Durante muchos días anduvo errante por los caminos de Francia, no atreviéndose a regresar a Normandía y temiendo a la gente del rey. Llegó finalmente a Basilea. En el puente de madera, entre las casas puntiagudas, cubiertas de tejas estriadas en ojivas, y las atalayas azules y amarillas, sintió un deslumbramiento repentino ante la luz del Rin. Creyó que se ahogaba, como el monje lúbrico, en medio del agua verde que hacía remolinos en sus ojos. El nombre de María se ahogó en su garganta y murió con un sollozo.

Marcel Schwob de Vidas imaginarias (1896)


Marcel Schwob (Chaville, Hauts-de-Seine, 1867 – París, 1905) fue un escritor, crítico literario y traductor judío francés, autor de relatos y de ensayos donde combina erudición y experiencia vital. La brevedad de su vida no le impidió desarrollar una obra singular y personal, muy próxima al simbolismo.

Jorge Luis Borges escribió que sus Vidas imaginarias (1896) fueron el punto de partida de su narrativa.

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