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Te invitamos a perderte en los laberintos, a reflejarte en los abismos de los espejos, a navegar por la maravillosa tierra del ensueño que es la Poesía. El Gato del Espejo.Este es un espacio para la resistencia, para derrotar el olvido y celebrar siempre la vida. También para ser confabuladores nocturnos, dueños de nuestros sueños y nuestras esperanzas, este es un lugar que se pulsa desde el gesto sincero y hospitalario propio de la amistad que reinventa mágica y misteriosamente al otro y a los otros.El Gato del Espejo dónde puedes a recorrer el camino del lenguaje sencillo, de la imagen sutil y la pasión más sagrada a través de palabras empapadas de magia: POESÍA. LITERATURA. ARTE.“Poemas para compartir y regalar”. Un lugar que tiende a convertirse en un remolino de hojas sueltas que el viento transporta, de lágrimas como cristales musicales.Una colección de carteles, poemas, imágenes, cuentos, palabras, música y fotos involuntariamente cómicas y también una manera de mirar, de detenerse un poco y dejar que lo cotidiano sea atravesado por el asombro.El Gato del Espejo pretende ser un conjunto de frases nómades que emigran de manos en manos, de corazones en corazones, un cuaderno de bitácora como un árbol que brinde sus hojas, para que puedas compartir y regalar en cada texto, la magia, que contiene este puñado de palabras.

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septiembre 20, 2015

La seducción de la hija del portero, Mario Pacho O Donnell


La seducción de la hija del portero, Mario Pacho O Donnell (1976)

 Al principio era salada y al final tenía gusto a vainilla. Una mezcla de vainilla y romero. Divina la conchita. Lampiña, apenas una suave pelusa. ¿Alguna vez tocaron terciopelo? Muy parecida al terciopelo. Lo que más me impresionaba era, no sé cómo decirlo, siempre me impresionaron las cosas flamantes y la conchita de María era una de las cosas más flamantes que he conocido en mi vida. A lo mejor algunos de ustedes se impresionan con lo que les cuento. O les da asco, no sé. Jódanse. Cuando se llega a los setenta años como yo si no se comprende que el asco, los escrúpulos, las buenas maneras y todas esas cosas son frenos para la vida, caput. Ya bastante freno es la vejez para que encima haya que sujetarse a todo eso. No sé, a mí me parece que es así. Aunque en general no pienso tanto. Cuando me pongo a filosofar caigo en lo barato, en lo cursi.
Los deseos hay que cumplirlos y chau. Porque vivir es lo mismo que desear. Por otra parte, no creo haberle hecho mucho daño a María. No sé, a lo mejor hasta le sirvió. A lo mejor aprendió muchas cosas de acuerdo con la mejor pedagogía. Viviéndolas. Además yo no estoy de acuerdo con eso de que por tener catorce años como María se es ingenua. Deberían de haber visto sus ojos cuando recibía el premio.
Esos ojos no eran ingenuos. Eran perversos, ambiciosos, crueles y todo lo demás. María no era ninguna ingenua. Por tener catorce años no se es ingenua. También se puede tener setenta y ser el monumento a la ingenuidad.
Yo nunca necesité decirle que no le contara nada al padre. Además le ocultaba lo que compraba con mi plata, si no peor: compraba una muñequita barata para disimular y escondía los collares o los cigarrillos. Cuando ella aceptó el primer cigarrillo que le convidé, un poco en broma, con la seguridad de que lo rechazaría, fue muy evidente que ya era canchera en eso. Si tragaba el humo y todo. Lo largaba por la nariz para que no quedaran dudas de que sabía fumar.
A veces pienso que si María hubiera tenido madre las cosas hubieran sido distintas. No sé, se me ocurre que las madres se dan cuenta de esas cosas. A lo mejor no, a lo mejor es una idea mía nada más. Sin embargo creo que el padre fue un boludo en no darse cuenta antes.
Por algo no me sorprendió el día que no vino más. Ya lo esperaba. Y debo confesar que tenía miedo pero ya no me podía echar atrás. Hortensio podría haber llamado a la policía, hacerme juicio, de todo. Sin embargo un día desaparecieron de la portería y no se supo más nada de ellos. Sí, tuve miedo. Durante varios días esperé que vinieran a llevarme. Estupro. Qué nombre tan feo para algo tan lindo. Lo repito, si se escandalizan, jodansé. Porque fue lindo, jamás quise tanto a nadie como a María.
La desaparición de Hortensio fue el tema obligado de los inquilinos. En la puerta de entrada, en el ascensor, se hablaba de eso. Que parecía mentira, que era un ingrato, que después de tantos años, que— hombre debía estar mal de la cabeza. Hubo una reunión del consorcio para tratar el tema. Yo nunca voy, me parecen ridículas esas reuniones. Hablan del agua caliente, del felpudo, del incinerador como si fueran las cosas más importantes del mundo. A ésa fui no sé por qué. En realidad sí sé por qué fui: fui porque quería evitar que hicieran algo que me embromara. Y tuve razón porque la pelotuda del cuarto A propuso hacer una denuncia a la policía. Yo dije que no, que era injusto, que no debíamos olvidar los años que Hortensio había trabajado en el edificio, que no teníamos derecho a perjudicarlo. Ustedes me acusarán de cinismo pero también dije que teníamos que pensar en esa chica, María, hija única, huérfana de madre, en qué iba a ser de su vida si le creábamos problemas al padre. Sin embargo no fue cinismo, lo dije con absoluto convencimiento. A María la quería mucho y no deseaba que le pasara nada malo. La sigo queriendo.
La quise desde que era chiquita. Creo que me impresionaba eso de que no tuviera madre. Hortensio contó que había muerto poco tiempo después de nacer María. Pero las versiones que se chismorreaban en el edificio eran otras. La más acertada, o por lo menos la que a mí me pareció más creíble, era la de que la tipa se las había tomado porque Hortensio chupaba demasiado. Casi nadie se daba cuenta de su alcoholismo. Yo sí, porque los años me enseñaron a descifrar esa pose laxa, esa mirada medio vacuna, esa especie de normalidad forzada típica de la mañana que sigue a una noche de tranca. Eso también me impresionaba. Que ese hombre flaco y amarillo, más abúlico que no sé qué, fuera el padre de esa pibita deliciosa, divina. Porque María siempre fue muy bonita. Un remolino rubio que cantaba, saltaba, jugaba. Al mirarla no quedaba otro remedio que acordarse del cuento de la hiena. O del me río por no llorar del tango.
Los mojigatos boludos y las mojigatas boludas que lean esto no lo van a creer pero en este momento tengo los ojos llenos de lágrimas. Una inundación de ternura.
 Todos en el edificio la querían mucho, salvo la loca del primero que siempre se quejaba de que María no la dejaba dormir la siesta. Ésa es una ley de la vida: siempre que alguien se permite juntarse con su deseo y salirse de lo establecido, porque el deseo y lo establecido son como el aceite y el agua, no sólo se las tiene que ver con las prohibiciones internas sino que nunca falta una loca del primero, que chiste y proteste. Esto viene a cuento de que no se crean que me fue muy fácil hacer lo que hice. Nada fácil. Me insulté, me critiqué, me putié, me llamé al orden, me amenacé con la policía, con la cárcel. Pero no hubo caso. Mi pasión por María siempre era más fuerte.
Les cuento lo que me sucedió recién: me quedé un rato largo mirando la palabra “pasión”. Qué palabra tan chirle, aguachenta, llena de agujeros por donde se escapa lo que no puede significar. Tampoco hay ninguna que la pueda reemplazar con ventaja. Amor, deseo, calentura, necesidad. Son todas una cagada. Para poder transmitir lo que sentía por María necesito inventar alguna. Por ejemplo “restello”.
O juntar varias: luztemblorvidamariamuertesiempre yo. También se me ocurren palabras opuestas: negro blanco, odioamor, puroinmundo. Tampoco. Quizás lo más gráfico sería que tomara esta hoja y la refregara contra mis genitales impregnándola de olor, después dejaría caer dos o tres gotas de lavanda, que era el perfume que a María y a mí nos gustaba. Lavanda Devon. Después la mancharía con sangre. Sangre de la yema de estos dedos que recorrían su cuerpo, que se hundían en su vaginita, que se derretían en la tibieza de su cuello, de sus muslos. Pero todo esto también sería insuficiente porque para completar lo de los olores necesitaría el de su piel. Ese olor mezcla de transpiración de bebé y de puta después de una jornada de laburo.
Es que así era María. Mezcla de angelito y de canalla. No es una disculpa, pero juro que todavía no sé si era yo quien la utilizaba, o si era ella la que me dominaba y hacía conmigo lo que se le cantaba. El juego del gato maula con el mísero ratón. Es cierto, no lo niego, al carajo con la loca del primero, que ella se desvestía y se metía en la cama para que yo me desahogara, no es ésa la palabra exacta, para que yo la amara, la deseara, la acariciara. La palabra nueva: para que restalláramos juntos. Pero también es cierto que ella me jodía como la más consumada de las amantes francesas: si habíamos convenido que subiría a mi departamento a las cinco podían ser las seis y ella nada, ni noticias. Yo sufría, sufría de veras, transpiraba, caminaba de un lado a otro, fumaba cincuenta cigarrillos por minuto. Me desesperaba la idea de perderla, de que no volviera más, por arrepentimiento o porque nos hubieran descubierto o cualquier otro motivo. Hasta que sonaba el timbre y ella entraba con esa naturalidad impresionante, como si llegara a la escuela o de visita a lo de una tía y enfilaba derechito a la cama. Como si quisiera acabar con el asunto lo más rápido posible, sin rodeos, para después cobrar y poder irse.
Las primeras veces, claro, fue distinto. Voy a tratar de contárselo lo más ordenadamente posible. Si no puedo o si puedo a medias tendrán que entender que setenta años no pasan al cuete. Además hay cosas que no son fáciles de contar aunque, insisto, no me arrepiento de nada. Sería hipócrita hablar de arrepentimiento. Porque si en un platillo de la balanza pongo la moral, los mandamientos, las normas y todos esos soretes, en el otro está la última oportunidad, y de eso estoy seguro, que la vida me dio de sentir la sangre dentro de mi cuerpo dibujando cada arteria y cada vena. La última chance de sentir mis músculos enchotecidos por la vejez vibrando de entusiasmo. La piel con esas arrugas que ya ni me animo a mirar en el espejo hirviendo de calentura. Todo mi cuerpo estallando en esos orgasmos que hacía veinte años que no sentía. Más de veinte años. Desde que Berta se fue, la hija de puta. Y recuerdo que entonces ni siquiera me había jubilado.
 Se lo aseguro: si el infierno existe voy a entrar en él con una sonrisa de oreja a oreja, haciéndole pito catalán a Satanás, Belcebú o como mierda se llame el gerente. Así que imagínense lo que me puede importar el juicio de un simple mortal como cualquiera de ustedes. Bueno, para qué lo voy a negar, un poco me importa y eso se ve muy claro en el julepe que todavía me produce encontrarme con cualquier vecino. Algo así como la sensación del chorro cuando un cana lo encara por alguna infracción de tránsito. Está claro: ese susto es la protesta de la loca del primero que todos tenemos adentro, la moral que nos atornillaron en el caracú desde que dimos la primera chupada a la teta.
El asunto empezó más o menos así: una tarde, me acuerdo que el jacarandá de la vereda de enfrente era una mancha violácea así que sería noviembre más o menos, al salir del departamento me encontré con María jugando en la vereda. Como siempre. Como todos los días. Como todas las veces que salía del departamento. Pero ese día pasó algo. Es un poco ridículo contarlo otra vez, siento que las palabras no transmiten nada. Sirven, se me ocurre, para deslizarse sobre un tema pero no para reproducir sentimientos. Pueden referirse a los sentimientos pero no ser ellas mismas el sentimiento.
La cuestión es que María saltaba la cuerda y debajo de la remera se movía algo. Una tetita enloquecedora, más que divina. En la remera decía “University de no sé qué” y una de las íes pasaba exactamente por encima de la tetita y se curvaba sobre ella. Una curva suave, apenas visible.
Lo juro. Sentí que me ahogaba. Fue tan repentino, tan inesperado, que me asusté. Creí que me pasaba algo, un ataque o algo así. Me costó aceptar que si jadeaba como si hubiera corrido era por esa tetita tímida, casi invisible. Mi corazón latía toctoctoc a todo lo que daba. Sentía el cuerpo recorrido por oleadas de frío y de calor lo creara. Despacito, demorando lo mejor. Estirando el orgasmo lo máximo posible. Después la besaba y la lamía. Besaba y lamía cada centímetro de su cuerpo, hasta dejarlo brillante.
Yo sabía que la muy guachita estaba con los ojos abiertos, mirando el techo, esperando que yo terminara. Inmóvil como una muñeca. A veces, muy pocas, consentía en acariciarme sin demasiado entusiasmo. Yo no le pedía nada, me bastaba con que se sacara la ropa y se metiera en la cama. Era una delicia la guachita. Yo le decía ahora y ella abría las piernas y se dejaba hacer. Pero me desvié de lo que les estaba contando.
Ahora se me ocurre pensar por qué estoy contando eso. No lo sé. Realmente no lo sé. A lo mejor se lo cuento para espantarlos. O para que me comprendan. O como si escribiéndolo pudiera sacarme de adentro a María. Expulsarla para que se deje de hacer estropicios en mi interior. Dejar de soñarla, de extrañarla, de verla por las calles. De quererla con mi tuétano y mi retuétano. En fin, no sé por qué les cuento esto. Ni siquiera sé si al final no voy a romper los papeles. Es muy probable.
 Sigo: fue Hortensio el que a los pocos días me ofreció la punta del ovillo. Porque yo había decidido que la pibita ésa iba a ser mía. Aunque no me hacía muchas ilusiones, como es de imaginar. La cosa fue que el pobre infeliz del padre, que me tenía mucha confianza, contó que la maestra lo había llamado para decir que María era medio vaguita, que no atendía, que solamente le gustaba jugar y que patatín y que patatán. Hortensio no sabía qué hacer. Yo me iluminé, evidentemente las tetitas y las piernas de atleta me habían aguzado la sesera.
Ahora voy a hacer un minuto de intervalo para que los santulones, los reprimidos, los normales y demás mierdas puedan tirarse al piso, arrancarse los pelos, desgarrarse la ropa, invocar a san Jeremías, san Paneracio y san Culofrío, echar espuma por la boca, etcétera. Porque lo que sigue no exactamente un ejemplo de moral y buenas costumbres. Saben por dónde me las paso a la moral y a las buenas costumbres.
Adelante: la cuestión es que yo lo agarré a Hortensio y con mi voz más generosa le dije que a esa chica había que crearle el sentido de la responsabilidad, que sin sentido de la responsabilidad no se llegaba a nada en la vida. Yo, justamente yo, hablando de sentido de la responsabilidad. Si me junté con Berta fue porque era la única persona en el mundo y planetas vecinos más irresponsable que yo. Así me fue. La muy turra se las tomó con la plata que habíamos ahorrado pacientemente para el viaje. Meses, qué digo, años nos pasamos hablando del viaje a Europa. Y cuando casi habíamos terminado de juntar los dólares, bajó las escaleras muy despacito, con sus gambas de centroforward, y se hizo humo. En fin, así es la vida, siempre hay alguien que jode y otro que es jodido. Basta con lo de Berta.
Quedamos en que María, la guachita, la pendejita llena de sol, la pibita maravillosa, subiría todos los días a mi departamento para hacer algún trabajito. Yo después le daría algún premio. Le expliqué a Hortensio que lo del trabajito sería algo así nomás, nada que le significara ningún esfuerzo. Lo hacía por ayudarlo. Los sistemas modernos de enseñanza dicen que el buen aprendizaje no se logra por el castigo sino por el premio. Parece que el bestia del tipo le había dado una paliza bárbara después de estar con la maestra. Borracho, a lo mejor.
En este momento se me ocurre algo. María era una chica de catorce años pero muy curtida: madre muerta o fugada, padre medio curdela y boludo que encima le daba palizas. Una persona así a los catorce años sabe más de la vida que muchos adultos. Y eso se le veía en la mirada. Una mirada que no tenía un pito que ver con el resto de la cara. Unos ojos tristones, graves. De esos ojos que incomodan. Como si pidieran pero sin mucha esperanza de recibir.
Atención: recién me detuve porque no sabía si escribir lo que creo haber descubierto al terminar el párrafo anterior. Pero se lo voy a contar. Además es muy posible, casi seguro, que estas hojas terminen en el incinerador. Aunque el incinerador es demasiado vulgar. Si ago desaparecer tendría que inventar un rito, algo que tenga que ver con María. Lo que descubrí es esto: María subía a mi departamento no sólo por la plata que le daba sino también porque a lo mejor esperaba recibir de mí lo que no le habían dado ni su madre ni su padre. Ese pedido que había en sus ojos. Debo confesarles a los Jueces de la Moral, para vuestro regocijo, que pensar esto me jode, me hace mal. Pero vosotros aceptaréis, salvo que vuestra boludez no os permita percataros de los asuntos de esa cosa tan extraña, tan hermética que se llama Vida, que generalmente, o quizás siempre, la felicidad de unos radica en el sufrimiento de otros. Y si no, sus Señorías, preguntádselo a la turra de Berta, que bien habrá gozado de los dólares.
El asunto es que cuando María tocó mi timbre por primera vez yo ya había ensayado obsesivamente la sonrisa y el tono de voz con que la recibí. Me acuerdo de que entró dando pasitos cortos y observándolo todo, sin decir nada. En ese momento creí que era timidez, pero ahora, a raíz de todo lo que sucedió después, sé que era desconfianza. Le encargué que limpiara y ordenara un estante absolutamente limpio y ordenado. El estante donde están mis piezas de arqueología americana, calculando que le iban a interesar. Me senté en el otro extremo del living, disimulándome en la penumbra, y fingí leer La Nación.
Lógicamente, habéis acertado: lo que hice fue junarla por el rabillo del ojo, acecharla. Si en la vereda me había parecido hermosa, allí, recortada contra el ventanal, el sol contorneando su piel con una línea de tonalidad ocre, María parecía mucho más que una persona. Era una mezcla de lo más salvaje y lo más temido y lo más envidiado, algo que hubiera deseado comer, meterme adentro, no dejar salir, transformarme en eso. Algo que podía odiar o amar con la sola diferencia de una sonrisa no devuelta o de alguna mirada una décima más prolongada. Algo que tenía aquello que yo ya había perdido o aquello que jamás había podido tener. Nada que hacerle. Todo esto que escribo tiene un franco tufo a cursilería, pero la culpa es de las palabras. Esas mismas palabras sirven con un orden distinto y algunos agregados o algunas quitas, para presentar una queja a la Municipalidad porque los barrenderos hacen demasiado ruido al quitar los tachos en la madrugada o para desarrollar una sesuda especulación sobre la cuadratura del círculo. No hay forma de escaparse de la hijaputez del alfabeto. Lo sentido y su descripción están a años luz. Esto lo deben haber señalado muchos otros antes que yo y mucho mejor pero como no soy una persona culta no me queda otra alternativa que buscar por mi cuenta. Y eso es algo que no os recomiendo, normales de ceño fruncido, porque os daréis de jeta contra verdades que harán tambalear vuestras solideces. ¡Soretoides del mundo, no penséis! Limitaos, forzaos, a creer simplemente, creed, creed y multiplicaos.
Vuelvo: a la pendejita maravillosa la adoraba, por tocar su piel hubiera sido capaz de dar años de mi vida (Vivan los lugares comunes! No queda otra alternativa). Ella era capaz de cualquier cosa, buena y mala. Y lo fui. Ahora tapaos los ojos, boca y oídos, como los tres monitos que nunca entendí muy bien qué querían decir ni por qué eran monos: la seduje, me acosté con ella, la inicié sexualmente, la prostituí, le enseñé el valor de la guita, le inyecté la codicia. Etcétera, etcétera. Ahora podéis despejaros ojos, boca y agujero del culo porque sois unos pobres imbéciles que por aferraros amblando a las convenciones os habéis perdido lo mejor de la vida. Porque para la maldad y la perversión hay que tener mucho coraje. Pero también podéis quedaros tranquilos porque acabo de decidir que estos papeles van a. desaparecer en cuanto la Lettera 32 cuyas cuotas todavía estoy pagando haya incrustado el punto fina1 contra el papel tamaño carta marca “1028”. Os informo, pajeros clandestinos, que aún no está decidida la manera, aunque os anticipo que ocurrirá en una tocante ceremonia.
 Continúo, lamentando las continuas digresiones a que me obliga la multitud de locas del primer piso que me bitan, con sus chistidos y sus gestos agrios. Durante no más de cinco minutos, María pasó una franela sobre los huacos inmaculados y los desordenó redistribuyéndolos de acuerdo a su tamaño, lo que después de todo no deja de ser un criterio tan válido como el mío de hacerlo por cultura y edades. Por supuesto que nuevamente habéis acertado, oh guardianes de lo occidental y de lo cristiano: demostré gran sorpresa y satisfacción por lo bien que había cumplido mis instrucciones y le palmeé la coronilla y le di un beso rápido en la frente. Debo confesar que fue una dura prueba de voluntad no apartarme del rol que me había impuesto para esa primera vez: persona adulta, magnánima y amable, mitad bondad y mitad boludez, de la que pueden extraerse beneficios si se es una pibita piola de catorce años. Me arrodillé a su lado y le hablé de los indios mochicas y de su alfarería excepcional, de cómo otros indios guerreros que se llamaban incas los habían hecho pomada como siempre suele suceder cuando uno tiene un arma y otro un pincel. Salvo que el pincel esté mojado en ácido sulfúrico como aquel caso de La Razón, el del artista celoso y su modelo infiel que aunque tenía toda la pinta de ser una de esas macanas que inventan para llenar espacio no dejaba de ser divertido.
Otra vez me desvié. No en vano se cumplen setenta años. Le daba la lata sobre los incas acariciándola un poquito, no mucho. No os alegréis, custodios del orden establecido, si no la acaricié más fue únicamente en función de una táctica perfectamente diagramada. En el mismo instante en que María echó atrás su cabeza, no más de un centímetro, con un fastidio que quizás ni ella misma registró, entonces di por terminada su visita y le alcancé el billete. Mil pesos. Dado que la inflación hace que nunca se sepa cuánto significa cifra, voy a traducirlo diciendo que mil pesos eran el equivalente a lo que ganaba en dos horas la mujer que venía a hacerme la limpieza. Cuando María vio mil pesos en mi mano, alzó sus ojos para mirarme, incrédula, recelosa. Yo le sonreí con mi sonrisa más sonriente. No es exageración si escribo que en el fondo de su mirada estalló un brillo como si se hubiera encendido un fósforo. Y en mí creció la esperanza porque su codicia era un buen pronóstico para mis planes. Y mal a los vuestros, oh conchudos impolutos.
Lo que sucedió en las siguientes visitas de María no que sea difícil de adivinar se acortó el trabajo y se estiró la felicitación, de manera que después de una o dos semanas ella subía a mi departamento para dejarse besar y acariciar. Yo le iba aumentando la recompensa a medida que íbamos avanzando en, qué palabras puedo utilizar, avanzando en las etapas. Llegué a pagarle cinco mil. O cincuenta, como decía ella. Yo nunca me acostumbre al cambio de moneda. No es solamente cuestión de la costumbre y su fuerza sino que sacar dos ceros o la coma dos lugares en los precios, las cuotas, la jubilación es como violentar un proceso, sobre todo en se refiere al tiempo. Un kilo de duraznos, por ejemplo, estaba a cuatro pesos hace veinte años y decir que ahora cuesta lo mismo es como retorcerle el pescuezo a esa necesidad que todos tenemos de ordenar las cosas que nos pasaron, nuestros proyectos, todo. Poner en fila lo que tenemos adentro.
 Oh, sacrosantos genuflexos, seguramente no os habéis dado cuenta porque si tuvierais algo en la mollera no creeríais tanto en lo que os es impuesto como verdades, pero acabo de descubrir que me voy por las ramas cada vez que tengo que vérmelas con un punto espinoso. Pero si tuve coraje, o inconciencia, no sé, para salvar las “etapas”, también voy a tener eso para contárselas. A propósito: creo que ya voy vislumbrando cuál va a ser el ritual en que estas páginas van a ser inhumadas. Aunque lo de inhumado debe tener que ver con el humo y el fuego, como su nombre lo indica, y no sé todavía si su final va a ser alguno de estos Rancheras que tengo al lado de la Olivetti. Al asunto, cueste lo que cueste.
Lo bravo fue conseguir que se acostara. Para lograrlo, un día me metí entre las sábanas y simulé una gripe. Ya he dicho que María se hacía desear, a veces demoraba más de una hora. Quizás porque le costaba venir y estiraba el momento o, y esto se me ocurre como más probable, porque le gustaba jugar conmigo, amenazarme con su desaparición, ablandarme de manera que cuando ella tocara el timbre yo estuviera en disposición de darle todo lo que me pidiera. María conocía mucho de la vida, acepto que aprendí muchas cosas de ella. Estábamos en que ella entró y yo con “gripe”. Le pedí que se acercara, que necesitaba de su cariño porque las enfermedades me deprimían mucho, que las personas viejas somos seres muy necesitados y otros argumentos por el estilo que creo innecesarios describir porque vosotros ya los imaginaréis, ‘ que en vuestros cerebros castos y nobles muchas veces habrán anidado fantasías similares. De donde se desprende que la única diferencia entre los que como vosotros sois los adalides de la moralidad y los que como yo merecemos tormentos del infierno reside simplemente en que unos tienen las pelotas y los ovarios de hacer realidad las fantasías y los otros no, transforman sus pelotas y sus ovarios en fantasía. Si estáis en desacuerdo me nefrega.
Por supuesto, ya que ése era un momento decisivo, prometí aumentarle la recompensa. De tres mil a cinco. De treinta a cincuenta. María me miró y no dijo rada, yo trataba de disimular mi ansiedad, María se dio vuelta, yo luchaba por aplacar mi pecho que subía y bajaba igual que si tuviera asma, María se alejó dos o tres pasos, yo estrujaba el borde de la sábana como si colgara de un precipicio, María muy lentamente, sin que su cara revelara la más mínima emoción, empezó a sacarse la ropa, yo sentía que reventaba de alegría, que tocaba el cielo con las manos (otro lugar común, con tas apenas cincuenta y pico letras que tiene el alfabeto es ridículo pensar en encontrar la forma de transmitir lo que sentí en ese momento. Debe de haber sido más o menos, para que podáis entender, lo que sintió la nenita ésa de Fátima cuando se le apareció la Virgen). Ese día María se dejó la bombachita. Al día siguiente ya se la sacó.
¿A que no saben qué me sucede en ese momento? ¿No adivinan? Tienen tres chances. No. No. No. Como siempre, habéis errado. Ahí va: tengo los dedos tan transpirados que las teclas quedan húmedas. ¿Les molesta que se los cuente? Ya saben lo que tienen que hacer. Como los chinos. Ya lo sabéis.
No hay caso, vosotros estáis adentro mío, vosotros sois, oh profilácticos de la civilización, una parte mía: me parece que puedo seguir adelante solamente si confirmo mi decisión de deshacerme de estas simples palabritas mecanografiadas. “Mecanografía” es una palabra antigua. Igual que yo. Dos antigüedades. Çava. El ritual va a ser el siguiente: me voy a acostar, sin ninguna ropa, nada que tape o disimule mis desnudeces medio arrugadas, bueno bastante arrugadas (qué se le va a hacer), voy a desparramar estas hojas sobre mi cuerpo, como envolviéndome en ellas, quizás las pegue, ¿con qué podría pegarlas?, con transpiración, seguro que si cierro los ojos y me concentro en lo que vosotros imagináis, so picarones, voy a transpirar, o si no con saliva, porque la saliva también es un elemento con mucho reminiscencias,  no miréis hacia otro lado, no giréis vuestros turbados rostros, después me voy a levantar y voy a bailar con Jobim, tenía buen gusto la guachita, y voy a dar vueltas y vueltas, algunas de las hojas se desprenderán y planearán hasta la alfombra, la misma alfombra que a veces nos hizo cosquillas en la espalda o en el pecho, no redondeéis la boca en punta, lista ya para emitir ese ¡oh! de estupor y reproche, no lo hagáis porque aún falta lo peor. O lo mejor. ¿A que no sabéis qué es lo que pondrá broche final al asunto? ¿No lo adivináis? Aquello con lo tanto habéis soñado y deseado, imaginado y fantaseado, y que a veces os lo permitís a costa de castigaros con la culpa y que reprimís en los demás aunque sepáis que hasta el más miserable de los animales lo hace, el diminuto cuis o el hipopótamo colosal, pero gozando, gozando con una sonrisa en la boca, o en el hocico, o en lo que tenga de jeta, gozando más, muchísimo más que vosotros. So eunucos 007 con licencia para frustrar y frustrar. ¡Habéis acertado! Iré al baño, cerraré la puerta, no, mejor la dejaré abierta por si queréis asomar vuestras narices y presenciar el espectáculo, y me voy a masturbar. Prolijamente. Con la meticulosidad de un cirujano en el quirófano. La gran paja.
Está bien, basta de mandarme la parte. Ante vosotros me cuesta reconocer que a medida que fui avanzando con estas páginas me fue creciendo la tristeza adentro. No entiendo mucho de música, mejor dicho entiendo bastante poco, pero una vez fui a escuchar a un violoncelista en el Colón y me preparaba para aburrirme como una ostra, cuando de pronto el tipo le arrancó una nota a ese armatoste de madera que tenía entre las piernas que me puso los pelos de punta. Era una nota grave que se metía en los huesos, cacheteaba las paredes del estómago, ahuecaba las vértebras. Era “mi” nota. Me acuerdo que le apreté el brazo a la amiga que me acompañaba, por ella había aceptado el sacrificio de ir a un concierto, muy linda era, más que linda interesante, después no pasó nada, muy frígida, y ella me contestó que era la nota “re”. Nunca supe si entendía realmente o si me macaneaba pero ese sonido me quedó grabado. Esa misma nota es la que ahora revive en mis vísceras (iba a escribir “genitales” pero me detuve para no faltaros el respeto). El “re” que surge de este armatoste viejo y de cuerdas gastadas, a punto de cortarse, zas, otra vez me puse cursi.
Después voy a quemar, sí, inhumar, estos papeles y las cenizas, también las cenizas del pañuelito que María se dejó olvidado aquel día y que no le devolví, las voy a lanzar al viento para que perviertan esta ciudad de mierda, para que impregnen los semáforos con el perfume de aquella conchita flamante como un amancay de Traful, para que el pan, los bifes, las tetas maternas, los labios amados, todo, todo, tenga gusto salado al principio y después una mezcla de vainilla y romero, para que las cárceles sean tan tibias como aquella piel para que todas las mediocridades y las rutinas y las agonías puedan ser santificadas por un momento aunque sólo sea un momento, del placer que sentí con María. Para que vivir tenga algún sentido aunque los policías hagan sonar las sirenas y los jueces den un martillazo contra las perversiones y los psicoanalistas inventen palabras difíciles para disimular lo que es tan simple y los mojigatos me ahorquen con sus rosarios.
Aunque vosotros me miréis con esas medias sonrisas irónicas, suficientes, victoriosas. Porque tenéis razón. También vosotros a veces tenéis razón. Porque al final de todo, y estas hojas escritas y la caja de Rancheras son el final de todo, sólo me queda volver a sumergirme en chota vida de lesbiana setentona. 

Mario Pacho O Donnell (1976)

Mario Pacho O Donnell

La Editorial Norma ha decidido reeditar todos mis libros de ficción (cuatro novelas y un libro de cuentos), lo que mucho me alegra porque casi todos ellos salieron a la luz en malas circunstancias, cuando estaba prohibido o exiliado. En consecuencia, mi producción cuentística y novelística es prácticamente desconocida, ya es tiempo de que salga a la luz y sea leída y juzgada.
Mi primer libro de cuentos, único hasta hoy, La seducción de la hija del portero , fue publicado en Siglo XXI y debía presentarlo en la Feria del Libro el mismo viernes de abril de 1976 cuando la editorial fue asaltada y destrozada por civiles con armas largas que llegaron en varios Falcon y se llevaron a Alberto Díaz y Jorge Tula. Igualmente fui a la Feria, muy asustado lo reconozco, por solidaridad y para hacer público lo sucedido.
Las anécdotas sobre aquel primer libro de cuentos, segundo de ficción después de mi novela Copsi , no terminaron allí. Por algún motivo que aún desconozco y que me sigue pareciendo excesivo, el relato que le dio título provocó una inesperada conmoción que mucho se acercó al escándalo. Fue considerado pornográfico y varias instituciones protectoras de la moral pública elevaron airadas protestas. A Borges se lo consultó sobre el tema a la espera de su escarnio: "Qué opina usted del libro de ese Pacho O´Donnell?". "Que es muy audaz", respondió. "¿Por lo pornográfico?". "No, porque llama ´portero´ a quien debería llamar ´encargado´".
Mucho menos sentido del humor tuvieron los de la editorial Emecé, que tenía a su cargo la distribución de los libros de la editorial Belgrano, una feliz experiencia de la Universidad homónima que reeditó La seducción... cuando regresé de mi exilio, en 1981. A su director, Luis Tedesco, se le anunció que no se distribuiría un libro tan obsceno como el mío y hubo riesgo de que se cancelara el contrato entre ambas editoriales.
Más aún: cuando en el alba democrática de 1983 asumí como secretario de Cultura de Buenos Aires, aquel excelente intendente y maravillosa persona que fue Julio Saguier debía soportar que cuando se reunía con vecinos no faltara quien, con ceño inquisitorial, le reprochara haber designado al autor de La seducción de la hija del portero . Entonces, riendo, me contaba que respondía: "No se preocupe, Pacho ya no escribe más esas cosas". Y después me alentaba, cómplice: " Vos seguí escribiendo así, es un cuento excelente".

¡Todo eso por un cuento! Y hubo más. Muchos años después, creo que en 2000, cuando presenté mi solicitud de socio a un club, recibí un llamado telefónico de su entonces presidente, quien en un admonitorio spanglish me informó que mi solicitud había sido rechazada "por izquierdista y pornógrafo", textual, sic , lo juro por Dios. En cuanto al primer pecado, si bien adolece de imprecisión, me enorgullece. Y en lo referente al segundo, no dudo de su origen.

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