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8 de abril de 2017

Relatos de poder, Carlos Castaneda

 RELATOS DE PODER
  
La confianza del guerrero no es la confianza del hombre común. El hombre común busca la certeza en los ojos del espectador y llama a eso confianza en sí mismo. El guerrero busca la impecabilidad en sus propios ojos y llama a eso humildad. El hombre común esta enganchado a sus prójimos, mientras que el guerrero sólo depende de sí mismo. Andas en pos de lo imposible. Buscas la confianza del hombre común, cuando deberías buscar la humildad del guerrero. Hay una gran diferencia entre las dos. La confianza significa saber algo con certeza; la humildad implica ser impecable en los propios actos y sentimientos. Debes empujarte siempre más allá de tus límites.
No importa lo que uno revela ni lo que uno se guarda. Todo cuanto hacemos, todo cuanto somos, descansa en nuestro poder personal. Si tenemos suficiente, una palabra que nos digan podría ser suficiente para cambiar el curso de nuestra vida. Pero si no tenemos suficiente poder personal, se nos puede revelar la sabiduría más grande y esa revelación nos importaría un ajo.
El mundo es así como es sólo porque hablamos con nosotros mismos a cerca de que es así como es.
El pasaje al mundo de los brujos se franquea después que el guerrero aprende a suspender el dialogo interno.
Un guerrero toma su suerte, sea la que sea, y la acepta con la máxima humildad. Se acepta con humildad así como es, no como base para lamentarse, sino como base para su lucha y su desafío.
El guerrero no agacha la cabeza ante nadie, pero, al mismo tiempo, tampoco permite que nadie agache la cabeza ante él.
No hay nada en este mundo de lo cual un guerrero no pueda dar razón. Verás, un guerrero se considera ya muerto, y así no tiene ya nada que perder. Ya le pasó lo peor, y por lo tanto se siente tranquilo y sus pensamientos son claros; a juzgar por sus actos o sus palabras, uno jamás sospecharía que un guerrero lo ha prescindido todo.
La clave de la brujería es el dialogo interno; Esa es la llave que lo abre todo. Cuando un guerrero aprende a pararlo, todo se hace posible; se logran los planes más descabellados. La entrada a todas las experiencias extrañas y pavorosas que has tenido últimamente fue el hecho de que pudiste dejar de hablar contigo mismo.
El diagrama en las cenizas tenía dos epicentros; don Juan llamó a uno “la razón” y a otro “la voluntad”. La razón se conectaba directamente con un punto que él llamó “el habla”. A través del habla, la razón se relacionaba directamente con otros tres puntos, “el sentir”, “el soñar” y “el ver”. El otro epicentro, “la voluntad”, se relacionaba directamente con el sentir, el soñar y el ver, pero solo en forma indirecta con la razón y el habla.
Volví a preguntar acerca de los dos misteriosos puntos restantes. Me enseñó que solo estaban conectados a “la voluntad”; se hallaban a parte de “el sentir”, “el soñar” y “el ver” y mucho más lejos de “el habla” y “la razón”. Señaló con el dedo como estaban aislados de los demás, y el uno del otro. Estos dos puntos jamás se someten al habla ni a la razón. Solo la voluntad puede con ellos. La razón está tan lejos de ellos que es completamente inútil tratar de figurárselos.
Esta es una de las cosas más difíciles de aceptar; después de todo, el fuerte de la razón es razonarlo todo.
Somos perceptores. Nos damos cuenta: no somos objetos; no tenemos solidez. No tenemos límites. El mundo de los objetos y la solidez es una manera de hacer nuestro paso por la tierra más conveniente. Es sólo una descripción creada para ayudarnos. Nosotros o mejor dicho nuestra razón, olvida que la descripción es solo una descripción y así atrapamos la totalidad de nosotros mismos en un círculo vicioso del que rara vez salimos en vida.
Somos perceptores. Pero el mundo que percibimos es una ilusión. Fue creado por una descripción que nos dijeron desde el momento en que nacimos.
Nosotros los seres luminosos nacemos con dos anillos de poder, pero solo usamos uno para crear el mundo. Ese anillo, que se engancha al muy poco tiempo que nacemos, es la razón, y su compañera el habla. Entre las dos urden y mantienen el mundo. Así pues, en esencia, el mundo que tu razón quiere sostener es el mundo creado por una descripción y sus reglas dogmáticas e inviolables, que la razón aprende a aceptar y defender.
El secreto de los seres luminosos es que tienen otro anillo de poder que nunca se usa, la voluntad.
El secreto de un guerrero es que él cree sin creer. Pero, por lo visto, un guerrero no puede nada mas decir que cree y dejar así las cosas. Eso sería demasiado fácil. Creer nada mas que por creer lo libraría de examinar su situación. Cuando un guerrero tiene por fuerza que creer, lo hace porque así lo escoge, como expresión de su predilección más íntima. Un guerrero no cree; un guerrero tiene que creer.
Un guerrero, o cualquier hombre si a esas vamos, no puede de ningún modo lamentarse por no estar en otra parte; un guerrero porque vive del desafío, un hombre común porque no sabe dónde lo va a encontrar su muerte.
El poder te enseña que la muerte es el ingrediente indispensable del tener que creer. Si no se tiene en cuenta la muerte, todo es ordinario, trivial. Sólo porque la muerte nos anda al acecho es el mundo un misterio sin principio ni fin.
Tener que creer que el mundo misterioso e insondable era la expresión de la predilección íntima de un guerrero. Sin ella, el guerrero no tenía nada.
Todos nosotros somos una bola de idiotas cuando entramos en el mundo de la brujería y entrar en ese mundo no nos garantiza, en ningún sentido, que cambiaremos. Algunos seguimos idiotas hasta el fin.
Explicó que cada ser humano tenía dos facetas, dos entidades distintas, dos contrapartes que entraban en funciones en el instante del nacimiento; una se llamaba “tonal” y la otra “nagual”.
El tonal es, y con derecho, un protector, un guardián: un guardián que la mayoría de las veces se transforma en guardia.
El tonal es el organizador del mundo. Quizás la mejor forma de describir su obra monumental, es decir que en sus hombros descansa la tarea de poner orden en el caos del mundo. No es un absurdo sostener, como lo hacen los brujos, que todo cuanto sabemos y hacemos como hombres, es obra del tonal. Lo que se ocupa de dar sentido a nuestra conversación es el tonal; sin él solo habría sonidos raros y muecas y no comprenderías nada de lo que te digo.
Yo diría, pues, que el tonal es un guardián que protege, algo muy, pero muy valioso: nuestro mismo ser. Por lo tanto, una cualidad nata del tonal es la de ser astuto, y celoso con su obra. Y como lo que hace es efectivamente la parte más importante de nuestras vidas, no es del nada extraño que al fin y al cabo se convierta, en cada uno de nosotros, de guardián en guardia.
Un guardián es magnánimo y comprensivo. Un guardia, en cambio, es vigilante intolerante y por lo siempre un déspota. Yo diría que en todos nosotros el tonal se ha hecho un guardia insoportable y déspota, cuando debería ser un guardián magnánimo.
El tonal es todo cuanto conocemos. Yo creo que esto, por sí solo, es razón suficiente para que el tonal sea un asunto tan importante. El tonal es todo eso para lo que tenemos palabras.
El tonal es todo cuanto conocemos. Y eso no solo nos incluye a nosotros, como personas, sino a todo lo que hay en nuestro mundo. Puede decirse que el tonal es todo cuanto salta a la vista. El tonal empieza en el nacimiento y acaba en la muerte.
El tonal es lo que construye el mundo. -¿Es el tonal el creador del mundo? – El tonal construye el mundo solo en sentido figurado. No puede crear el cambiar nada, y sin embargo construye el mundo porque su función es juzgar, y evaluar, y atestiguar. Digo que el tonal construye el mundo porque atestigua y evalúa al mundo de acuerdo con las reglas del tonal, en una manera extrañísima, el tonal es el creador que no crea nada. O sea que, el tonal inventa las reglas por medio, de las cuales capta el mundo. Así que, en un sentido figurado, el tonal construye el mundo.
Hay un tonal que es personalmente para cada uno de nosotros, y hay otro que es colectivo para todos nosotros en cualquier momento dado, el cual llamamos el tonal de los tiempos. El tonal de los tiempos es el que nos hace semejantes. Pero el factor importante que hay que tener en cuenta, es que todo cuanto conocemos de nosotros mismos y de nuestro mundo está en la isla del tonal.
El nagual es la parte de nosotros mismos con la cual nunca tratamos. El nagual es la parte de nosotros para la cual no hay descripción, ni palabras, ni nombres, ni sensaciones, ni conocimiento.
El nagual no era Dios, porque Dios es un objeto de nuestro tonal personal y del tonal de los tiempos. El tonal es, como ya dije, todo lo que creemos que es parte del mundo, incluyendo a Dios, por supuesto. Dios no tiene otra importancia que la de ser parte del tonal de nuestro tiempo.
 Dios es solamente todo aquello en lo que puedes pensar; por eso, propiamente hablando, Dios no es sino otro objeto en la isla. Dios no puede ser visto cuando uno quiere; solo podemos hablar de Él. En cambio, el nagual está al servicio del guerrero. Puede ser visto, pero no se puede hablar de él. El nagual está allí. Allí, alrededor de la isla. El nagual está allí, donde el poder se cierne.
 Desde el momento de nacer sentimos que hay dos partes en nosotros. A la hora de nacer, y luego por algún tiempo después, uno es todo nagual. En ese entonces, nosotros sentimos que para funcionar necesitamos una contraparte a lo que tenemos. Nos falta el tonal y eso nos da, desde el principio, el sentimiento de no estar completos. A esas alturas el tonal empieza a desarrollarse y llega a tener una importancia tan absoluta para nuestro funcionamiento que opaca el brillo del nagual, lo avasalla; y así nos volvemos todo tonal, no hacemos otra cosa sino aumentar esa vieja sensación de estar incompletos; esa sensación que nos acompaña desde el momento de nacer y que nos dice constantemente que hay otra parte de nosotros que nos haría íntegros.
A partir del momento que somos todo tonal, empezamos ha hacer pares. Sentimos nuestros dos lados, pero siempre los representamos con objetos del tonal. Decimos que nuestras dos partes son el alma y el cuerpo. O la mente y la materia. O el bien y el mal. Dios y Satanás.
Nunca nos damos cuenta, sin embargo, de que solo estamos haciendo parejas con las cosas de la isla, algo muy semejante a hacer parejas con café y té, o pan y tortillas, o chile y mostaza.
Somos de verdad animales raros. Nos creemos tanto y en nuestra locura, creemos tener perfecto sentido.
El tonal empieza al nacer y termina al morir, pero el nagual nunca termina. El nagual no tiene limites. He dicho que el nagual es donde se cierne el poder; esa era solo una forma de aludirlo.
Quizá, por razones del efecto que causa, el nagual puede entenderse mejor en términos de poder. Por ejemplo, cuando hace rato te sentiste entumido y sin poder hablar, yo te estaba en verdad tranquilizando; esto es, mi nagual actuaba sobre ti.
-¿Cómo le fue posible hacer eso, don Juan?- No vas a creerlo, pero nadie sabe como. Yo nada mas sé que quería tu atención completa, y entonces mi nagual se encargó de hacerte el resto.
Esto yo lo sé porque soy el testigo de sus efectos, pero no sé como funciona.
Uno puede decir que el nagual es el responsable de la creatividad. El nagual es la única parte de nosotros capaz de crear.
Uno de los actos de un guerrero es no dejar nunca que lo afecte nada. De este modo, un guerrero puede estar viendo al mismo diablo, pero jamás dejará que nadie lo sepa. El control del guerrero tiene que ser impecable.
Hablando en general, hay dos lados en cada tonal. Uno es la parte externa, el margen, la superficie de la isla. Esa es la parte relacionada con la acción, y la atención, el lado áspero. La otra parte es la decisión y el juicio, el tonal interno, más suave, más delicado y más complejo. El tonal hecho y derecho es un tonal donde los dos niveles se encuentran en perfecta armonía y equilibrio.
Yo diría que lo mejor de nosotros siempre sale a flote cuando estamos de espaldas contra la pared, cuando sentimos que la espada se cierne sobre nuestra cabeza.
El ver debe ser directo, porque un guerrero no puede malgastar su tiempo en deshilar lo que él mismo está viendo. Ver es ver porque acaba con todas esas idioteces.
Un guerrero hace una pregunta, y a través de su ver obtiene una respuesta, pero la respuesta es sencilla, nunca es adornada hasta el punto de que hay perros de agua voladores.
Una regla básica para el guerrero, es hacer sus decisiones con tanto cuidado que nada de lo que pueda ocurrir como resultado de ellas sea capaz de sorprenderlo, mucho menos de menguar su poder. Ser un guerrero significa ser humilde y estar alerta. Un guerrero jamás deja la isla del tonal. La utiliza.
Este es tu mundo. No puedes renunciar a él. Es inútil enojarse y desilusionarse con uno mismo. Eso simple y llanamente prueba que el tonal de uno esta envuelto en una batalla interna; una batalla dentro del propio tonal es una de las luchas más imbéciles que pueda ocurrir. La vida ajustada de un guerrero esta diseñada para acabar con esa lucha. Desde el principio te he enseñado a evitar la fatiga y el desgaste. Ahora ya no hay la guerra esa que había dentro de ti, porque el camino del guerrero es armonía, armonía entre las acciones y las decisiones, al principio, y luego la armonía entre el tonal y el nagual.
Al comienzo uno tiene que hablarle al tonal. El tonal es el que debe ceder el control. Pero hay que hacer que lo ceda con alegría. Se hace que el tonal abandone cosas innecesarias como el sentirse importante y el entregarse al vicio, las cuales solo lo hunden en el aburrimiento. La tarea entonces es convencer al tonal que se haga libre y fluido. Eso es lo que un brujo necesita antes que cualquier otra cosa: un tonal fuerte, y libre. Mientras más se fortalece, menos se aferra a sus hechos y más fácil resulta escogerlo.
El tonal se encoge en determinados momentos, sobre todo cuando se apena. De hecho, una característica del tonal es su timidez. Hay ciertas ocasiones en que el tonal es tomado por sorpresa, y su timidez, inevitablemente lo encoge.
Un empujón es entonces la técnica para encoger el tonal. Uno tiene que empujar en el instante preciso; para ello, por supuesto, uno debe saber como ver. Una vez que el hombre ha sido empujado y su tonal se encoge, su nagual, si es que ya está en movimiento, toma las riendas y realiza hazañas extraordinarias.
Todo lo que tienes que hacer es instalar tu intención como aduana. Cuando estés en el mundo del tonal, deberías ser un tonal impecable; ahí no hay tiempo para porquerías irracionales. Pero cuando estés en el mundo del nagual también deberías ser impecable; ahí no hay tiempo para porquerías racionales. Para el guerrero, la intención es la puerta de en medio. Se cierra por completo detrás de él cuando va o cuando viene.
Al guerrero se le debe de enseñar a ser impecable y a estar totalmente vacío antes de que pueda aún siquiera concebir ser testigo del nagual.
Un susto repentino siempre encoge el tonal. El problema es aquí no dejar que el tonal se encoja más de la cuenta. Un grave asunto para un guerrero es el saber precisamente cuando dejar que su tonal se encoja y cuando detenerlo. Eso si que es un arte. El guerrero debe luchar como demonio para encoger su tonal; pero en el mismo momento en que el tonal se encoge, el guerrero debe voltear al revés la lucha inmediatamente para no dejarlo encogerse más.
El nagual puede ejecutar cosas extraordinarias. Cosas que no parecen posibles, cosas impensables para el tonal. Pero lo extraordinario es que el que actúa no tiene manera de saber como ocurren esas cosas. En otras palabras. Genaro no sabe como hace esas cosas; él solo sabe que las hace.
La expresión del nagual es asunto de su temperamento personal. Si el guerrero es chistoso, el nagual es chistoso. Si el guerrero es espantoso, el nagual es espantoso. Si el guerrero es perverso, el nagual es perverso.
Cuando uno se encuentra cara a cara con el nagual, uno siempre tiene que estar solo.
El poder personal decide quien puede y quien no puede sacar provecho de una revelación; la experiencia que tengo con mis semejantes me ha mostrado que pocos, poquísimos de ellos estarían dispuestos a escuchar; y de los pocos que escuchan, menos aún estarían dispuestos a actuar de acuerdo a lo que han escuchado; y de aquellos que están dispuestos a actuar, menos aún tienen suficiente poder personal para sacar provecho de sus actos.
Un maestro nunca busca aprendices y nadie puede solicitar las enseñanzas. Lo que señala a un aprendiz es siempre un augurio.
Una vez que el aprendiz ha sido enganchado empieza la instrucción. El primer acto del maestro es introducir la idea de que el mundo que creemos ver es solo una visión, una descripción del mundo. Cada esfuerzo del maestro se dirige a demostrar este punto al aprendiz.
Pero aceptarlo parece ser una de las cosas más difíciles de hacer; estamos complacientemente atrapados en nuestra particular visión del mundo, que nos compele a sentirnos y a actuar como si supiéramos todo lo que hay que saber acerca del mundo. Un maestro, desde el primer acto que efectúa, se propone para esa visión. Los brujos lo llaman parar el dialogo interno, y están convencidos de que esa técnica es la más importante que el aprendiz pueda aprender.
Para detener esa visión del mundo que uno ha tenido desde la cuna, no es suficiente el que uno simplemente tenga el deseo, o se haga la resolución. Uno necesita una tarea práctica; esa tarea se llama la forma correcta de andar. Parece una cosa inocente y sin sentido. Como todo lo que tiene poder en sí o de por sí, la forma correcta de andar no llama la atención.
El andar de esa manera específica satura el tonal. Lo inunda. Verás: la atención del tonal tiene que colocarse en sus creaciones. De hecho, esa atención es la que por principio de cuentas crea el orden del mundo; el tonal debe prestar atención a los elementos de su mundo con el fin de mantenerlo, y debe, sobre todo, sostener la visión del mundo como diálogo interno.
Dijo que la forma correcta de andar era un subterfugio. El guerrero, al curvar los dedos, llama la atención hacia sus brazos; luego, mirando sin enfocar cualquier punto directamente frente a él en el arco que empieza en la punta de sus pies y termina sobre el horizonte, inunda literalmente su tonal con información.
El tonal sin su relación de “uno a uno” con los elementos de su descripción, no podía hablar consigo mismo, y así uno llegaba al silencio. Don Juan explicó que la posición de los dedos no importaba en absoluto, que la única consideración era llamar la atención hacia los brazos poniendo los dedos en diversas posiciones desacostumbradas, y que lo importante era la forma en que los ojos, mantenidos fuera de foco, detectaban un enorme número de detalles del mundo sin tener claridad con respecto a ellos. Añadió que en tal estado los ojos podían captar detalles demasiado fugaces para la visión normal.
Junto con la forma correcta de andar, el maestro debe enseñar al aprendiz otra posibilidad, todavía más sutil: la posibilidad de actuar sin creer, sin esperar recompensas; de actuar solo por actuar. No exagero al decirte que el éxito de la empresa del maestro depende de lo bien y armoniosamente que guíe a su aprendiz en este aspecto específico.
Conforme el recapitulaba las tareas que me había dado, me di cuenta de que, al hacerme realizar rutinas sin sentido, había implantado en mi la idea de actuar sin esperar nada a cambio.
Parar el dialogo interno es, sin embargo, la llave del mundo de los brujos. El resto de las actividades son solo apoyos; lo único que hacen es acelerar el efecto de parar el dialogo interno.
Dijo que había dos actividades o técnicas principales usadas para acelerar el cese del dialogo interno: borrar la historia personal y “soñar”.
El secreto de todo esto está en la atención de uno. Todo esto existe gracias a nuestra atención.
Este mismo peñasco donde estamos sentados es un peñasco porque hemos sido forzados a ponerle nuestra atención como peñasco.
Borrar la historia personal y soñar deberían ser solo una ayuda. Lo que un aprendiz necesita para apuntalarse es la sobriedad y la fuerza. Por eso el maestro habla del camino del guerrero, o vivir como un guerrero. Esa es la goma que se pega a todas partes en el mundo de un brujo. El maestro debe forjarla y desarrolllarla poco a poco. Sin la solidez y serenidad del camino del guerrero no hay posibilidad de resistir la senda del conocimiento. Al finalizar su recuento, añadió que el maestro debía tomar en cuenta la personalidad del aprendiz.
Explicó que, para ayudar a borrar la historia personal, se enseñaban otras tres técnicas: perder la importancia personal, asumir la responsabilidad y usar a la muerte como consejera. La idea era que, sin el efecto benéfico de esas técnicas, el borrar la historia personal haría del aprendiz un individuo tornadizo, evasivo e innecesariamente dudoso de sí y de sus acciones.
Don Juan señaló entonces que había una aparente contradicción en la idea del cambio; por una parte, el mudo de los brujos pedía una transformación drástica, y por otra, la explicación de los brujos decía que la isla del tonal estaba completa y que ni un solo elemento podía quitarse de ella. El cambio, pues, no significaba eliminar nada, sino mas bien alterar el uso asignado de dichos elementos.
Me aseguró que los detalles del procedimiento eran decididos por el poder mismo. Dijo que, si bien se suponía que las enseñanzas cubrieran los mismos asuntos en el caso de todo aprendiz, el orden era diferente para cada uno.
Yo te di lo suficiente de la visión de los brujos sin permitir que te enganchara. Te dije que si uno hace encarar a dos visiones, la una contra la otra, puede escurrirse entre ambas para llegar al mundo real. Me refería a que solo puede llegarse a la totalidad de uno mismo cuando uno tiene bien entendido que el mundo es simplemente una visión, sin importar que esa visión pertenezca a un hombre común o a un brujo.
Lo importante no es aprender una nueva descripción sino llegar a la totalidad de uno mismo.
Hay que llegar al nagual sin maltratar al tonal y sobre todo, sin dañar el cuerpo.
No querer nada era el mejor logro de un guerrero. Sin embargo en mi estupidez, yo había ampliado la sensación de no querer nada, haciéndola caer en la de no disfrutar nada. Así, mi vida era tediosa y vacía.
El tonal no sabe que las decisiones están en el terreno del nagual. Cuando creemos decir, no hacemos mas que reconocer que algo mas allá de nuestra comprensión ha puesto el marco de nuestra dizque decisión, y todo lo que nosotros hacemos es consentir.
Explicó que romper las rutinas, el paso de poder y no-hacer eran avenidas para aprender nuevas maneras de percibir el mundo; maneras que daban al guerrero un anticipo de posibilidades increíbles de acción.
Los brujos dicen que estamos dentro de una burbuja. En una burbuja en la que somos colocados en el instante de nuestro nacimiento. Al principio está abierta, pero luego empieza a cerrarse hasta que nos ha sellado en su interior. Esa burbuja es nuestra percepción. Vivimos dentro de esa burbuja toda la vida. Y lo que presenciamos en sus paredes redondas es nuestro propio reflejo. La cosa reflejada es nuestra visión del mundo. Esa visión es primero una descripción que se nos da desde el instante en que nacemos hasta que toda nuestra atención queda atrapada en ella y la descripción se convierte en visión.
El maestro reorganiza la visión del mundo, yo le he llamado a esa visión la isla del tonal. He dicho que todo lo que somos se encuentra en esa isla. El trabajo del maestro, en lo referente a la percepción del aprendiz, consiste en reordenar todos los elementos de la isla en una mitad de la burbuja para ahora ya te habrás dado cuenta que limpiar y reordenar la isla del tonal significa reagrupar todos sus elementos en el lado de la razón.
El maestro siempre se dirige a ese lado, y al presentar a su aprendiz, por una parte, el camino del guerrero, lo obliga al raciocinio, o a la sobriedad, a la fuerza de carácter y de cuerpo; y al presentarle, por otra parte, situaciones inimaginables pero reales, que el aprendiz no puede abarcar, lo obliga a reconocer que su razón, por más maravillosa que sea, solo puede cubrir una zona pequeña. Una vez enfrentado con su incapacidad de razonarlo todo, el guerrero hará hasta lo imposible por reforzar y defender su razón derrotada, y para lograr tal efecto reunirá en torno a ella todo cuanto tiene.
La tarea del maestro es limpiar una mitad de la burbuja y reordenar todo lo que hay en la otra mitad.
El tonal de cada uno de nosotros es solo un reflejo de ese indescriptible desconocido lleno de orden: el gran tonal; el nagual de cada uno de nosotros es solo el reflejo de ese indescriptible vacío que lo contiene todo: el gran nagual.
La vida de un guerrero no puede en modo alguno ser fría y solitaria y sin sentimientos.
El crepúsculo es la raja entre los mundos. Es la puerta a lo desconocido.

Carlos Castaneda del Libro Relatos de poder (1975)


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