El gato del espejo se sustenta de mi biblioteca personal, de videos filmados por mí en lecturas, actos culturales, presentaciones de libros, recitales, conferencias, encuentros de poetas etc.. Y que comparto públicamente subiéndolos a mi canal de you toube. Como así también de mi archivo fotográfico personal. Todo lo publicado es sin fines de lucro y solo con el fin de difundir. Podes copiar, levantar, usar nuestro material pero solo te pedimos una cosa, por favor, cita la fuente.

Te invitamos a perderte en los laberintos, a reflejarte en los abismos de los espejos, a navegar por la maravillosa tierra del ensueño que es la Poesía. El Gato del Espejo.Este es un espacio para la resistencia, para derrotar el olvido y celebrar siempre la vida. También para ser confabuladores nocturnos, dueños de nuestros sueños y nuestras esperanzas, este es un lugar que se pulsa desde el gesto sincero y hospitalario propio de la amistad que reinventa mágica y misteriosamente al otro y a los otros.El Gato del Espejo dónde puedes a recorrer el camino del lenguaje sencillo, de la imagen sutil y la pasión más sagrada a través de palabras empapadas de magia: POESÍA. LITERATURA. ARTE.“Poemas para compartir y regalar”. Un lugar que tiende a convertirse en un remolino de hojas sueltas que el viento transporta, de lágrimas como cristales musicales.Una colección de carteles, poemas, imágenes, cuentos, palabras, música y fotos involuntariamente cómicas y también una manera de mirar, de detenerse un poco y dejar que lo cotidiano sea atravesado por el asombro.El Gato del Espejo pretende ser un conjunto de frases nómades que emigran de manos en manos, de corazones en corazones, un cuaderno de bitácora como un árbol que brinde sus hojas, para que puedas compartir y regalar en cada texto, la magia, que contiene este puñado de palabras.

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febrero 24, 2017

El traje de terciopelo verde, Manuel Mujica Lainez



EL TRAJE DE TERCIOPELO VERDE

Seis meses después de la muerte de Salomón Bercov, la señora Talía, la dueña del cuartucho que el hombre ocupara durante veinte años, en una casa oscura, mugrienta y crujiente de la calle México, resolvió que había llegado el momento de deshacerse del baúl en el cual depositó las pertenencias del viejo. Nadie las había reclamado; era obvio que herederos no había; y el cofre inmemorial, arrinconado en un corredor, obstruía el paso y complicaba la vida de los huéspedes.
Un domingo de verano, luego de tropezar por vigésima vez, en la penumbra, con el maldito armatoste, y de golpearse ambas rodillas, la señora Talía pronunció palabras agraviantes para la presunta madre que pariera al baúl, y ordenó a su hijo que quitase inmediatamente de allí aquel monstruo. Ese vocablo, inmediatamente, que reiteró en tres ocasiones sucesivas con enriquecido vigor, retumbó en la galería y en la casa entera, teniendo por fondo y acompañamiento musical al bombo, los pitos y las vociferaciones más o menos rítmicas de una modesta comparsa que bailoteaba y brincaba bajo el sol cruel, en la calle México, y que se empeñaba en recordarles a los vecinos que el domingo en cuestión era el domingo de Carnaval. No necesitaban, en realidad, que se lo recordasen. Demasiado lo sabían, el obstinado reventar de bombitas llenas de agua, el trajinar de baldes y el culebreo peligroso de una manguera lo certificaban con plenitud. Porfirio, vástago quinceañero de la señora Talía, contribuía desde un cuarto de su casa al desigual combate. De allá lo arrancó la triple clarinada de la señora Talia, la cual miraba al baúl de Salomón Bercov como el cazador al jabalí tremendo. Inútiles resultaron las protestas del muchacho, quien adujo contra la tarea que le imponían al sacro carácter del domingo y el especialísimo del carnaval, además de subrayar que su participación en el duelo acuático era inseparable del prestigio de esa residencia, donde "siempre, .siempre, desde que yo era chico, se había tomado parte en el juego", Al rato, el plañidero Porfirio larguirucho y dosificado, granujiento y rubión, empujaba y arrastraba por la escalera al baúl, rumbo al sótano.
Mientras lo hacía, calificaba a la madre de Salomón Bercov, empleando términos iguales a los que la señora Talía dedicara a la supuesta engendradora de su baúl.
Los trastos se apretujaban y superponían en la catacumba donde terminaban los escalones, de suerte que, a la débil luz de una lamparilla amarillenta, no le fue fácil a Porfirio despejar un sitio adecuado para emplazar el volumen del cofre. Transpiraba, jadeaba, rabiaba y, al par que propinaba al maletón puñetazos y puntapiés, movido por el desesperado afán de enderezarlo y acomodarlo, la lejana musiquita y los berridos de la comparsa lo perseguían, como si se mofasen. De repente, un encontronazo hizo saltar el candado del baúl y la tapa se entreabrió.
Ni la señora Talía, ni Porfidio, ni ninguno de sus huéspedes, había conversado jamás con Salomón Bercov. De mañana, cada cuatro días, el viejo salía para el mercado. Respondía a los saludos, y si alguno intentaba iniciar una charla, lo eludía cortésmente. De cualquier modo, nadie trataba de hacerlo. se ignoraban tanto sus medios de subsistencia como la ocupación a la cual consagraba su encerrada soledad; eso sí, se lo definía apocado, un tanto inofensivo y un mucho insignificante. Hasta tarde, de noche, permanecía encendida la luz de su habitación, y la gente, que al comienzo tejiera extravagancias vinculadas con su vida, se cansó y lo olvidó. Ya apenas lo veían, cuando se deslizaba, rozando las paredes, camino de la feria, escuálido y desvaído, casi esquelético, los ojos incoloros vacilantes bajo el ala del sombrero informe. Al morir y desaparecer del barrio, fue como si terminara de esfumarse en la bruma.
Y ahora, por casualidad, el baúl de Salomón Bercov estaba frente a Porfirio, en el aislado sótano, entre-abierto.
La tentación de levantar la tapa era grande. Y esa tentación rivalizaba, en el ánimo de Porfirio, con el impulso que lo incitaba a volver a la ventana para descargar desde su altura las postreras bombitas sobre los disfrazados y su alborotada pobreza.
Vaciló entre una y otra atracción (¿el baúl?, ¿la murga?), hasta que la novedosa pudo más y, postergando el placer de empapar a su vecino, estiró ambas manos y alzó la tapa por completo.
Una confusión de chirimbolos, cubetas y frascos de dudoso matiz, rancios libros miserables, piltrafas, andrajos y restos imposibles de clasificar, todo ello salpicado de polvos malolientes, salidos, sin duda, de varias botellitas rotas, colmaba hasta el tope el desagradable depósito. Era evidente que la señora Talía había hurgado en el revoltijo de los bienes de Salomón Bercov, cooperando en su desbarajuste, y que, al no hallar nada digno de su interés, tornó a cerrarlo.
Porfirio repitió los ademanes maternos, y procedió a vaciar el cofre. Rápidamente, gozosamente, volcó en el suelo aquellos pingajos y fruslerías. Algunos libros, al abrirse y caer de bruces, dejaron escapar, como si los desventaran, extrañas láminas con orla de polilla, figuras de serpientes y de dragones, de seres mitad hombre y mitad mujer, de paisajes y plantas que no existen.
 Un mazo de naipes, manoseados y sucios, totalmente distintos de los que Porfirio utilizaba para jugar al truco con sus compañeros, se echó a volar huido de la caja por torpeza del muchacho, y sembró el piso, encima de la acumulación de ropas y de cosas, con una nueva serie de pintarrajeadas imágenes fantásticas esqueletos, demonios, sirenas, bufones, personajes de burla o de miedo. Y sobre todo, como una niebla azulosa, nacida de la entraña del baúl,  flotaba el polvillo repugnante.
Ya se aprestaba Porfirio. desilusionado como su progenitora, a abandonar esos despojos y a recuperar la atalaya bombardera del primer piso, cuando advirtíó que en el fondo mismo del baúl, confundido con su base tenebrosa, todavía quedaba algo. Hundió las manos en la cavidad y rescató dos prendas arrugadas: un traje, un traje entero; sin solapas la cerrada chaqueta, y estrechos los pantalones: anticuado, estrafalario, lívido de pringues y de chorreaduras; un traje de opaco terciopelo verde.
El hallazgo lo desconcertó, pero al momento vinculó la idea de ese excéntrico atavío con la del carnaval que, afuera, en la superficie, a pocos metros, batía parches, .soplaba hirientes cornetas y reiteraba estribillos de indecencia candorosa Así que, sin vacilar, en segundos, Porfirio se despojó de la escasa ropa que de su osamenta colgaba. Su flaca desnudez brilló brevemente, en la clausura del sótano y, por cierto sin que el muchacho se percatara, gratificó a esa soledad y a esas tristes paredes con una emoción (casi habría que decir con un temblor) resultante de aquella presencia de improviso más vital, muy desvestida y muy joven, aunque es justo consignar que el mozo nada tenía que ver con los básicos cánones de la belleza.
Púsose a continuación el traje de terciopelo verde, feliz, porque convino con exactitud a su altura y proporciones. Arriba, en la pieza que compartía con su madre, aguardaba una careta de Drácula, que días antes había  comprado, y calculó que gracias al tapado rostro y a esas ropas absurdas nadie lo reconocería, y que en consecuencia multiplicaría el desconcierto, no sólo entre los de la agresiva comparsa, sino también entre sus amigos del barrio. Encantado al imaginar el éxito de la broma, comenzó a subir la escalera, sacudiendo los hombros, ya que de pronto lo sorprendió la impresión de que la roñosa chaqueta se los oprimía demasiado. Un metro más arriba, se acentuó ese ajuste, y a él se sumó el del pecho y la cintura, increíblemente ceñidos. Cuando lo mismo sucedió con los pantalones, que le trabaron en rigurosa ligadura las largas y magras piernas, el terror de Porfirio le hizo prorrumpir en gritos agudos. Pero la señora Talía, que ahora ocupaba su sitio en la ventana, y de tanto en tanto apuntaba y tiraba una bombita a la calle, no podía oírlo, en medio del estruendo de -la murga que la invadía de insultos alegres. Tampoco podía su congestionado hijo aflojar los botones, contra los cuales lucharon sus dedos de quebradas uñas. Por fin cayó, atravesado en la escalera. Saltábansele los ojos de las órbitas, y su lengua de ahorcado, de ahogado, asomaba entre los labios finos.
La señora Talía lo descubrió media hora más tarde, en posición tan irregular. Pensó que el adolescente no lograría la instalación del baúl en el sótano, y resolvió descender y darle una mano. Para sorprenderlo, se sujetó la careta de Drácula y bajó alternando las risas con las exclamaciones exageradamente broncas, que juzgaba propias de un vampiro de televisión. Reía aún, en el momento en que lo encontró, en un recodo de los mal iluminados escalones. La necesidad de amortajarlo obligó a cortar con una navaja el traje de terciopelo verde de Salomón Bercov.

Manuel Mujica Lainez
Publicado en Diario La Nación, 17/XII/1978

septiembre 28, 2015

Los Pelícanos De Plata - Manuel Mujica Lainez


Los Pelícanos De Plata - Manuel Mujica Lainez
1615

Melchor Míguez da los últimos toques con el cincel al gran sello de plata que ostenta en su centro el escudo de la ciudad. Ya está lista la obra que por castigo le impusieron los cabildantes hace veinte días. Hay tres cirios titilantes sobre la mesa y el fondo del aposento se ilumina con las ascuas del hornillo, bajo la imagen de San Eloy. El platero enciende dos velas más. Ahora la habitación resplandece como un altar, alrededor del santo patrono de los orífices. Melchor ajusta el mango de madera al sello y lo hace girar entre los dedos finos, entornando los ojos para valorar cada detalle. Está satisfecho con su trabajo y los ediles tendrán que estarlo también. En el círculo de plata maciza, abre sus alas el pelícano heráldico. Cinco polluelos alzan los picos en torno. Tal es la descripción que le hizo el capitán Víctor Casco, alcalde ordinario, cuando le leyeron la sentencia y Melchor Míguez se ha ceñido exactamente a lo dispuesto. Luego, mientras burilaba los animalejos de abultado buche, salieron otros vecinos, viejos pobladores, alegando que ésas no eran las armas que Juan de Garay había diseñado para Buenos Aires, que ellos creen recordar que se trataba de un águila con sus aguiluchos; pero el terco alcalde se mantuvo en sus trece y no hubo nada que hacer. Pelícanos le pedían al platero y pelícanos había labrado.
Se recostó en el respaldo de vaqueta y suspiró. Esa noche su mujer quedaría libre. Lo había prometido y tenía que cumplir. Extendió la cera verde sobre un trozo de pergamino y aplicó encima el sello de plata: los palmípedos se destacaron en la sobriedad primitiva de las líneas. Pronto se multiplicarán en los papelotes del Cabildo entre las firmas inseguras.
Y su mujer podrá irse, si quiere. A lo mejor se va esa misma noche para Santa Fe, donde tiene una hermana. Al alba partirá una tropa de carretas con negros esclavos y mercancías. Que se vaya con ellos. No le importa ya. El otro, el amante, se ha fugado de la ciudad, con la cara marcada para siempre. Acaso se encuentren en Santa Fe. ¿Qué le importa ya al platero? La señal de su cuchillo quedará sobre el pómulo del otro, para siempre, para siempre. Y cuando la adúltera le abrace, aunque sea en lo hondo de la noche de tinta, la cicatriz en medialuna se inflamará para enrostrarle su pecado. No podrá rozarla sin que le queme las mejillas como una brasa.
Después de todo, los alcaldes no extremaron el rigor. A cambio de la herida, lo único que le han exigido es que labrara ese escudo, sin cobrar nada por la hechura. El mayordomo de los propios le entregó el metal hace veinte días, y en seguida se puso a trabajar. Le gusta su oficio: es tarea delicada, señoril; requiere paciencia y arte.
El otro estará en Santa Fe, aguardándola; pero el tajo en el pómulo, verdadero tajo de orfebre por la destreza, ése no se le borrará.
Ella tuvo también su pena: quince azotes diarios con el látigo trenzado, sobre las espaldas desnudas. Da lástima ver ahora esas espaldas que fueron tan hermosas. Ella misma se las ha curado con hojas cocidas y aceites, pero todas las mañanas volvían a sangrar bajo la lonja de cuero. Melchor Míguez le dijo:
—Tengo que labrar el escudo y pondré veinte días en hacerlo. Hasta que lo termine, permanecerás encerrada y recibirás quince azotes cada día. Luego podrás ir a reunirte con él.
Y no ha cedido. A medida que su obra avanzaba, enrojecieron las espaldas de su mujer y se desgarraron en llaga viva. Nada logró apiadarle: ni los gritos enloquecidos que no serían escuchados, pues su casa está apartada de todas; ni el ver, mañana a mañana, cómo se debilitaba su mujer; ni ha sucumbido tampoco ante la tentación de soltar el látigo, de caer de rodillas y de besar esos hombros cárdenos, sensuales, que adora.
Podrá irse esta noche misma, si le place. Después se lo dirá. ¿Y si se quedara? ¿Si se quedara con él? La culpa ha sido lavada ya. Ambos pagaron el precio: él, con esa pieza de plata que resume en su gracia simple su sabiduría de orfebre; ella, con su sangre. Le desanudó las ligaduras que le impedían escapar, para que se vaya esta noche, si quiere. Pero ¿y si se quedara? ¿Si volvieran a vivir como antes de que el otro apareciera con su traición?
Se le cierran los ojos. Sueña con su mujer bella y sonriente. Él está cincelando una custodia maravillosa, como la que el maestre Enrique de Arfe hizo para la catedral de Córdoba, en España, y que sale en andas, balanceándose sobre las corozas de los penitentes, a modo de un pequeño templo de oro y de plata para el San Jorge que alancea al dragón. Ella, a su lado, en la bruma del sueño, vigila el fuego, pule la ileza, los alicates, las limas, los martillos diminutos. Melchor cabecea en su silla, en el aposento iluminado por el llanto de los cirios gruesos.
Ábrese una puerta quedamente y su mujer se adelanta, encorvada como una bruja. Cada paso le tuerce el rostro con una mueca de dolor. Despacio, sin un ruido, se aproxima al platero. Sobre la mesa brilla con la alegría de la plata nueva, el sello de la ciudad. La mujer estira una mano, cuidando de no tocar los buriles. Sus dedos se crispan sobre el mango de madera dura. Ya lo tiene. Avanza hasta colocarse delante de su marido. Alza el gran sello redondo, con un vigor inesperado en su flaqueza, y de un golpe seco, rabioso, cual si manejara una daga, lo incrusta en la frente de Melchor.
El orfebre rueda de su asiento sin un quejido. Algo se le ha quebrado en la frente, bajo el golpe salvaje.
La mujer, espantada, arroja el sello en el hornillo, para que se funda su metal. Luego huye renqueando. Afuera, escondido entre las sombras, la recibe en sus brazos un hombre con una cicatriz en la cara, en forma de medialuna.
Melchor Míguez yace en la habitación silenciosa, alumbrada como un altar para una misa mayor. En su frente hendida, la sangre se coagula en torno del perfil borroso de los pelícanos.


Manuel Mujica Lainez De Misteriosa Buenos Aires (1950)

Gabriela Bayarri recordando a Gustavo Roldan y leyendo los pelícanos de Manuel Mujica Lainez

 Videopoetico Café Literario del Jueves 5 de Abril de 2012, en Quo Vadis Café, Sarmiento 341 (Al lado de Tribunales), Villa Dolores, Capital de la Poesía, Traslasierra, Córdoba, Argentina. Cuyo tema fue Los oficios y coordino Gabriela Bayarri.

Organiza Grupo Literario Tardes de la Biblioteca Sarmiento

septiembre 27, 2015

Encuesta: El caso Lolita, Manuel Mujica Lainez

Encuesta: El caso Lolita, Manuel Mujica Lainez

ENCUESTA: EL CASO “LOLITA”

1. ¿Cree usted que un poder político debe ejercer la facultad de censurar obras literarias?

2 ¿Cuáles son los límites y el criterio con que esta facultad debe ejercerse?

3. ¿Cree usted que en el caso de Lolita de Vladimir Nabokov, esa facultad ha sido ejercida con acierto?

MANUEL MUJICA LAINEZ:

1.      No.

2.      Hay un límite debajo del cual la obra deja de ser literaria convertirse en algo informe. En ese caso, ya fuera de la órbita de lo literario que implica un nivel de calidad artística, creo
              un poder político debe censurar las publicaciones pornográficas evidentemente nocivas.

3.      No. Lolita es un libro admirable, ejemplarmente escrito, un caso doloroso y cierto. Flaubert y Baudelaire en Francia por obras maestras. Siempre sucede asi. El Tiempo, al fin y al cabo, es el que juzga Lolita se leerá dentro de muchos años, como Madame Bovary, como Las Flores del mal.


Publicado en Revista Sur  sept./oct 1959, pp. 44/75.





septiembre 26, 2015

El civilizado, Manuel Mujica Lainez

EL CIVILIZADO

Cada vez que recuerdo las dos ocasiones en que vi y oí su voz  —en París, como periodista, y luego como funcionario de la Cancillería, en Buenos Aires— la imagen que ante mi se presenta, por encima de las demás, es la del equilibrio, la del “civilizado”. Habló, en cada oportunidad, de política y de guerra, y lo hizo con vehemencia y con pasión; sus ojos penetrantes se iluminaban y se le acentuaba el dibujo de una vena, en la sien. Pero también, como si arrojase un peso sobre el otro platillo de la balanza, para recuperar la estabilidad armoniosa (el equilibrio), habló de arte, y no obstante que puso, al hacerlo, igual ímpetu e intensidad, ha quedado fija en mi mente la inesperada dulzura que asomó en su mirada y en su breve sonrisa. Es que Malraux  fue, más allá de su urgencia de “hacer” y de comprometerse, en un plano supremo, un civilizado, uno de los hombres más civilizados que surgieron en el país que tiene la suerte de seguir siendo el más civilizado del mundo. Por eso apoyó la riqueza de su vida sobre dos pilares contradictorios pero que, cuando se logran, constituyen el ideal eximio de la individualidad: la acción y la contemplación. Político y artista, defensor de las grandes causas que se vinculan con la libertad del hombre y con el progreso de su espíritu; lúcido, civilizado y, en consecuencia, campeón insobornable, incansable, de la civilización, tan preocupado (recuerdo) por un pequeño huaco peruano que acariciaban sus manos sensibles, como por reclamarle al teatro su condición de embajador de cultura, y después por explicar el porqué, circunstancial, exaltado, de España, el porqué de Francia, el porqué de China, el porqué. . . de comprenderlo y de compartirlo, vibrante… y de entrecerrar los ojos, sonreír apenas y evocar, de paso, la India de los grandes templos, y un manuscrito de Patmos y la necesidad de salvar hasta el último nervio de las catedrales góticas… y de volver a acariciar el pequeño huaco, el pequeño y frágil testimonio.  Así permanece, conmovedor, en mi memoria.

 Manuel Mujica Lainez

“El Paraíso”, enero de 1977 
Publicado en revista Sur, N° 340, enero/junio 1977.

André Malraux

(París, 1901 - Créteil, 1976) Narrador y ensayista francés, historiador y hombre de Estado, que encarnó el prototipo del escritor comprometido. Hijo único de padres separados, pasó su infancia en los suburbios de París. A los diecisiete años abandonó los estudios secundarios, pero pronto adquirió una vasta cultura autodidacta y se integró en los medios literarios y artísticos parisinos.
Participó en las tendencias de vanguardia de la inmediata posguerra, en especial el cubismo. Colaboró en Action, revista de este movimiento y en 1921 fue contratado como editor de la Galería de Arte Simon; allí apareció su primer trabajo, Lunes en papel, ilustrado por Fernand Léger y dedicado a M. Jacob. En 1922 comenzó su colaboración en la Nouvelle Revue Française. Viajó por Europa y visitó numerosos museos.
Su pasión por el arte jemer lo llevó a emprender, a finales de 1923, una expedición arqueológica a la selva camboyana. Allí descubrió, en un templo abandonado, bajorrelieves que extrajo con la intención de venderlos en Europa. La aventura le costó la cárcel, pero finalmente fue absuelto. Regresó a Francia pero volvió pronto a Saigón, en enero de 1925, para fundar un periódico: L´Indochine, que desapareció al año siguiente a instancias de las autoridades coloniales.
La doble experiencia de la sociedad colonial y del periodismo de opinión desempeñó un papel decisivo en la vida de Malraux: paralelamente a su descubrimiento de Oriente, tomó conciencia de las realidades políticas y sociales y adquirió la reputación de escritor comprometido que orientó su vida y su obra.
A su regreso a Francia, publicó La tentación de Occidente (1926), un "ensayo-novela" que confrontaba un Oriente de sabiduría y un Occidente en crisis. A esta obra le siguieron tres novelas, igualmente inspiradas por sus contactos con Asia, en las que abordó los grandes problemas éticos del siglo XX: Los conquistadores (1928), La vía real (1930) y La condición humana (1933); esta última se convertiría en su libro más célebre. 
Con la llegada al poder de Adolf Hitler, se hizo "compañero de ruta" del partido comunista. El tiempo del desprecio (1935), dedicado a las víctimas del nazismo, abrió un nuevo ciclo novelesco, ligado a la lucha contra los fascismos. Participó en la Guerra Civil española junto a los republicanos e intervino en combates aéreos con las brigadas internacionales. Fruto de esa experiencia fue la novela épica La Esperanza (1937), de la que al año siguiente hizo una adaptación cinematográfica.


septiembre 25, 2015

Encuestas (Responde Manuel Mujica Lainez)

Encuestas (Responde Manuel Mujica Lainez)

¿ARTE ABSTRACTO O ARTE NO FIGURATIVO?

1° ¿Cree usted efectivamente que el término de arte abstracto, utilizado hasta hoy más generalmente, es verdaderamente impropio, impreciso y debe reemplazarse en lo sucesivo por el de arte no figurativo, sin perjuicio de acoger también, dentro de  común denominador, otros nombres que sirvan para designar tendencias más particulares?

2° En caso contrario ¿qué nombre sugeriría usted, recomendable por su exactitud y susceptible de encontrar fácil aceptación?

3° ¿Cuál es, a su parecer, el sentido y el porvenir del arte no figurativo en relación con el arte representativo?

En su minuciosa “Respuesta a Julio E. Payró” publicada en el N° 202 de SUR, Guillermo de Torre alude, casi al finalizar su carta, al riesgo de que estas cuestiones “aparentemente adjetivas” puedan ser consideradas bizantinas. La idea se presenta con el ánimo del lector ineludiblemente, mientras recorre la correspondencia en la que con tan prolija enumeración de textos
los dos inteligentes críticos debaten el asunto. ¿Es éste, en realidad, tan importante en si mismo? Designada en una u otra forma —y el “embarras du choix” es muy amplio—  la tendencia a la que se le busca rótulo no dejará de ser lo que es. Por mí, prefiero llamarla “arte abstracto” o “arte concreto” indiferentemente, seguro de que la avisada minoría a quien estas cosas en verdad interesan, sabrá a qué nos referimos. Y pienso que a de Torre lo asiste la razón más robusta cuando no juzga enteramente felices las denominaciones que entrañan una negación.
Es difícil sino imposible pronosticar cuál será el porvenir   arte abstracto frente al del arte representativo. Lo probable es que ambas tendencias convivan de ahora en adelante y que,
siguiendo el movimiento pendular de las modas, haya periodos en los que lo que hoy se considera todavía como revolucionario... a pesar de su ya larga existencia, y asusta a muchos, se tache de pasatista, para que luego le vuelva su turno de “novedad” y, con las “novedades” auténticas que se le incorporen (parece inverosímil que las haya), asuste otra vez. Y si en la actualidad se resuelve dar al arte “que no invoque ni en sus fines ni en sus medios las apariencias visibles del mundo” un nombre determinado (abstracto, concreto, absoluto, constructivo, no figurativo, no objetivo, antinaturalista, etc.), ya se lo designará entonces de otras maneras sin dejar por ello de ser esencialmente lo mismo.
En cuanto al sentido del arte abstracto, creo que, como todo gran experimento, como todo lo que implique un verdadero paso hacia adelante en la eterna búsqueda expresiva, merece el respeto más alto.



Publicado en Revista Sur, N° 209/10, marz./abr. 1952, pp. 157/168.

septiembre 24, 2015

La galera (1803), Manuel Mujica Láinez

La galera (1803) Manuel Mujica Láinez, de "Misteriosa Buenos Aires"

¿Cuántos días, cuántos crueles, torturadores días hace que viajan así, sacudidos, zangoloteados, golpeados sin piedad contra la caja de la galera, aprisionados en los asientos duros? Catalina ha perdido la cuenta. Lo mismo pueden ser cinco que diez, que quince; lo mismo puede haber transcurrido un mes desde que partieron de Córdoba, arrastrados por ocho mulas dementes. Ciento cuarenta y dos leguas median entre Córdoba y Buenos Aires; y aunque Catalina calcula que ya llevan recorridas más de trescientas, sólo ochenta separan, en verdad, a su punto de origen y la Guardia de la Esquina, próxima parada de las postas.
Los otros viajeros vienen amodorrados, agitando las cabezas como títeres; pero Catalina no logra dormir. Apenas si ha cerrado los ojos desde que abandonaron la sabia ciudad. El coche chirría y cruje columpiándose en las sopandas de cuero estiradas a torniquete, sobres las ruedas altísimas de madera de urunday. De nada sirve que ejes y mazas y balancines estén revueltos en largas lonjas de cuero fresco para amortiguar los encontrones. La galera infernal parece haber sido construida a propósito para martirizar a quienes la ocupan. ¡Ah, pero esto no quedará así! En cuanto lleguen a Buenos Aires, la vieja señorita se quejará a don Antonio Romero de Tejada, administrador principal de correos; y si es menester, irá hasta la propia virreina Del Pino, la señora Rafaela de Vera y Pintado. ¡Ya verán quién es Catalina Vargas!
La señorita se arrebuja en su amplio manto gris y palpa una vez más, bajo la falda, las bolsitas que cosió en el interior de su ropa y que contienen su tesoro. Mira hacia sus acompañantes, temerosa de que sospechen de su actitud; más su desconfianza se deshace pronto. Nadie se fija en ella. El conductor de la correspondencia ronca atrozmente en un rincón; al pecho, el escudo de bronce con las armas reales; apoyados los pies en la bolsa del correo. Los otros se acomodaron en posturas disparatadas, sobre las mantas con las cuales improvisan lechos hostiles cuando el coche se detiene para el descanso. Debajo de los asientos, en cajones, canta el abollado metal de las valijas al chocar contra las provisiones y las garrafas de vino.
Afuera el sol enloquece al paisaje. Una nube de polvo envuelve a la galera y a los cuatro soldados que la escoltan al galope, listas las armas, porque en cualquier instante, puede surgir un malón de indios y habrá que defender las vidas. La sangre de las mulas hostigadas por los postigotes mancha los vidrios. Si abrieran las ventanas, la tierra sofocaría a los viajeros; de modo que es fuerza andar en el agobio de la clausura que apesta el olor a comida guardada y a gente y ropa sin lavar.
¡Dios mío! ¡Así ha sido todo el tiempo, todo el tiempo, cada minuto, lo mismo cuando cruzaron los bosques de algarrobos, de chañares, de talas y de piquillines, que cuando vadearon el Río Segundo y el Saladillo! Ampía, los Puestos de Ferreira, Tío Pugio, Colmán, Fraile Muerto, la Esquina de Castillo, la Posta del Zanjón, Cabeza de Tigre… Se confunden los nombres en la mente de Catalina Vargas, como se confunden los perfiles de las estancias que velan en el desierto, coronadas por miradores iguales, y de las fugaces pulperías donde los paisanos suspendían las partidas de naipes y de taba para acudir al encuentro de la diligencia enorme, único lazo de noticias con la ciudad remota.
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Y las tardes que pasan sin dormir, pues casi todo el viaje se cumple de noche! ¡Las tardes durante las cuales se revolvió desesperada sobre el catre rebelde del parador, atormentados los oídos por la risa cercana de los peones y los esclavos que desafiaban la vihuela o asaban el costillar! Y luego, a galopar nuevamente…. Los negros se afirmaban en el estribo, prendidos como sanguijuelas; y era milagro que la zarabanda no los despidiera por los aires; las petacas, baúles y colchones se amontonaban sobre la cubierta. Sonaba el cuerno de los postillones enancados en las mulas, y a galopar, a galopar.
Catalina tantea, bajo la saya que muestra tantos tonos de mugre como lamparones, las bestias uncidas al vehículo, los bolsos cocidos, los bolsos grávidos de monedas de oro. Vale la pena el despiadado ajetreo, por lo que aguarda después, cuando las piezas redondas que ostentan la soberana efigie enseñen a Buenos Aires su poderío. ¡Cómo la adularán! Hasta el señor virrey del Pino visitará su estrado al enterarse de su fortuna.
¡Su fortuna! Y no sólo esas monedas que se esconden bajo su falda con delicioso balanceo: es la estancia de Córdoba y la de Santiago, y la casa de la calle de las Torres… Su hermana viuda ha muerto y, ahora a ella, le toca la fortuna esperada. Nunca hallarán el testamento que destruyó cuidadosamente; nunca sabrán lo otro… lo otro… aquellas medicinas que ocultó… y aquello que mezcló con las medicinas… Y ¿qué? ¿No estaba en su derecho al hacerlo? ¿Era justo que la locura de su hermana la privara de lo que se le debía? ¿No procedió bien al protegerse, al proteger sus últimos años? El mal que devoraba a Lucrecia era de los que no admiten cura…
El galope… el galope… el galope…. Junto a la portezuela traqueteante, baila la figura de uno de los soldados de la escolta. El largo gemido del cuerno anuncia que se acercan a la Guardia de la Esquina. Es una etapa más.
Y las siguientes se suceden: costean el Carcarañá, avizorando lejanas rancherías diseminadas entre pobres lagunas donde bañan sus trenzas los sauces solitarios; alcanzan a India Muerta; pasan el Arroyo del Medio. Días y noches, días y noches. He aquí Pergamino, con su fuerte rodeado de ancho foso, con su puente levadizo de madera y cuatro cañoncitos que apuntan a la llanura sin límites. Un teniente de dragones se aproxima, esponjándose, hinchado el buche como un pájaro multicolor, a buscar los pliegos sellados con lacre rojo. Cambian las mulas que manan sudor y sangre y fango. Y por la noche, reanudan la marcha.
El galope… el galope… el tamborileo de los cascos y el silbido veloz de las fustas… No cesa la matraca de los vidrios. Aun bajo el cielo fulgente de astros, maravilloso como el manto de una reina, el calor guerrea con los prisioneros de la caja estremecida. Las ruedas se hunden en las huellas costrosas dejadas por los carretones tirados por bueyes. Pero ya falta poco. Arrecifes… Areco… Luján… Ya falta poco.
Catalina Vargas va semidesvanecida. Sus dedos estrujan las escarcelas donde oscila el oro de su hermana. ¡Su hermana! No hay que recordarla. Aquello fue una pesadilla soñada hace mucho.
El correo real fuma una pipa. La señorita se incorpora, furiosa. ¡Es el colmo! ¡Como si no bastaran los sufrimientos que padecen! Pero cuando se apresta a increpar al funcionario, Catalina advierte dentro del coche la presencia de una nueva pasajera. La ve detrás del cendal de humo; brumosa, espectral. Lleva una capa gris semejante a la suya, y como ella, se cubre con un capuchón. ¿Cuándo subió al carruaje? No fue en Pergamino. Podría jurar que no fue en Pergamino, la parada postrera, ¿cómo es posible…?
La viajera gira el rostro hacia Catalina Vargas; y Catalina reconoce, en la penumbra del atavío, en la neblina que todo lo invade, la fisonomía angulosa de su hermana, de su hermana muerta. Los demás parecen no haberse percatado de su aparición. El correo sigue fumando. Más acá, el fraile reza con las palmas juntas; y el matrimonio que viene del Alto Perú dormita y cabecea. La negrita habla por lo bajo con el oficial.
Catalina se encoge, transpirando de miedo. Su hermana la observa con los ojos desencajados. Y el humo, el humo crece en bocanadas nauseabundas. La vieja señorita quisiera gritar, pero ha perdido la voz. Manotea en el aire espeso; más sus compañeros no tienen tiempo de ocuparse de ella, porque en ese instante, con gran estrépito, algo cede en la base del vehículo y la galera se tuerce y se tumba entre los gruñidos y corcovos de las mulas sofrenadas bruscamente. Uno de los ejes se ha roto.
Postillones y soldados ayudan a los maltrechos viajeros a salir de la casilla. Multiplican las explicaciones para calmarlos. No es nada. Dentro de media hora, estará arreglado el desperfecto y podrán continuar su andanza hacia Arrecifes, de donde los separan cuatro leguas.
Catalina vuelve en sí de su desmayo y se halla tendida sobre las raíces del ombú. El resto rodea al coche, cuya caja ha recobrado la posición normal sobre las sopandas. Suena el cuerno, y los soldados montan en sus cabalgaduras. Uno permanece junto a la abierta portezuela del carruaje para cerciorarse de que no falta ninguno de los pasajeros a medida que trepan al interior.
La señorita se alza, mas un peso terrible le impide levantarse. ¿Tendrá quebrados los huesos, o serán las monedas de oro las que tironean de su falda como si fueran de mármol, como si todo su vestido se hubiera transformado en un bloque de mármol que la clava en tierra? La voz se le anuda en la garganta.
A pocos pasos, la galera vibra, lista para salir. Ya se acomodaron el correo y el fraile franciscano y el matrimonio y la negra y el oficial. Ahora, idéntico a ella, con la capa color de ceniza y el capuchón bajo, el fantasma de su hermana Lucrecia se suma al grupo de pasajeros. Y ahora lo ven. Rehúsa la diestra galante que le ofrece el postillón. Están todos. Ya recogen el estribo. Ya chasquean los látigos. La galera galopa, galopa hacia Arrecifes, trepidante, bamboleante, zigzagueante, como un ciego animal desbocado, en medio de una nube de polvo.
Y Catalina Vargas queda sola, inmóvil, muda, en la soledad de la pampa y de la noche, donde en breve no se oirá más que el grito de los caranchos.


Manuel Mujica Láinez


"La Galera" de Manuel Mujica Laínez narrado por Alberto Laiseca

Manuel Bernabé Mujica Láinez (Buenos Aires, 11 de septiembre de 1910 - "El Paraíso" en Cruz Chica, Córdoba, 21 de abril de 1984) fue un escritor, biógrafo, crítico de arte y periodista argentino.
La prosa de Mujica Láinez es considerada "fluida y culta, de sabor algo arcaico, detallista y preciosista; rehuye la palabra demasiado común, sin buscar sin embargo la desconocida para el lector". Es en especial hábil en reconstruir ambientes, gracias a un dotado talento descriptivo y una gran formación como crítico de arte, aparte de su rica inventiva y su exquisitez literaria enriquecida por los conocimientos de historia legados a travez de sus antepasados.
El autor, seducido por las doctrinas esotéricas, creía con firmeza en la reencarnación y declaró escribir "para huir del tiempo". Ese es el tema de la mayor parte de sus obras.
En su narrativa pueden establecerse dos vertientes principales: el tema argentino (La casa, Los viajeros, Invitados en El Paraíso, El Gran Teatro) y las novelas históricas (Bomarzo, El unicornio, El laberinto y El escarabajo).
Se sintió igual de gustoso en el cuento (Aquí vivieron; Misteriosa Buenos Aires; Crónicas reales; Un novelista en el Museo del Prado y Cuentos completos) que en la novela.
Se considera que su obra maestra es Bomarzo (1962).

septiembre 23, 2015

El gran fresco del Renacimiento, Roberto Bolaño

El gran fresco del Renacimiento
ROBERTO BOLAÑO DIARIO EL MUNDO | 06/04/2001

Durante la primera mitad del siglo XX, en Buenos Aires, vivieron y formaron parte de  una misma generación, y por lo tanto se conocieron, escritores de la talla de Roberto Arlt, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, José Bianco, Eduardo Mallea, Jorge Luis Borges. Algunos tuvieron como maestro a Macedonio Fernández. Como si esto no bastara, un día llegó a la Argentina Witold Gombrowicz y allí se quedó.
A este grupo disímil perteneció Manuel Mujica Láinez, a simple vista el menos profesional de todos, en el sentido en que nos es difícil imaginar a Mujica Láinez como un escritor que vive de y para la literatura, sino más bien todo lo contrario, es decir un hombre que vive de rentas y que dedica sus ocios, por otra parte escasos, a escribir novelas sin otra ambición que la de ser leídas por su amplio grupo de amigos. Sin embargo, Mujica Láinez fue tal vez el más prolífico de los narradores argentinos de su tiempo.
No el más ambicioso ni el más seminal (un papel reservado probablemente a Julio Cortázar y Ernesto Sábato), ni el más cercano a la realidad argentina (un papel que se le puede adjudicar, según baje o suba el grado de delirio, a Arlt, a Cortázar, a Sábato, a Bioy), ni el más adelantado en concebir estructuras literarias capaces de internarse por territorios ignotos (como Borges y Cortázar), ni el que más ahonda en el misterio de la lengua (reino absoluto de Jorge Luis Borges, que además de ser un gran prosista, no hay que olvidarlo, fue un gran poeta). Mujica Láinez, en este sentido, fue de una discreción absoluta. De hecho, su figura, junto a la de esos escritores irrepetibles y gigantescos como Borges, Cortázar, Arlt, Bioy Casares y Sábato, parece empequeñecerse y buscar un refugio tranquilo en la literatura estrictamente argentina, el refugio de las literaturas provincianas, pero esta impresión, a poco que se lea su obra, resulta absolutamente equivocada.
Desde su primera novela Don Galaz de Buenos Aires (1938), es dable hallar en las páginas de Mujica Láinez dos constantes que lo acompañarán durante toda su vida de escritor. Por un lado, un manejo exquisito del idioma, que es preciso, rico, lleno de variantes, sin caer nunca en el español recargado y castizo. Por otro lado, y esto es posiblemente lo que de verdad importa, una disposición feliz ante el hecho de narrar.
Es verdad que nunca asumió riesgos muy grandes y que comparado con los grandes narradores latinoamericanos del siglo XX su obra, de alguna manera, es la obra de un autor menor. ¡Pero qué lujo de autor menor! Capaz de escribir, por ejemplo, Misteriosa Buenos Aires, o El viaje de los siete demonios, o El unicornio, o Los viajeros, todos ellos libros gratos de leer, libros discretos (y también algo nerviosos) como su autor, y suficientes como para asegurarle su nombradía al lado de autores, asimismo menores, como Mallea o José Bianco.
Pero Mujica Láinez aún nos tenía reservada su mayor sorpresa y esta sorpresa es Bomarzo. Publicada en 1962, la novela obtuvo el Premio Nacional de Literatura argentino y después el premio John F. Kennedy, en 1964, premio compartido con Rayuela, de Cortázar, el cual (como nos recuerda Marcos Ricardo Barnatán) le sugirió a Mujica Láinez la posibilidad de publicar ambas novelas en una edición conjunta y con un título único, que podía ser Ramarzo o Boyuela.
Mi generación, demás está decirlo, se enamoró de Rayuela, porque eso era lo justo y lo necesario y lo que nos salvaba, y sólo leímos Bomarzo algunos años después, casi como un ejercicio de arqueología. Contra lo que esperábamos, no salimos indemnes de esta lectura, entre otras cosas porque nadie o casi nadie puede salir indemne de cualquier lectura y mucho menos si son las más de 600 páginas de Bomarzo, una novela feliz, es decir una novela que hará feliz a todo lector mínimamente sensible, es decir inocente, y que no le enseñará nada a ningún escritor joven.
La vida y aventuras del duque de Orsini, las mil aventuras del duque y sus incontables
desgracias y hazañas son el escenario en donde se despliega una escritura, un arte de narrar, que al tiempo que recuerda a los clásicos del siglo XIX, introduce lujos apócrifos del siglo XVI, el siglo del monstruoso y angelical Orsini.
A simple vista Bomarzo se asemeja a una novela de resistencia, a una novela de supervivencia, a una novela histórica, a una novela de intriga, a un folletón. Puede que sea, efectivamente, todas esas cosas.
Pero también es muchas cosas más: es una novela sobre el arte y es una novela sobre la decadencia, es una novela sobre el lujo de novelar y es una novela sobre la exquisita inutilidad de la novela. También es, entre líneas, el comentario o el epílogo jocoso que Mujica Láinez hace de sí mismo y de su familia. Y también es, por supuesto, una novela para leer en voz alta y en familia, aunque esta última posibilidad siempre conlleva el riesgo de que los niños huyan en tropel.
Después de Bomarzo poco más es lo que le restaba por decir a Mujica Láinez. Viajó mucho y como un señor por diferentes lugares del planeta. Escribió De milagros y melancolías y El gran teatro, aparentemente sin la más mínima dificultad.
Y antes de morir, en 1984, a la edad de 74 años, tuvo tiempo para escribir y publicar, en 1982, El escarabajo, una novela de más de 500 páginas que narra las vicisitudes de los poseedores de un talismán egipcio a través del tiempo, y que es una obra inteligente, bien escrita, grata de leer (posiblemente grata de escribir), con dosificadas gotas de humor, dolor y algo de turismo, una novela feliz como la mayoría de sus obras.


DE ENTRE PARENTESIS,  (6 de abril de 2001)

Diario El Mundo de España

septiembre 22, 2015

La casa cerrada, Manuel Mujica Laínez

XXIX. LA CASA CERRADA. Manuel Mujica Laínez de Misteriosa Buenos Aires.

1807

El texto de esta confesión ha sido bastante modernizado
por nosotros, suprimiendo párrafos inútiles, condensando
algunos y añadiendo aquí y allá un retoque. Ignoramos el
nombre de su autor.

«... Quizá lo más lógico, para la comprensión plena de lo que escribo, fuera que yo le hablara ante todo. Reverendo Padre, acerca de la casa que de niños llamábamos "la casa cerrada" y que se levanta todavía junto a la que fue del doctor Miguel Salcedo, entre el convento de Santo Domingo y el hospital de los Betlemitas. Frente a ella viví desde mi infancia, en esa misma calle, entonces denominada de Santo Domingo y que luego mudó el nombre para ostentar uno glorioso: Defensa.
»¡Cuánto nos intrigó a mis hermanos y a mí la casa cerrada! Y no sólo a nosotros. Recuerdo haber oído una conversación, siendo muy muchacho, que mi madre mantuvo en el estrado con algunas señoras, y en la cual aludieron misteriosamente a ella. También las inquietaba, también las asustaba y atraía, con sus postigos siempre clausurados detrás de las rejas hostiles, con su puerta que apenas se entreabría de madrugada para dejar salir a sus moradores, cuando acudían a la misa del alba en los franciscanos y, poco más tarde, a la mulata que iba de compras. No necesito decirle
quiénes habitaban allí. Con seguridad, si hace memoria, lo recordará usted. Harto lo sabíamos nosotros: era una viuda todavía joven, de familia acomodada, y sus dos hijas. Nada justificaba su reclusión. Las mozas crecieron al mismo tiempo que nosotros, pero jamás cambiaron ni con mis hermanos ni conmigo ni con nadie que yo sepa, una palabra. Se rebozaban como monjas para concurrir al oficio temprano. Luego conocí el motivo de su enclaustramiento. Por él he sufrido mi vida entera; a causa de él le escribo hoy con mano temblorosa, cuando la muerte se aproxima. Debí hacerlo antes y lo intenté en varias oportunidades, pero me faltó audacia.
»En una ocasión –ellas tendrían alrededor de quince años– pude ver el rostro de mis jóvenes vecinas. La curiosidad nos inflamaba tanto, que mi hermano mayor y yo resolvimos correr la aventura de deslizamos hasta la casa frontera por las azoteas que la cercaban. ¡Todavía me palpita el corazón al recordarlo! Aprovechamos la complicidad de un amigo que junto a ellas vivía y, silenciosos como gatos, conseguimos asomarnos con terrible riesgo a su patio interior. Allí estaban las dos muchachas, sentadas en el brocal del aljibe, peinándose. Eran muy hermosas, Reverendo Padre, con una hermosura blanquísima, de ademanes lentos; casi irreal. Las mirábamos desde la
altura, escondidos por un enorme jazminero, y se dijera que el perfume penetrante ascendía de sus cabelleras negras, lustrosas, tendidas al sol. Desde entonces no puedo oler un jazmín sin que en mi memoria renazca su forma blanca y negra. Fue la única vez que las vi, hasta lo otro, lo que le narraré más adelante, aquello que sucedió en 1807, exactamente el 5 de julio de 1807.
»La circunstancia de haber nacido en Orense, aunque mis padres me trajeron a Buenos Aires cuando empezaba a caminar, hizo que después de la primera invasión inglesa me incorporara al Tercio de Galicia. Intervine con esas fuerzas en acontecimientos que ahora, tantos años después, su osadía torna mitológicos.
»El 5 de julio de 1807 –habría transcurrido un lustro desde que entreví fugazmente a mis vecinas en su patio– fue para mi vida, como lo fue para Buenos Aires, un día decisivo.
»A las órdenes del capitán Jacobo Adrián Várela tocóme defender la Plaza de Toros, en el Retiro. Me hallé entre los cincuenta o sesenta granaderos que a bayonetazos abrieron un camino entre las balas, para organizar la retirada desde esa posición que cayó luego en poder del brigadier Auchmuty. Nuestra marcha a través de la ciudad alcanzó un heroísmo que señalaron los documentos oficiales. Jamás la olvidaré. Jamás olvidaré el fango que cubría las calles, pues había llovido la noche anterior, y nuestro avance ciego entre las quintas abandonadas donde ladraban los perros, mientras retumbaban doquier los cañones y la fusilería. Mi jefe perdió las botas en el lodo; yo dejé un cuchillo, la faja... Nadie hubiera reconocido nuestro uniforme blanco y azul. Nadie hubiera reconocido a nadie, cuando corríamos por las calles entre las lucecitas moribundas, guiados por el clamor de los heridos y por la voz entrecortada de Várela que nos alentaba a seguir.
»Llegamos así, negros de cieno y de sangre, hasta mi barrio. Allí nos enteramos de que Sir Denis Pack, herido por los patricios, se había refugiado en Santo Domingo con sus hombres. Otros refuerzos se le sumaron, encabezados por el general Craufurd. La confusión era atroz. Los carros de municiones, volcados, interceptaban la marcha. Los brazos de los heridos aparecían entre los sables y los fusiles tirados al azar. Aquí y allá, los trajes de los britanos coagulaban sus manchas rojas.
Desde la torre del convento, transformada en fortaleza, los ingleses sembraban el estrago. Había soldados en todos los techos y también vecinos y muchas mujeres que arrojaban piedras y agua hirviendo sobre los invasores.
»Varela entró a escape con la mitad de su tropa en la casa del doctor Salcedo. A poco le vimos surgir entre los balaustres de la azotea, encendido, vociferante, y abrir el fuego contra el campanario de los dominicos. Nos ordenó a gritos, a quienes todavía quedábamos en la calle, que hiciéramos lo mismo desde la casa lindera. Esa casa, Reverendo Padre, era la casa cerrada.
»Estaba cerrada como siempre. En la azotea distinguí a la dueña y sus dos hijas. Iban y venían, enloquecidas, con tachos humeantes. Uno de los oficiales se acercó a la puerta y trató de abrirla pero no pudo. Entonces nos comandó a otros dos granaderos y a mí –a mí, precisamente a mí– que destrozáramos la cerradura. Fue una impresión extraña, independiente de cuanto sucedía alrededor, algo que no tenía nada que ver con la guerra espantosa y que me incomunicaba con ella. ¿Cómo explicárselo? Fue como si en ese instante comenzara mi guerra, mi propia guerra personal, en el huracán de la otra, la grande, que por doquier me envolvía pero de la cual me separaba una zona indefinible.
»Nos precipitamos hacia el interior, cruzamos como un torbellino los dos patios y ascendimos al techo por una frágil escalerilla. Las mujeres nos recibieron sin decir palabra. En verdad, no teníamos tiempo para ocuparnos de su actitud. Lo único que nos movía era matar, matar rabiosamente. Y lo hicimos.
»El capitán Várela apareció entre nosotros. Se dirigió a mí y a quienes me rodeaban.
»–Vayan abajo –nos dijo brevemente– y secunden el tiroteo desde las ventanas.
»De inmediato le obedecimos, mas cuando nos aprestábamos a lanzarnos por los peldaños, se nos cruzó la señora. Advertí entonces, en un relámpago, que ella también debía de haber sido muy hermosa, acaso tan hermosa como sus hijas.
»Nos suplicó: »–No, abajo no...
»De un empellón la hicieron a un lado. Y ya estábamos en las salas y en las alcobas, ya
arrastrábamos los muebles, ya entreabríamos los postigos con los caños de los fusiles.
»–¡La otra habitación! –me ordenó un oficial–. ¡La última! ¡Encárguese usted! »Penetré allí automáticamente. Todo se hacía automáticamente ese día en que nos ensordecían las descargas y nos sofocaba la pólvora.
»Era un aposento pequeño. Estaba a oscuras. Calculé la posición de la ventana por la fina hendidura que en tomo del postigo dibujaba un hilo de luz. Me adelanté a tientas y de un culatazo separé las hojas. No pensé más que en continuar matando, pero entre tanto la atmósfera de la casa pesaba sobre mi nuca como algo viviente, sólido. Cuando me detuve para cargar el arma, observé que a mi lado estaba la señora. La acompañaban sus dos hijas. Me miraban con ojos dementes. Hice un movimiento para aproximarme y sosegarlas, y las tres retrocedieron hacia el fondo del cuarto que yacía en penumbra. Detrás de ellas se levantó algo que no puedo definir sino como un gruñido, un angustiado gruñido de animal.
»Por segunda vez desde que había violado la clausura, me sobrecogió la sensación rarísima de que estaba viviendo un episodio aparte de los que sacudían a la ciudad. Fue –claro que por un momento– como si la lucha de las calles y de las azoteas no tuviera significado en sí misma, como si sólo sirviera de encuadramiento remoto a otro drama, íntimo, agudo, sutil, del cual éramos los únicos protagonistas.
»Recordé entonces que antes, a lo largo de los años, había escuchado ese mismo grito ronco. Se alzaba en mitad de la noche y me estremecía, en mi cuarto cercano, con su inflexión inhumana, agorera.
»Di un paso hacia las mujeres.
»–No –pronunció la señora–, por favor, por favor, no... »Detrás, en la sombra, vi el ser horrible. ¿Necesito describírselo, Reverendo Padre? Se trataba, indudablemente, de un hombre. De hombre tenía la cabeza barbuda, pero su cuerpecito diminuto era el de un niño, con excepción de las manos grandes, cubiertas de vello, obscenas. Clavó en mí los ojos malignos, y por ellos reconocí su parentesco con las muchachas. Era su hermano. Ese monstruo era su hermano.
»El tableteo de las balas ahogó mi exclamación. De un salto me acurruqué en mi puesto de combate. Mientras apuntaba, el corazón me latía loco. A veinte pasos cayó un inglés con los brazos extendidos, un inglés muy rubio, casi tan dorado el pelo como las charreteras.
»En la habitación, la madre se echó a llorar. Gruñó el monstruo. Yo seguía tirando. Ya lo comprendía todo. Ya poseía el secreto de la casa cerrada, de la prisión de esas mujeres jóvenes y bellas, a quienes el feroz orgullo materno obligaba a encarcelarse para que nadie supiera lo que yo sabía.
»El oficial bramó a través de la puerta: »–¡A la calle, a la calle, a Santo Domingo!
»Me ajusté el cinturón. Mis compañeros me llamaban. Me volví para seguirles. Nada había cambiado en el fondo del aposento. La madre, sentada en el lecho, gemía tapándose los oídos.
Detrás asomaba la cabeza diabólica, oscilante, babeante. Las dos hijas se abrazaban con miedo. Me miraron y adiviné en su crispación anhelosa un ruego desesperado. Fue como si súbitamente una oleada del fresco perfume de los jazmines me envolviera en pleno mes de julio. Todavía me quedaba una bala en el fusil. Reverendo Padre, cualquier hombre hubiera hecho lo que hice. Un tiro seco, un solo tiro seco... ¡A tantos otros había muerto ese mismo día desde la retirada de la Plaza de Toros: oficiales fuertes y esbeltos, soldados que apenas salían de la adolescencia, a tantos, a tantos! Cayó la cabeza espantosa, como en un juego, como si fuera una cabeza de cartón y de lana... »Hasta hoy me persigue el alarido de la madre, hasta hoy, como me persiguió el 5 de julio de 1807 en mi fuga por la calle de Santo Domingo negra y roja de cadáveres, lejos de la casa cuyas puertas había arrancado...»

Manuel Mujica Laínez
De Misteriosa Buenos Aires (1950)

El cuento "La casa cerrada" de Manuel Mujica Láinez, narrado por el escritor argentino Alberto Laiseca para el ciclo "Cuentos de Terror".