El gato del espejo se sustenta de mi biblioteca personal, de videos filmados por mí en lecturas, actos culturales, presentaciones de libros, recitales, conferencias, encuentros de poetas etc.. Y que comparto públicamente subiéndolos a mi canal de you toube. Como así también de mi archivo fotográfico personal. Todo lo publicado es sin fines de lucro y solo con el fin de difundir. Podes copiar, levantar, usar nuestro material pero solo te pedimos una cosa, por favor, cita la fuente.

Te invitamos a perderte en los laberintos, a reflejarte en los abismos de los espejos, a navegar por la maravillosa tierra del ensueño que es la Poesía. El Gato del Espejo.Este es un espacio para la resistencia, para derrotar el olvido y celebrar siempre la vida. También para ser confabuladores nocturnos, dueños de nuestros sueños y nuestras esperanzas, este es un lugar que se pulsa desde el gesto sincero y hospitalario propio de la amistad que reinventa mágica y misteriosamente al otro y a los otros.El Gato del Espejo dónde puedes a recorrer el camino del lenguaje sencillo, de la imagen sutil y la pasión más sagrada a través de palabras empapadas de magia: POESÍA. LITERATURA. ARTE.“Poemas para compartir y regalar”. Un lugar que tiende a convertirse en un remolino de hojas sueltas que el viento transporta, de lágrimas como cristales musicales.Una colección de carteles, poemas, imágenes, cuentos, palabras, música y fotos involuntariamente cómicas y también una manera de mirar, de detenerse un poco y dejar que lo cotidiano sea atravesado por el asombro.El Gato del Espejo pretende ser un conjunto de frases nómades que emigran de manos en manos, de corazones en corazones, un cuaderno de bitácora como un árbol que brinde sus hojas, para que puedas compartir y regalar en cada texto, la magia, que contiene este puñado de palabras.

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agosto 14, 2017

Nostalgia, H. P. Lovecraft

XXIX
NOSTALGIA

Cada año, al resplandor melancólico del otoño,
Los pájaros remontan el vuelo sobre un océano desierto,
Trinando y gorjeando con prisa jubilosa
Por llegar a una tierra que su memoria profunda conoce.
Grandes jardines colgantes donde se abren flores
De vivos colores, hileras de mangos de gusto delicioso
Y arboledas que forman templos con ramas entrelazadas
Sobre frescos senderos…todo esto les muestran sus vagos sueños.
Buscan en el mar vestigios de su antigua costa,
Y la alta ciudad blanca, erizada de torres…
Pero sólo las aguas vacías se extienden ante ellos,
Así que al fin dan media vuelta una vez más.
Y mientras tanto, hundidas en un abismo infestado de extraños pólipos,
Las viejas torres añoran su canto perdido y recordado.


H. P, Lovecraft

De Hongos de Yuggoth Traducción de Luis Benitez

agosto 13, 2017

Notas sobre el arte de escribir cuentos fantásticos, H. P. Lovecraft

Notas sobre el arte de escribir cuentos fantásticos
H. P. Lovecraft

La razón por la cual escribo cuentos fantásticos es porque me producen una satisfacción personal y me acercan a la vaga, escurridiza, fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello y de las visiones que me llenan con ciertas perspectivas (escenas, arquitecturas, paisajes, atmósfera, etc.), ideas, ocurrencias e imágenes. Mi predilección por los relatos sobrenaturales se debe a que encajan perfectamente con mis inclinaciones personales; uno de mis anhelos más fuertes es el de lograr la suspensión o violación momentánea de las irritantes limitaciones del tiempo, del espacio y de las leyes naturales que nos rigen y frustran nuestros deseos de indagar en las infinitas regiones del cosmos, que por ahora se hallan más allá de nuestro alcance, más allá de nuestro punto de vista. Estos cuentos tratan de incrementar la sensación de miedo, ya que el miedo es nuestra más fuerte y profunda emoción y una de las que mejor se presta a desafiar los cánones de las leyes naturales. El terror y lo desconocido están siempre relacionados, tan íntimamente unidos que es difícil crear una imagen convincente de la destrucción de las leyes naturales, de la alienación cósmica y de las presencias exteriores sin hacer énfasis en el sentimiento de miedo y horror. La razón por la cual el factor tiempo juega un papel tan importante en muchos de mis cuentos es debida a que es un elemento que vive en mi cerebro y al que considero como la cosa más profunda, dramática y terrible del universo. El conflicto con el tiempo es el tema más poderoso y prolífico de toda expresión humana.
Mi forma personal de escribir un cuento es evidentemente una manera particular de expresarme; quizá un poco limitada, pero tan antigua y permanente como la literatura en sí misma. Siempre existirá un número determinado de personas que tenga gran curiosidad por el desconocido espacio exterior, y un deseo ardiente por escapar de la morada-prisión de lo conocido y lo real, para deambular por las regiones encantadas llenas de aventuras y posibilidades infinitas a las que sólo los sueños pueden acercarse: las profundidades de los bosques añosos, la maravilla de fantásticas torres y las llameantes y asombrosas puestas de sol. Entre esta clase de personas apasionadas por los cuentos fantásticos se encuentran los grandes maestros -Poe, Dunsany, Arthur Machen, M. R. James, Algernon Blackwood, Walter de la Mare; verdaderos clásicos- e insignificantes aficionados, como yo mismo.
Sólo hay una forma de escribir un relato tal y como yo lo hago. Cada uno de mis cuentos tiene una trama diferente. Una o dos veces he escrito un sueño literalmente, pero por lo general me inspiro en un paisaje, idea o imagen que deseo expresar, y busco en mi cerebro una vía adecuada de crear una cadena de acontecimientos dramáticos capaces de ser expresados en términos concretos. Intento crear una lista mental de las situaciones mejor adaptadas al paisaje, idea, o imagen, y luego comienzo a conjeturar con las situaciones lógicas que pueden ser motivadas por la forma, imagen o idea elegida.
Mi actual proceso de composición es tan variable como la elección del tema o el desarrollo de la historia; pero si la estructura de mis cuentos fuese analizada, es posible que pudiesen descubrirse ciertas reglas que a continuación enumero:

1) Preparar una sinopsis o escenario de acontecimientos en orden de su aparición; no en el de la narración. Describir con vigor los hechos como para hacer creíbles los incidentes que van a tener lugar. Los detalles, comentarios y descripciones son de gran importancia en este boceto inicial.

2) Preparar una segunda sinopsis o escenario de acontecimientos; esta vez en el orden de su narración, con descripciones detalladas y amplias, y con anotaciones a un posible cambio de perspectiva, o a un incremento del clímax. Cambiar la sinopsis inicial si fuera necesario, siempre y cuando se logre un mayor interés dramático. Interpolar o suprimir incidentes donde se requiera, sin ceñirse a la idea original aunque el resultado sea una historia completamente diferente a la que se pensó en un principio. Permitir adiciones y alteraciones siempre y cuando estén lo suficientemente relacionadas con la formulación de los acontecimientos.

3) Escribir la historia rápidamente y con fluidez, sin ser demasiado crítico, siguiendo el punto (2), es decir, de acuerdo al orden narrativo en la sinopsis. Cambiar los incidentes o el argumento siempre que el desarrollo del proceso tienda a tal cambio, sin dejarse influir por el boceto previo. Si el desarrollo de la historia revela nuevos efectos dramáticos, añadir todo lo que pueda ser positivo, repasando y reconciliando todas y cada una de las adiciones del nuevo plan. Insertar o suprimir todo aquello que sea necesario o aconsejable; probar con diferentes comienzos y diferentes finales, hasta encontrar el que más se adapte al argumento. Asegurarse de que ensamblan todas las partes de la historia desde el comienzo hasta el final del relato. Corregir toda posible superficialidad -palabras, párrafos, incluso episodios completos-, conservando el orden preestablecido.

4) Revisar por completo el texto, poniendo especial atención en el vocabulario, sintaxis, ritmo de la prosa, proporción de las partes, sutilezas del tono, gracia e interés de las composiciones (de escena a escena de una acción lenta a otra rápida, de un acontecimiento que tenga que ver con el tiempo, etc.), la efectividad del comienzo, del final, del clímax, el suspenso y el interés dramático, la captación de la atmósfera y otros elementos diversos.

5) Preparar una copia esmerada a máquina; sin vacilar por ello en acometer una revisión final allí donde sea necesario.

El primero de estos puntos es por lo general una mera idea mental, una puesta en escena de condiciones y acontecimientos que rondan en nuestra cabeza, jamás puestas sobre papel hasta que preparo una detallada sinopsis de estos acontecimientos en orden a su narración. De forma que a veces comienzo el bosquejo antes de saber cómo voy más tarde a desarrollarlo.
Considero cuatro tipos diferentes de cuentos sobrenaturales: uno expresa una aptitud o sentimiento, otro un concepto plástico, un tercer tipo comunica una situación general, condición, leyenda o concepto intelectual, y un cuarto muestra una imagen definitiva, o una situación específica de índole dramática. Por otra parte, las historias fantásticas pueden estar clasificadas en dos amplias categorías: aquellas en las que lo maravilloso o terrible está relacionado con algún tipo de condición o fenómeno, y aquéllas en las que esto concierne a la acción del personaje con un suceso o fenómeno grotesco.
Cada relato fantástico -hablando en particular de los cuentos de miedo- puede desarrollar cinco elementos críticos: a) lo que sirve de núcleo a un horror o anormalidad (condición, entidad, etc,); b) efectos o desarrollos típicos del horror, c) el modo de la manifestación de ese horror; d) la forma de reaccionar ante ese horror; e) los efectos específicos del horror en relación a lo condiciones dadas.
Al escribir un cuento sobrenatural, siempre pongo especial atención en la forma de crear una atmósfera idónea, aplicando el énfasis necesario en el momento adecuado. Nadie puede, excepto en las revistas populares, presentar un fenómeno imposible, improbable o inconcebible, como si fuera una narración de actos objetivos. Los cuentos sobre eventos extraordinarios tienen ciertas complejidades que deben ser superadas para lograr su credibilidad, y esto sólo puede conseguirse tratando el tema con cuidadoso realismo, excepto a la hora de abordar el hecho sobrenatural. Este elemento fantástico debe causar impresión y hay que poner gran cuidado en la construcción emocional; su aparición apenas debe sentirse, pero tiene que notarse. Si fuese la esencia primordial del cuento, eclipsaría todos los demás caracteres y acontecimientos, los cuales deben ser consistentes y naturales, excepto cuando se refieren al hecho extraordinario. Los acontecimientos espectrales deben ser narrados con la misma emoción con la que se narraría un suceso extraño en la vida real. Nunca debe darse por supuesto este suceso sobrenatural. Incluso cuando los personajes están acostumbrados a ello, hay que crear un ambiente de terror y angustia que se corresponda con el estado de ánimo del lector. Un descuidado estilo arruinaría cualquier intento de escribir fantasía seria.
La atmósfera y no la acción, es el gran desiderátum de la literatura fantástica. En realidad, todo relato fantástico debe ser una nítida pincelada de un cierto tipo de comportamiento humano. Si le damos cualquier otro tipo de prioridad, podría llegar a convertirse en una obra mediocre, pueril y poco convincente. El énfasis debe comunicarse con sutileza; indicaciones, sugerencias vagas que se asocien entre sí, creando una ilusión brumosa de la extraña realidad de lo irreal. Hay que evitar descripciones inútiles de sucesos increíbles que no sean significativos.

Éstas han sido las reglas o moldes que he seguido -consciente o inconscientemente- ya que siempre he considerado con bastante seriedad la creación fantástica. Que mis resultados puedan llegar a tener éxito es algo bastante discutible; pero de lo que sí estoy seguro es que, si hubiese ignorado las normas aquí arriba mencionadas, mis relatos habrían sido mucho peores de lo que son ahora.

H. P. Lovecraft

agosto 12, 2017

El anciano terrible, H.P. Lovecraft

El anciano terrible, H.P. Lovecraft

Fue la idea de Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva hacer una visita al Terrible Anciano.
El anciano vive solo en una casa muy antigua de la Calle Walter cercana al mar, y se le conoce por ser un hombre fantásticamente rico, y por tener una salud excesivamente delicada; lo cual constituye un atractivo para hombres con la profesión de los señores Ricci, Czanek y Silva, pues su profesión era el latrocinio.
Los vecinos de Kingsport dicen y piensan muchas cosas acerca del Terrible Anciano, cosas que, generalmente, lo protegen de las atenciones de caballeros como el señor Ricci y sus colegas, a pesar de la casi absoluta certidumbre de que oculta una fortuna de incierta magnitud en algún rincón de su mohosa y venerable mansión. En verdad, es un ser muy extraño, que al parecer fue capitán de barco en las Indias Orientales. Es tan decrépito que nadie recuerda cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos conocen su nombre real.
Entre los nudosos árboles del jardín delantero de su vieja y nada descuidada residencia conserva una extraña colección de grandes rocas, singularmente agrupadas y pintadas de forma que semejan los ídolos de algún lóbrego templo asiático. Semejante colección ahuyenta a la mayoría de los niños que disfrutan burlándose de su barba y cabello, largos y canosos, o romper los cristales de pequeño marco de su vivienda con traviesos proyectiles. Pero hay otras cosas que atemorizan a las gentes mayores y de talante curioso que en ocasiones se acercan sigilosamente hasta la mansión, para escudriñar el interior a través de las ventanas cubiertas de polvo. Estas gentes dicen que sobre la mesa de una desnuda habitación del piso bajo, hay muchas botellas extrañas, cada una de las cuales tiene en su interior un trozo de plomo suspendido de una cuerda, como si fuese un péndulo. Y dicen que el Anciano Terrible dialoga con las botellas, llamándolas por nombres tales como Jack, Cara Cortada, Tom el Largo, Joe el Español, Peters y Mate Ellis, y que siempre que habla a una botella, el péndulo de plomo que lleva dentro emite unas vibraciones precisas a modo de respuesta.     
A quienes han visto al alto y enjuto Anciano Terrible en una de esas singulares conversaciones no se les ocurre volver a verlo más. Pero Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no eran naturales de Kingsport. Pertenecían a esa nueva y heterogénea estirpe extranjera que queda al margen del atractivo círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y no vieron en el Anciano Terrible otra cosa que un viejo decrépito y prácticamente indefenso, que no podía andar sin la ayuda de su cayado, y cuyas escuálidas y frágiles manos temblaban de modo lastimoso. A su manera, se compadecían mucho del solitario e impopular anciano, a quien todos rehuían y a quien no había perro que no ladrase con especial virulencia.
Pero los negocios, y, para un ladrón entregado de lleno a su profesión, siempre es tentador y provocativo un anciano de salud enfermiza que no tiene cuenta abierta en el banco, y que para subvenir a sus escasas necesidades paga en la tienda del pueblo con oro y plata españoles acuñados dos siglos atrás.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del 11 de abril para realizar su visita. El señor Ricci y el señor Silva se encargarían de hablar con el pobre y anciano caballero, mientras el señor Czanek se quedaba esperándolos a los dos y a su presumible cargamento metálico en un coche cubierto, en la Calle Ship, junto a la verja del alto muro posterior de la finca de su anfitrión. El deseo de eludir explicaciones innecesarias en caso de una aparición inesperada de la policía aceleró los planes para una huida sin apuros.
Tal como lo habían proyectado, los tres aventureros se pusieron manos a la obra por separado con objeto de evitar cualquier malintencionada sospecha a posteriori. Los señores Ricci y Silva se encontraron en la Calle Walter junto a la puerta de entrada de la casa del anciano, y aunque no les gustó cómo se reflejaba la luna en las piedras pintadas que se veían por entre las ramas en flor de los retorcidos árboles, tenían cosas en qué pensar más importantes que dejar volar su imaginación con manidas supersticiones. Temían que fuese una tarea desagradable hacerle soltar la lengua al Anciano Terrible para averiguar el escondite de su oro y plata, pues los viejos lobos marinos son particularmente testarudos y perversos. En cualquier caso, se trataba de alguien muy viejo y endeble, y ellos eran dos personas que iban a visitarlo. Los señores Ricci y Silva eran expertos en el arte de volver dóciles a los tercos, y los gritos de un débil y más que venerable anciano no son difíciles de sofocar. Así que se acercaron hasta la única ventana alumbrada y escucharon cómo el Anciano Terrible hablaba en tono infantil a sus botellas con péndulos. Se pusieron sendas máscaras y llamaron con delicadeza en la descolorida puerta de roble.
La espera le pareció muy larga al señor Czanek, que se agitaba inquieto en el coche aparcado junto a la verja posterior de la mansión del Anciano Terrible en la Calle Ship. Era una persona más impresionable de lo normal, y no le gustaron nada los espantosos gritos que había oído en la casa momentos antes de la hora fijada para iniciar la operación. ¿No les había dicho a sus compañeros que trataran con el mayor cuidado al pobre y viejo lobo de mar? Presa de los angustia, observaba la estrecha puerta de roble en el alto muro de piedra cubierto de hiedra. No cesaba de consultar el reloj, y se preguntaba por los motivos del retraso. ¿Habría muerto el anciano antes de revelar dónde se ocultaba el tesoro, y habría sido necesario proceder a un registro completo?
Al señor Czanek no le gustaba esperar a oscuras en semejante lugar. Al poco, llegó hasta él el ruido de unas ligeras pisadas o golpes en el paseo que había dentro de la finca, oyó cómo alguien manoseaba desmañadamente, aunque con suavidad, en el herrumbroso picaporte, y vio cómo se abría la pesada puerta. Y al pálido resplandor del único y mortecino farol que alumbraba la calle aguzó la vista en un intento por comprobar qué habían sacado sus compañeros de aquella siniestra mansión que se vislumbraba tan cerca.
Pero no vio lo que esperaba. Allí no estaban ni por asomo sus compañeros, sino el Anciano Terrible que se apoyaba con aire tranquilo en su nudoso cayado y sonreía malignamente. El señor Czanek no se había fijado hasta entonces en el color de los ojos de aquel hombre; ahora podía ver que era amarillos.
Las pequeñas cosas producen grandes conmociones en las ciudades pequeñas. Tal es el motivo de que los vecinos de Kingsport hablasen a lo largo de toda aquella primavera y el verano siguiente de los tres cuerpos sin identificar, horriblemente mutilados (como si hubieran recibido múltiples cuchilladas) y horriblemente triturados (como si hubieran sido objeto de las pisadas de muchas botas despiadadas) que la marea depositó en tierra. Y algunos hasta hablaron de cosas tan triviales como el coche abandonado que se encontró en la Calle Ship, o de ciertos gritos inhumanos, posiblemente de algún animal extraviado o de un pájaro ignoto, escuchados durante la noche por los vecinos que no podían conciliar el sueño.
Pero el Anciano Terrible no prestaba la menor atención a los rumores que corrían por el pacífico pueblo. Era reservado por naturaleza, y cuando uno es anciano y se tiene una salud delicada, la reserva es doblemente marcada. Además, un lobo marino tan anciano debe haber presenciado multitud de cosas mucho más emocionantes en los lejanos días de su ya casi olvidada juventud.


H.P Lovecraft 

agosto 11, 2017

Los dioses del bien y del mal de H. P. Lovecraft por Juan-Jacobo Bajarlía


Los dioses del bien y del mal

De todo el círculo de amigos de Lovecraft, fue Derleth, como ya sabemos, quien más profundizó en esta mitología. Dejó constancia de quiénes eran los dioses del mal y quiénes representaban el bien. En The seal of R'lyeh (1961) los enumera y los analiza con algunas variantes:
“Entre estos primordiales se contaban: el Gran Cthulhu, morador de las aguas; Hastur, que dormía en el Lago Hali, en las Híadas; Yog-Sothot, que es Todo-en-lo-Uno y Uno-en-el-Todo; Ithaqua, El Que Camina Sobre El Viento; Lloigor, El Que Pisa Las Estrellas; Cthugha, que habita en el fuego; el Gran Azathoth. Todos habían sido vencidos y expulsados al espacio exterior, donde esperarían el día remoto en que con la ayuda de sus seguidores podrían rebelarse para derrotar a los humanos y someter a los dioses arquetípicos.”
En esta enumeración no menciona a sus esbirros: los Profundos que vivían en los mares y en las zonas acuáticas de la superficie terrestre. Y al lado de ellos, los Dhols, el Abominable Hombre de las Nieves, que habita el Tíbet y la oculta Meseta de Leng, los Shantaks, que huyeron de Kadath por orden de Wendigo, El Que Camina Sobre el Viento y pariente de Ithaqua.
Realizada la enumeración, expresa:
“Los primigenios y los dioses arquetípicos –que según advertí eran lo mismo– representaban el bien original. Los primordiales, en cambio, representaban el mal.”
“Los primordiales no sólo combatían a los dioses arquetípicos, sino que al mismo tiempo luchaban entre ellos en un esfuerzo supremo por la dominación final. Eran, en definitiva, representaciones de las fuerzas elementales, y cada uno correspondía a un elemento.”
Es decir: Cthulhu, al agua; Cthugha, al fuego; Ithaqua, al aire; Hastur, al espacio sideral.
Algunos estaban vinculados con las fuerzas de la Naturaleza, como Shub-Niggurath, mensajera de los dioses, que se hallaba ligada con la fertilidad. Yog-Sothot, con el Continuum tiempo-espacio. Azathoth, con el principio del mal.
Nos explica Derleth, asimismo, que los dioses arquetípicos constituyeron con el tiempo la Trinidad judeocristiana. Los primordiales, a su vez, pasaron a ser Satanás, Belcebú, Mefistófeles y Azrael. Para Derleth los Mitos de Cthulhu habrían sobrevivido en otras civilizaciones, como la incaica y la maya. O acaso en los ídolos de la Isla de Pascua.


De  H. P. Lovecraft, El horror sobrenatural por Juan-Jacobo Bajarlía


agosto 10, 2017

La tumba, H. P. Lovecraft


LA TUMBA
H. P. LOVECRAFT

Al relatar las circunstancias que han conducido a mi reclusión en este refugio para enfermos mentales, me doy cuenta de que mi situación actual suscitará las naturales dudas sobre la autenticidad de mi relato. Es una lástima que la mayor parte de la humanidad tenga una visión mental tan limitada a la hora de sopesar con calma y con inteligencia aquellos fenómenos aislados, vistos y sentidos sólo por unas pocas personas psíquicamente sensibles, que acontecen más allá de la experiencia común. Los hombres de más amplia mentalidad saben que no hay una distinción clara entre lo real y lo irreal; que todas las cosas parecen lo que parecen sólo en virtud de los delicados instrumentos psíquicos y mentales de cada individuo, merced a los cuales llegamos a conocerlos; pero el prosaico materialismo de la mayoría condena como locura los destellos de clarividencia que traspasan el velo común del claro empirismo.
Me llamo Jervas Dudley, y desde mi más tierna infancia he sido soñador y visionario. Dueño de una fortuna comercial, y temperamentalmente incapaz de seguir unos estudios tradicionales y de gozar del trato social de mis amistades, he vivido siempre en regiones alejadas del mundo visible; he pasado mi adolescencia y mi juventud inmerso en libros antiguos y poco conocidos, y vagando por los campos y arboledas próximas a mi casa solariega. No creo que lo que leía en aquellos libros y veía en aquellos campos y arboledas fuera exactamente lo que podían leer y ver otros niños allí; pero no debo hablar demasiado de esto, ya que una referencia más detallada serviría para confirmar las crueles calumnias sobre mi cordura que oigo contar a veces en voz baja a los
furtivos enfermeros que tengo a mi alrededor. Me limitaré a relatar los hechos sin analizar sus causas.
He dicho que viví separado del mundo visible, pero no que viviera solo. Ninguna criatura humana sería capaz de tal cosa; porque la falta de compañía de los vivos empuja a uno inevitablemente a buscar la de seres que no lo son, o ya no lo están. Cerca de mi casa hay una hondonada boscosa, en cuyas profundidades crepusculares pasaba yo la mayor parte de mi tiempo, leyendo, pensando o soñando. Al pie de sus musgosas laderas di mis primeros pasos, y alrededor de sus robles grotescos y nudosos tejí mis primeras fantasías de adolescente. Llegué a conocer bastante bien a las dríadas tutelares de aquellos árboles, y presencié a menudo sus danzas delirantes bajo el forzado resplandor de una luna menguante... Pero no debo hablar ahora de estas cosas.
Hablaré únicamente de la tumba solitaria que había en la más intrincada espesura de la ladera la tumba abandonada de los Hyde, vieja y eminente familia cuyo último descendiente directo había sido depositado en sus negras cavidades bastantes decenios antes de que yo naciera.
La cripta a la que me refiero es de antiguo granito, gastado por el tiempo y manchado por las brumas y humedades de generaciones. Excavado en la falda del monte, el recinto sólo tiene visible la entrada. La puerta, una losa imponente, está sostenida por unos goznes de hierro herrumbroso y permanece extraña y siniestramente entornada sólidamente sujeta con candados ypesadas cadenas de hierro, a la tosca manera de hace medio siglo. La residencia de la familia cuyos vástagos descansan aquí en sus urnas coronaba en otro tiempo el declive en el que se encuentra la tumba; pero hace tiempo ya que se derrumbó, presa de las llamas que un rayo provocó. Los habitantes más viejos de la región hablan con voz atemorizada de aquella tormenta que destruyó a media noche la sombría mansión, aludiendo de tal forma a lo que ellos llaman la «ira divina», que en los últimos años se avivó vagamente en mí la siempre fuerte fascinación que había sentido por el sepulcro oculto en la espesura. Sólo un hombre había perecido en el incendio. Cuando el último de los Hyde fue enterrado en este lugar de quietud y de sombras, la urna de sus cenizas llegó de un lejano país, al que la familia fue a establecerse tras el incendio. Ya no hay nadie que deposite flores ante ese pórtico de granito, y son pocos los que desafían las lúgubres sombras que parecen demorarse extrañamente junto a sus piedras desgastadas por el agua.
Nunca olvidaré la tarde en que descubrí esa semioculta morada de la muerte. Fue a mediados del verano, cuando la alquimia de la naturaleza transmuta el paisaje selvático en vívida y casi homogénea masa de verde; cuando los sentidos se embriagan con esas oleadas de húmedo verdor y de fragancia sutilmente indefinible a tierra y a vegetación. En tal ambiente, la razón pierde perspectiva; el tiempo y el espacio se vuelven triviales e irreales, y los ecos de un pasado prehistórico llama con insistencia a las puertas de la conciencia cautivada.
Había estado vagando todo el día por las místicas arboledas de la hondonada, inmerso en pensamientos que no vienen al caso, y conversando con seres a los que no hay por qué mencionar. A la edad de diez años había visto y oído muchos prodigios ignorados por la multitud, y endeterminados aspectos me sentía extrañamente anciano. Cuando —después de abrirme paso entre dos zarzas enmarañadas- encontré la entrada de la cripta, no tenía ideade lo que había descubierto. Los bloques de oscuro granito, la puerta extrañamente entornada, y los relieves funerarios esculpidos en el arco, no suscitaron en mí ninguna asociación dolorosa ni terrible. Yo sabía y había imaginado muchas cosas acerca de las sepulturas y las tumbas; pero debido a mi carácter especial, me habían tenido apartado de todo contacto con cementerios y lugares de enterramiento. La extraña construcción de piedra de la boscosa ladera era para mi simple motivo de curiosidad y divagación; y su interior frío y húmedo, que en vano traté de escrutar desde la tentadora rendija, no contenía para mí signo alguno de corrupción o de muerte. Pero en aquel instante de curiosidad nació en miel loco e irrazonado deseo que me ha traído a este infernal confinamiento. Acuciado por una voz que debió de brotar del alma espantosa del bosque, decidí penetrar en la atrayente oscuridad a pesar de las gruesas adenas que me cerraban el paso. A la luz débil del día, sacudí los herrumbrosos obstáculos con objeto de abrir más la puerta de piedra, y traté de deslizar mi cuerpo delgado por la angosta holgura; pero ninguno de mis intentos tuvo éxito.
Mi inicial curiosidad se volvió ahora frenética; y cuando regresé a casa en el creciente crepúsculo, había jurado a ¡os cien dioses del bosque que, costara lo que costase, algún día forzaría la entrada de esas frías y tenebrosas profundidades que parecían llamarme. El médico de barba gris que entra a diario en mi habitación dijo una vez a un visitante que tal decisión marcó el principio de una lamentable monomanía; pero dejaré que el juicio definitivo lo emitan los lectores, cuando lo sepan todo.
Los meses siguientes a mi descubrimiento los pasé haciendo inútiles intentos de forzar el complicado candado de la cripta, y discretas averiguaciones sobre la naturaleza e historia del recinto. Con el oído tradicionalmente receptivo de los niños, me enteré de muchas cosas, aunque mi habitual reserva me impedía contar a nadie lo que sabía yo que me proponía. Quizá merezca la pena aclarar que no me sorprendió ni me produjo terror el enterarme de la naturaleza de la cripta. Mis originales ideas sobre la vida y la muerte me habían llevado a asociar vagamente el barro frío con el cuerpo que respira, e intuía que la grande y siniestra familia de la mansión incendiada estaba representada en cierto modo en el recinto de piedra que trataba de explorar. Los rumores que corrían sobre ritos misteriosos y profanas orgías que se habían celebrado en épocas pasadas en la antigua residencia despertaron en mi un poderoso interés por la tumba, ante cuya puerta permanecía sentado a diario durante horas y horas. Una de las veces arrojé una vela por la rendija de la puerta, pero no conseguí ver nada, salvo un tramo de húmedas escaleras de piedra que descendían. El olor del lugar me producía repugnancia, y no obstante, me fascinaba. Sentía que lo había percibido anteriormente, en un pasado remoto más allá de todo recuerdo; antes incluso de encarnarme en este cuerpo que ahora poseo.
Al año siguiente de mi descubrimiento de la tumba, di con una traducción carcomida de las Vidas de Plutarco en el desván de mi casa, atestado de libros. Leyendo la vida de Teseo, me sentí muy impresionado por ese pasaje en que habla de una gran piedra bajo la cual el joven héroe encontraría la prueba de su destino cuando fuese lo bastante fuerte para levantar su enorme peso. La leyenda tuvo el efecto de aplacar mi vivísima impaciencia por entrar en la cripta, ya que me hizo comprender que aún no había llegado el momento. Más tarde, me decía, llegaría a tener una fuerza y una ingeniosidad que me permitirían abrir fácilmente la puerta encadenada; pero hasta entonces, debía conformarme con lo que parecía ser la voluntad del Destino.
Así que mis vigilancias junto a la húmeda entrada se volvieron menos insistentes, y dediqué gran parte de mi tiempo a otras ocupaciones, aunque eran igualmente extrañas.
Me levantaba a veces en silencio, por la noche, y salía furtivamente a pasear por los cementerios y lugares de enterramiento, de los que mis padres me habían tenido apartado. No puedo decir qué hacía yo allí, ya que ahora no estoy seguro de la realidad de ciertas cosas; pero sé que al día siguiente de esos vagabundeos nocturnos asombraba a menudo a los queme rodeaban mostrando un conocimiento de cosas casi olvidadas desde hacía generaciones. Fue después de una noche así cuando escandalicé a la comunidad con un extraño comentario sobre el entierro del rico y afamado Squire Brewster, artífice de la historia local inhumado en 1711, y cuya lápida de pizarra, con una calavera y dos tibias cruzadas, se iba convirtiendo lentamente en polvo. En un momento de infantil imaginación, juré no sólo que el empresario de la funeraria Goodman Simpson le habíarobado al difunto los zapatos de hebilla de plata, las calzas de seda y el calzón de raso antes de enterrarlo, sino que el propio squire, que no había muerto del todo, se había dado la vuelta dos veces en el ataúd, el día después del entierro.
Pero la idea de entrar en la tumba jamás se me fue del pensamiento, hasta que me la reavivó efectivamente el inesperado descubrimiento genealógico de que mis propios antepasados maternos poseían al menos un ligero vinculo con la familia supuestamente extinguida de los Hyde. Ultimo vástago de mi línea paterna, era igualmente el último de esta otra más vieja y misteriosa. Empecé a sentir que la tumba era mía, y a pensar con ardiente ansiedad en el momento en que pudiera trasponer el umbral de piedra y bajar a la oscuridad por aquella escalera cubierta de limo. Adopté entonces la costumbre de escuchar con intensa atención en la puerta entornada eligiendo para esta extraña vigilancia mis horas predilectas: la quietud de la medianoche. Por la época en que llegué a mayor, había hecho un pequeño claro en los matorrales delante de la mohosa fachada de la ladera, dejando que la vegetación de su alrededor lo cubriera como las paredes y techumbre de un cenador silvestre. Este cenador era mi templo; y la puerta encadenada, mi altar; y aquí me tumbaba en el suelo musgoso, pensando extraños pensamientos y soñando extraños sueños.
La noche en que tuve la primera revelación fue bochornosa. Debí de quedarme dormido de cansancio, porque cuando oí voces tuve la clara sensación de despertar. No quiero hablar de sus tonos y acentos, ni referirme a su calidad; pero sí puedo decir que noté extrañas peculiaridades en el vocabulario, la pronunciación y el modo de vocalizar. En aquel oscuro coloquio parecían estar representados todo los matices del dialecto de Nueva Inglaterra desde las toscas expresiones de los colonialistas puritanos a la retórica precisa de hace cincuenta años; pero de eso me di cuenta después. En aquel momento, mi atención estaba en otro fenómeno: un fenómeno tan fugaz, que no puedo jurar que fuese real. Al volver a casa, fui sin vacilar a un cofre carcomido que había en el desván, y allí encontré la llave que al día siguiente abrió con toda sencillez el obstáculo que durante tanto tiempo había tratado de forzar en vano.
Había una luz suave de atardecer, la primera vez que entré en la cripta de la ladera abandonada. Me sentía embargado por un hechizo, y el corazón me saltaba con una exultación difícil de describir. Cuando cerré la puerta detrás de mí, y empecé a descender por los goteantes peldaños a la luz de mi vela, tuve la impresión de que conocía el camino; y aunque la vela chisporroteaba por el vaho sofocante del lugar, me sentí extrañamente a gusto en aquel ambiente estancado de pudridero. Al mirar a mi alrededor, descubrí numerosas losas de mármol sobre las que descansaban ataúdes o restos de ataúdes. Algunos de ellos estaban cerrados e intactos; otros
casi habían desaparecido, quedando sus asas de plata y sus placas aisladas entre curiosos montones de polvo blanquecino. En una de las placas leí el nombre de sir Geoffrey Hyde, quien había venido de Sussex en 1640 y había muerto aquí unos años más tarde. En un nicho llamativo había un ataúd bastante bien conservado y vacío, adornado con un simple nombre que me hizo sonreír y estremecer a la vez. Un inexplicable impulso me decidió a subir a la ancha losa, apagar la vela, y tumbarme en el interior de la caja vacía.
Salí tambaleante de la cripta, a la luz gris del amanecer, y cerré la puerta y la cadena, detrás de mí. Ya no era joven, aunque sólo veintiún inviernos habían enfriado mi envoltura corporal. Los aldeanos madrugadores que me vieron regresar me miraron con extrañeza, asombrados ante los signos de obscena disipación que observaban en alguien cuya vida tenía fama de austera y solitaria. No me presenté ante mis padres hasta después de un sueño largo y reparador.
A partir de entonces, acudí a la tumba cada noche, viendo y oyendo y haciendo cosas que no debo recordar. Mi modo de hablar, siempre sensible a las influencias ambientales, fue lo primero en sucumbir al cambio, y no tardaron en notar mi arcaísmo de dicción tan súbitamente adquirido. Después, apareció en mi comportamiento un extraño descaro y temeridad, hasta que, de manera inconsciente, asumí la actitud de un hombre de mundo, a pesar de mi vida recluida. Mi lengua, anteriormente reservada, se volvió voluble, adquiriendo la gracia fácil de un Chesterfield y el cinismo descreído de un Rochester. Exhibí una erudición singular, totalmente distinta del saber fantástico y monacal que había adquirido en mi juventud, y cubrí las guardas de mis libros con fáciles e improvisados epigramas que revelaban influencias de Gay, de Prior y de los más ágiles ingenios y rimadores augustos. Una mañana, durante el desayuno, estuve al borde del desastre, al ponerme a declamar con acento claramente ebrio una efusión de júbilo báquico del siglo XVIII, alegre y georgiana, jamás registrada en libro alguno, y que decía así: Venid, muchachos, con la jarra de cerveza, Bebed por el presente, antes de que huya; Apilad en vuestro plato una montaña de carne, Pues el comer y el beber nos vuelve alegres; Llenad, pues, vuestros vasos:
Pronto pasar la vida ¡Y muertos, ya no brinda réis por vuestro rey y vuestra amiga!Dicen que Anacreonte tenía roja la nariz. Dios me bendiga. Prefiero estar rojo aquí abajo, Que hecho un lirio... ¡y muerto la mitad del año! Así que ven, Betty, querida; Ven y bésame;¡No hay en el averno otra hija de tabernero como tú!
El joven Harry anda tan tieso como puede, Ya perderá la peluca y rodará bajo las metas. Pero llenad llenad vuestros vasos.
¡Es mejor estar bajo la mesa que encontrarse bajo tierra! Así que disfrutad, reíd, Bebed a garganta llena. ¡Menos risa habrá con seis pies de tierra encima! ¡Que el demonio me fulmine! No puedo dar un paso, ¡Maldito si puedo tenerme en pie! Ea, tabernero, di a Betty que traiga una silla; ¡Quiero quedarme otro rato, ya que mi esposa no esta!Echadme una mano, Que no puedo tenerme, ¡Pero quiero disfrutar mientras estoy sobre la tierra! Fue por entonces cuando concebí el miedo que ahora me dan las tormentas. Indiferente antes a esas cosas, ahora me producían un horror indecible, y trataba de esconderme en el último rincón de la casa cada vez que el cielo amenazaba desencadenar una tormenta con todo el aparato eléctrico. Un lugar que frecuentaba con predilección durante el día era el sótano ruinoso de la mansión incendiada; y en la imaginación me representaba el edificio tal como fuera al principio. En una ocasión, sobresalté a un aldeano llevándole confiadamente a un subsótano poco profundo, cuya existencia parecía conocer yo a pesar de que había permanecido ignorado y olvidado durante generaciones.
Por último, ocurrió lo que había estado temiendo durante mucho tiempo. Mis padres, alarmados por el cambio operado en la actitud y el aspecto de su único hijo, empezaron a ejercer sobre todos mis movimientos un afectuoso espionaje que amenazaba resultar catastrófico. No había hablado a nadie de mis visitas a la tumba, y había guardado mi secreto propósito con celo religioso desde mi niñez; pero ahora me vi obligado a adoptar la precaución al recorrer los laberintos de la hondonada boscosa, con el fin de despistar a un posible perseguidor. Conservaba siempre la llave de la cripta colgada del cuello con un cordón, procurando que nadie conociese su existencia. Jamás saqué del sepulcro nada de lo que encontré entre sus muros.
Una mañana, al salir de la húmeda tumba y cerrar la cadena de la puerta con mano no muy firme, descubrí entre unos arbustos la temida cara de un espía. Sin duda se aproximaba el final, puesto que se había descubierto elcenador y desvelado el objetivo de mis excursiones nocturnas. Pero el hombre no me abordó, de modo que me apresuré a regresar a casa, a fin de escuchar a escondidas lo que le contara a mi preocupado padre. ¿Iban a ser divulgadas al mundo mis permanencias en el otro lado de la puerta encadenada? ¡Imaginad mi maravillado asombro al oír al espía informar a mi padre con cauteloso susurro que yo había pasado la noche en el cenador, delante de la tumba, con mis soñolientos ojos clavados en la rendija de la puerta encadenada! ¿Por qué milagro había sufrido mi espía semejante ilusión? Ahora me sentí convencido de que un agente sobrenatural me protegía. Envalentonado por esta circunstancia providencial, reanudé mis visitas a la cripta sin el menor disimulo, confiado en que nadie podía presenciar mi entrada.
Durante una semana, disfruté plenamente de esa jovialidad macabra que no puedo describir, cuando sucedió aquello, y me trajeron a esta morada maldita de monotonía y de dolor.
No debí aventurarme a salir de casa aquella noche, ya que los truenos corrompían las nubes, y de la fétida ciénaga del fondo de la hondonada se elevaba una infernal fosforescencia. La llamada de los muertos era distinta también. En vez de brotar de la tumba de la ladera, me llegó del sótano carbonizado de lo alto, cuyo demonio tutelar me hacia señas con dedos invisibles. Al salir de la arboleda a la planicie que rodea las ruinas descubrí, al resplandor brumoso de la luna, algo que siempre había esperado vagamente. La mansión que había desaparecido hacía un siglo, se alzaba de nuevo con solemne majestuosidad ante mis ojos arrobados; cada ventana estaba iluminada con el resplandor de numerosas velas. Por el largo camino subían los coches de la aristocracia de Boston, mientras que acudía a pie un numeroso grupo de gentes exquisitamente empolvadas de las mansiones vecinas. Me mezclé con esa multitud, aunque sabía que yo debía estar entre los anfitriones, y no en el grupo de los invitados. En el salón había música, risas, y vino en cada mano. Reconocí varias caras, aunque las habría reconocido mucho mejor si las hubiese visto consumidas o devoradas por la muerte y la descomposición; y en medio de aquella multitud desenfrenada e inconsciente. yo era el más violento y atrevido. Mis labios proferían torrentes de alegres blasfemias, y en mis escandalosas ocurrencias no respetaba ninguna ley humana, de la naturaleza o de Dios.
De pronto, estalló un trueno que se oyó incluso por encima del clamor de la embrutecida orgía, hendió la misma techumbre e impuso un sobrecogido silencio a la bulliciosa concurrencia. Rojas lenguas de fuego y abrasadoras bocanadas de calor envolvieron la casa; y los juerguistas, aterrados ante la calamidad desencadenada, que parecía rebasar los limites de la naturaleza, huyeron gritando y desaparecieron en la noche. Sólo me quedé yo, retenido en mi butaca por un miedo insuperable como no había experimentado jamás. Y entonces, un segundo horror se apoderó de mi. ¡Reducido en vida a cenizas, esparcido mi cuerpo a los cuatro vientos, no podría descansar jamas en la tumba de los Hyde! ¿No estaba mi ataúd preparado para mí? ¿No tenía yo derecho a descansar hasta la eternidad entre los descendientes de sir Geoffrey Hyde? ¡Sí! Reclamaría mi herencia de muerte, aun cuando mi alma vagase durante siglos en busca de otra morada corporal que la supliese en aquel féretro vacío del nicho de la cripta. ¡Jervas Hyde no compartiría jamás el triste destino de Palinuro!
Al desvanecerse el fantasma de la casa incendiada, me desperté gritando y forcejeando locamente en brazos de dos hombres, uno de los cuales era el espía que me había seguido hasta la tumba. Caía una lluvia torrencial, y se veían alejarse hacia el horizonte sur los relámpagos que poco antes habían pasado por encima de nosotros. Mi padre, con el rostro contraído de aflicción, permanecía inmóvil mientras yo pedía a gritos que me dejasen descansar dentro de la tumba, rogando con frecuencia a los que me sujetaban que me tratasen con la mayor suavidad. Un círculo ennegrecido en el suelo del sótano ruinoso revelaba el lugar donde había caído un violento rayo del cielo; y en ese mismo lugar unos cuantos aldeanos provistos de linternas observaban curiosos una pequeña caja de antigua artesanía que el rayo había sacado a la superficie.
Renunciando a mis vanos forcejeos, miré a los que contemplaban el hallazgo. y me permitieron compartir el descubrimiento. La caja, cuyos cierres se habían roto por el impacto que le había desenterrado, contenía muchos papeles y objetos de valor; pero yo sólo tuve ojos para una cosa. Era la miniatura en porcelana de un joven con una elegante peluca rizada, y las iniciales «J.H. » El rostro que tenía era tal, que era como contemplar mi propia imagen en el espejo.
Al día siguiente me trajeron a esta habitación de ventana enrejada; pero he seguido informado de ciertas cosas gracias a un viejo criado, por quien sentí mucho cariño durante mi infancia, y el cual tiene afición a los cementerios como yo. Lo que me he atrevido a contar de mis experiencias en el interior de la cripta no ha hecho sino despertar sonrisas compasivas. Mi padre, que me visita con frecuencia, afirma que en ningún momento he cruzado la puerta encadenada, y jura que el herrumbroso candado seguía intacto desde hace cincuenta años cuando él lo examinó. Dice incluso que todo el pueblo conocía mis excursiones a la tumba, y que me vigilaban muchas veces, cuando me dormía en el cenador frente a la tétrica entrada, con los ojos semiabiertos y fijos en la rendija que conduce al interior. No tengo ninguna prueba palpable que alegar contra todas estas afirmaciones, ya que perdí la llave en los forcejeos, aquella noche de horror. Mi conocimiento de extrañas cosas del pasado, de las que me fui enterando durante aquellas reuniones nocturnas con los muertos, lo atribuyen, a mi constante y omnívoro huronear entre los viejos volúmenes de la biblioteca de la familia. De no ser por mi viejo criado Hiram, a estas horas me habrían convencido totalmente de mi locura Pero Hiram, leal hasta el fin, ha conservado la fe en mí, y ha hecho lo que ahora me impulsa a publicar al menos parte de mi historia. Hace una semana, abrió violentamente el cierre que mantenía la puerta de la tumba perpetuamente entornada, y descendió con una linterna a las lóbregas profundidades.
Sobre la losa de un nicho, encontró un ataúd viejo y vacío cuya placa empañada ostenta un solo nombre: Jervas. En ese ataúd, y en esa cripta, han prometido enterrarme.
 


H. P. LOVECRAFT



agosto 09, 2017

Algunas notas sobre algo que no existe por H. P. Lovecraft (1890-1937).

Algunas notas sobre algo que no existe por H. P. Lovecraft (1890-1937).

Escrito publicado de forma póstuma.
Título original en inglés: «Some Notes On A Nonentity»

Para mí, la principal dificultad al escribir una autobiografía es encontrar algo importante que contar. Mi existencia ha sido reservada, poco agitada y nada sobresaliente; y en el mejor de los casos sonaría tristemente monótona y aburrida sobre el papel.
Nací en Providence, R.I. -donde he vivido siempre, excepto por dos pequeñas interrupciones- el 20 de agosto de 1890; de vieja estirpe de Rhode Island por parte de mi madre, y de una línea paterna de Devonshire domiciliada en el estado de Nueva York desde 1827.
Los intereses que me llevaron a la literatura fantástica aparecieron muy temprano, pues hasta donde puedo recordar claramente me encantaban las ideas e historias extrañas, y los escenarios y objetos antiguos. Nada ha parecido fascinarme tanto como el pensamiento de alguna curiosa interrupción de las prosaicas leyes de la Naturaleza, o alguna intrusión monstruosa en nuestro mundo familiar por parte de cosas desconocidas de los ilimitados abismos exteriores.
Cuando tenía tres años o menos escuchaba ávidamente los típicos cuentos de hadas, y los cuentos de los hermanos Grimm están entre las primeras cosas que leí, a la edad de cuatro años. A los cinco me reclamaron Las mil y una noches, y pasé horas jugando a los árabes, llamándome «Abdul Alhazred», lo que algún amable anciano me había sugerido como típico nombre sarraceno. Fue muchos años más tarde, sin embargo, cuando pensé en darle a Abdul un puesto en el siglo VIII y atribuirle el temido e inmencionable Necronomicon!
Pero para mí los libros y las leyendas no detentaron el monopolio de la fantasía.
En las pintorescas calles y colinas de mi ciudad nativa, donde los tragaluces de las puertas coloniales, los pequeños ventanales y los graciosos campanarios georgianos todavía mantienen vivo el encanto del siglo XVIII, sentía una magia entonces y ahora difícil de explicar. Los atardeceres sobre los tejados extendidos por la ciudad, tal como se ven desde ciertos miradores de la gran colina, me conmovían con un patetismo especial. Antes de darme cuenta, el siglo XVIII me había capturado más completamente que al héroe de Berkeley Square; de manera que pasaba horas en el ático abismado en los grandes libros desterrados de la biblioteca de abajo y absorbiendo inconscientemente el estilo de Pope y del Dr.  Johnson como un modo de expresión natural. Esta absorción era doblemente fuerte debido a mi frágil salud, que provocó que mi asistencia a la escuela fuera poco frecuente e irregular. Uno de sus efectos fue hacerme sentir sutilmente fuera de lugar en el período moderno, y pensar por lo tanto en el tiempo como algo místico y portentoso donde todo tipo de maravillas inesperadas podrían ser descubiertas.
También la naturaleza tocó intensamente mi sentido de lo fantástico. Mi hogar no estaba lejos de lo que por entonces era el límite del distrito residencial, de manera que estaba tan acostumbrado a los prados ondulantes, a las paredes de piedra, a los olmos gigantes, a las granjas abandonadas y a los espesos bosques de la Nueva Inglaterra rural como al antiguo escenario urbano. Este paisaje melancólico y primitivo me parecía que encerraba algún significado vasto pero desconocido, y ciertas hondonadas selváticas y oscuras cerca del río Seekonk adquirieron una aureola de irrealidad no sin mezcla de un vago horror. Aparecían en mis sueños, especialmente en aquellas pesadillas que contenían las entidades negras, aladas y
gomosas que denominé «night-gaunts» [espectros nocturnos o alimañas descarnadas].
Cuando tenía seis años conocí la mitología griega y romana a través de varias publicaciones populares juveniles, y fui profundamente influido por ella. Dejé de ser un árabe y me transformé en romano, adquiriendo de paso una rara sensación de familiaridad y de identificación con la antigua Roma sólo menos poderosa que la sensación correspondiente hacia el siglo XVIII. En un sentido, las dos sensaciones trabajaron juntas; pues cuando busqué los clásicos originales de los cuales se tomaron los cuentos infantiles, los encontré en su mayoría en traducciones de finales del siglo XVII y del XVIII. El estímulo imaginativo fue inmenso, y durante una temporada creí realmente haber vislumbrado faunos y dríadas en ciertas arboledas venerables. Solía construir altares y ofrecer sacrificios a Pan, Diana, Apolo y Minerva.
En este período, las extrañas ilustraciones de Gustave Doré‚ -que conocí en ediciones de Dante, Milton y La balada del Antiguo Marinero- me afectaron poderosamente. Por primera vez empecé‚ a intentar escribir: la primera pieza que puedo recordar fue un cuento sobre una cueva horrible perpetrado a la edad de siete años y titulado «The Noble Eavesdropper» [El noble fisgón]. Este no ha sobrevivido, aunque todavía poseo dos hilarantes esfuerzos infantiles que datan del año siguiente: «The Mysterious Ship» [La nave misteriosa] y «The Secret of
the Grave» [El secreto de la tumba], cuyos títulos exhiben suficientemente la orientación de mi gusto.
A la edad de casi ocho años adquirí un fuerte interés por las ciencias, que surgió sin duda de las ilustraciones de aspecto misterioso de «Instrumentos filosóficos y científicos» al final del Webster's Unabrigded Dictionary. Primero vino la química, y pronto tuve un pequeño laboratorio muy atractivo en el sótano de mi casa. A continuación vino la geografía, con una extraña fascinación centrada en el continente antártico y otros reinos inexplorados de remotas maravillas.
Finalmente amaneció en mí la astronomía; y el señuelo de otros mundos e inconcebibles abismos cósmicos eclipsó todos mis otros intereses durante un largo período hasta después de mi duodécimo cumpleaños. Publicaba un pequeño periódico hectografiado titulado The Rhode Island Journalof Astronomy, y finalmente -a los dieciséis- irrumpí en la publicación real en la prensa local con temas de astronomía, colaborando con artículos mensuales sobre fenómenos de actualidad para un periódico local, y alimentando la prensa rural semanal con misceláneas más expansivas.
Fue durante la secundaria -a la que pude asistir con cierta regularidad- cuando produje por primera vez historias fantásticas con algún grado de coherencia y seriedad. Eran en gran parte basura, y destruí la mayoría a los dieciocho, pero una o dos probablemente alcanzaron el nivel medio del «pulp». De todas ellas he conservado solamente «The Beast in the Cave» [La bestia de la cueva] (1905) y «The Alchemist» [El alquimista] (1908). En esta etapa la mayor parte de mis escritos, incesantes y voluminosos, eran científicos y clásicos, ocupando el material fantástico un lugar relativamente menor. La ciencia había eliminado mi creencia en lo sobrenatural, y la verdad por el momento me cautivaba más que los sueños. Soy todavía materialista mecanicista en filosofía. En cuanto a la lectura: mezclaba ciencia, historia, literatura general, literatura fantástica, y basura juvenil con la más completa falta de convencionalismo.
Paralelamente a todos estos intereses en la lectura y la escritura, tuve una niñez muy agradable; los primeros años muy animados con juguetes y con diversiones al aire libre, y el estirón después de mi décimo cumpleaños dominado por persistentes pero forzosamente cortos paseos en bicicleta que me familiarizaron con todas las etapas pintorescas y excitadoras de la imaginación del paisaje rural y los pueblos de Nueva Inglaterra. No era de ningún modo un ermitaño: más de una banda de la muchachada local me contaba en sus filas.
Mi salud me impidió asistir a la universidad; pero los estudios informales en mi hogar, y la influencia de un tío médico notablemente erudito, me ayudaron a evitar algunos de los peores efectos de esta carencia. En los años en que debería haber sido universitario viré de la ciencia a la literatura, especializándome en los productos de aquel siglo XVIII del cual tan extrañamente me sentía parte. La escritura fantástica estaba entonces en suspenso, aunque leía todo lo espectral que podía encontrar -incluyendo los frecuentes sueltos extraños en revistas baratas tales como All-Story y TheBlack Cat-. Mis propios productos fueron
mayoritariamente versos y ensayos: uniformemente despreciables y relegados ahora al olvido eterno.
En 1914 descubrí la United Amateur Press Association y me uní a ella, una de las organizaciones epistolares de alcance nacional de literatos noveles que publican trabajos por su cuenta y forman, colectivamente, un mundo en miniatura de crítica y aliento mutuos y provechosos. El beneficio recibido de esta afiliación apenas puede sobrestimarse, pues el contacto con los variados miembros y críticos me ayudó infinitamente a rebajar los peores arcaísmos y las pesadeces de mi estilo.
Este mundo del «periodismo aficionado» está ahora mejor representado por la National Amateur Press Association, una sociedad que puedo recomendar fuerte y conscientemente a cualquier principiante en la creación. Fue en las filas del amateurismo organizado donde me aconsejaron por primera vez retomar la escritura fantástica; paso que dí en julio de 1917 con la producción de «La tumba» y «Dagon» (ambos publicados después en Weird Tales) en rápida sucesión.
También por medio del amateurismo se establecieron los contactos que llevaron a la primera publicación profesional de mi ficción: en 1922, cuando Home Brew publicó un horroroso serial titulado «Herbert West - Reanimator». El mismo círculo, además, me llevó a tratar con Clark Ashton Smith, Frank Belknap Long, Wilfred B. Talman y otros después celebrados en el campo de las historias extraordinarias.
Hacia 1919 el descubrimiento de Lord Dunsany -de quien tomé la idea del panteón artificial y el fondo mítico representado por «Cthulhu», «Yog-Sothoth», «Yuggoth», etc.- dio un enorme impulso a mi escritura fantástica; y saqué material en mayor cantidad que nunca antes o después. En aquella época no me formaba ninguna idea o esperanza de publicar profesionalmente; pero el hallazgo de Weird Tales en 1923 abrió una válvula de escape de considerable regularidad.
Mis historias del período de 1920 reflejan mucho de mis dos modelos principales, Poe y Dunsany, y están en general demasiado fuertemente inclinadas a la extravagancia y un colorismo excesivo como para ser de un valor literario muy serio.
Mientras tanto mi salud había mejorado radicalmente desde 1920, de manera que una existencia bastante estática comenzó a diversificarse con modestos viajes, dando a mis intereses de anticuario un ejercicio más libre. Mi principal placer fuera de la literatura pasó a ser la búsqueda evocadora del pasado de antiguas impresiones arquitectónicas y paisajísticas en las viejas ciudades coloniales y caminos apartados de las regiones más largamente habitadas de América, y gradualmente me las he arreglado para cubrir un territorio considerable desde la glamorosa Quebec en el norte hasta el tropical Key Westen el sur y el colorido Natchez y New Orleans por el oeste. Entre mis ciudades favoritas, aparte de Providence, están Quebec; Portsmouth, New Hampshire; Salem y Marblehead en Massachusetts; Newport en mi propio estado; Philadelphia; Annapolis; Richmond con su abundancia de recuerdos de Poe; la Charleston del siglo XVIII, St. Augustine del XVI y la soñolienta Natchez en su peñasco vertiginoso y con su interior subtropical magnífico. Las «Arkham» y «Kingsport» que salen en algunos de mis cuentos son versiones más o menos
adaptadas de Salem y Marblehead. Mi Nueva Inglaterra nativa y su tradición antigua y persistente se han hundido profundamente en mi imaginación y aparecen frecuentemente en lo que escribo. Vivo actualmente en una casa de 130 años de antigüedad en la cresta de la antigua colina de Providence, con una vista arrobadora de ramas y tejados venerables desde la ventana encima de mi escritorio.
Ahora está claro para mí que cualquier mérito literario real que posea está confinado a los cuentos oníricos, de sombras extrañas, y «exterioridad» cósmica a pesar de un profundo interés en muchos otros aspectos de la vida y de la práctica profesional de la revisión general de prosa y verso. Por qué es así, no tengo la menor idea. No me hago ilusiones con respecto al precario estatus de mis cuentos, y no espero llegar a ser un competidor serio de mis autores fantásticos favoritos: Poe, Arthur Machen, Dunsany, Algernon Blackwood, Walter de la Mare, y Montague Rhodes James. La única cosa que puedo decir en favor de mi trabajo es su sinceridad. Rechazo seguir las convenciones mecánicas de la literatura popular o llenar mis cuentos con personajes y situaciones comunes, pero insisto en la reproducción de impresiones y sentimientos verdaderos de la mejor manera que pueda lograrlo. El resultado puede ser pobre, pero prefiero seguir aspirando a una expresión literaria seria antes que aceptar los estándares artificiales del romance barato.
He intentado mejorar y hacer más sutiles mis cuentos con el paso de los años, pero no logré el progreso deseado. Algunos de mis esfuerzos han sido mencionados en los anuarios de O'Brien y O. Henry, y unos pocos tuvieron el honor de ser reimpresos en antologías; pero todas las propuestas para publicar una colección han quedado en nada. Es posible que uno o dos cuentos cortos puedan salir como separatas dentro de poco. Nunca escribo si no puedo ser espontáneo: expresando un sentimiento ya existente y que exige cristalización. Algunos de mis
cuentos involucran sueños reales que he experimentado. Mi ritmo y manera de escribir varían bastante en diferentes casos, pero siempre trabajo mejor de noche.
De mis producciones, mis favoritos son «The Colour Out of Space» [El color que cayó del cielo] y «The Music of Erich Zann» [La música de Erich Zann], en el orden citado. Dudo si podría tener algún éito en el tipo ordinario de ciencia ficción.
Creo que la escritura fantástica ofrece un campo de trabajo serio nada indigno de los mejores artistas literarios; aunque uno muy limitado, ya que refleja solamente una pequeña sección de los infinitamente complejos sentimientos humanos. La ficción espectral debe ser realista y centrarse en la atmósfera; confinar su salida de la Naturaleza al único canal sobrenatural elegido, y recordar que el escenario, el  tono y los fenómenos son más importantes para comunicar lo que hay que comunicar que los personajes y la trama. La «gracia» de un cuento
verdaderamente extraño es simplemente alguna violación o superación de una ley cósmica fija, una escapada imaginativa de la tediosa realidad; por lo tanto son los fenómenos más que las personas los «héroes» lógicos. Los horrores, creo, deben ser originales: el uso de mitos y leyendas comunes es una influencia debilitadora.
La ficción publicada actualmente en las revistas, con su orientación incurable hacia los puntos de vista sentimentales convencionales, estilo enérgico y alegre, y artificiales tramas de «acción», no puntuan alto. El mejor cuento fantástico jamás escrito es probablemente «The Willows» [Los sauces] de Algernon Blackwood.


23 de noviembre de 1933.

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