El gato del espejo se sustenta de mi biblioteca personal, de videos filmados por mí en lecturas, actos culturales, presentaciones de libros, recitales, conferencias, encuentros de poetas etc.. Y que comparto públicamente subiéndolos a mi canal de you toube. Como así también de mi archivo fotográfico personal. Todo lo publicado es sin fines de lucro y solo con el fin de difundir. Podes copiar, levantar, usar nuestro material pero solo te pedimos una cosa, por favor, cita la fuente.

Te invitamos a perderte en los laberintos, a reflejarte en los abismos de los espejos, a navegar por la maravillosa tierra del ensueño que es la Poesía. El Gato del Espejo.Este es un espacio para la resistencia, para derrotar el olvido y celebrar siempre la vida. También para ser confabuladores nocturnos, dueños de nuestros sueños y nuestras esperanzas, este es un lugar que se pulsa desde el gesto sincero y hospitalario propio de la amistad que reinventa mágica y misteriosamente al otro y a los otros.El Gato del Espejo dónde puedes a recorrer el camino del lenguaje sencillo, de la imagen sutil y la pasión más sagrada a través de palabras empapadas de magia: POESÍA. LITERATURA. ARTE.“Poemas para compartir y regalar”. Un lugar que tiende a convertirse en un remolino de hojas sueltas que el viento transporta, de lágrimas como cristales musicales.Una colección de carteles, poemas, imágenes, cuentos, palabras, música y fotos involuntariamente cómicas y también una manera de mirar, de detenerse un poco y dejar que lo cotidiano sea atravesado por el asombro.El Gato del Espejo pretende ser un conjunto de frases nómades que emigran de manos en manos, de corazones en corazones, un cuaderno de bitácora como un árbol que brinde sus hojas, para que puedas compartir y regalar en cada texto, la magia, que contiene este puñado de palabras.

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marzo 21, 2016

Sueño de flautas, Hermann Hesse

Sueño de flautas

«Toma esto», dijo mi padre, y me alcanzó una pequeña flauta de hueso, «tómala y no olvides a tu anciano padre cuando alegres a la gente con tu música en países lejanos. Es tiempo de que veas el mundo y aprendas algo. He mandado hacer esta flauta, porque no te gusta ninguna otra tarea, excepto cantar. Piensa también que debes tocar siempre canciones bonitas y amables, de lo contrario sería malgastar el don que Dios te ha concedido. »
Mi querido padre entendía poco de música, era un erudito. Él pensaba que yo no tenía más que soplar en la linda flauta para que todo anduviera bien. Como no lo quería despojar de su creencia, le agradecí, guardé la flauta y procedí a despedirme.
Nuestro valle me era conocido hasta el gran molino del caserío; detrás comenzaba el mundo, y debo admitir que me gustó mucho. Una abeja fatigada de volar se había posado sobre mi manga, y la llevé conmigo para tener, en mi primer descanso, un mensajero que llevara enseguida mis saludos a la patria que dejaba atrás.
Bosques y praderas acompañaban mi camino, y muy lozano también el río me acompañaba. Descubrí que el mundo se diferenciaba poco de mi patria. Los árboles y flores, las espigas de trigo y los avellanos me hablaban; yo cantaba sus canciones con ellos, y ellos me comprendían, como en casa. De pronto mi abeja despertó, se arrastró despaciosamente hasta mi hombro, levantó el vuelo y giró dos veces en torno a mí con su zumbido dulce y profundo; luego se orientó rectamente hacia atrás, hacia el hogar.
En eso surgió del bosque una muchacha joven, que llevaba un cesto en el brazo y un sombrero de paja de ala ancha que dejaba en sombras la rubia cabeza.
«Dios te guarde», le dije, «¿adónde vas?»
«Debo llevar la comida a los segadores», dijo. Y se puso a caminar a mi lado. «¿Y tú, dónde quieres ir?»
«Voy a conocer el mundo, mi padre me ha enviado. Él cree que yo debo tocar mi flauta en público, ante la gente, pero yo no sé hacerlo bien todavía, antes debo aprender mucho.»
«Bueno, bueno. ¿Y qué sabes hacer en realidad? Porque algo debes saber.»
«Nada en especial. Puedo cantar canciones.»
«¿Qué clase de canciones?»
«De todo tipo ¿sabes? A la mañana y a la noche, ¿a los árboles, a las bestias, a las flores. Ahora, por ejemplo, podría cantar una canción bonita acerca de una muchacha joven que sale del bosque para llevar la comida a los segadores.»
«¿Puedes hacerlo? ¡Cántala entonces!»
«Lo haré, pero, ¿cómo te llamas?»
«Brigitte.»
Entonces entoné la canción de la linda Brigitte con el sombrero de paja, y lo que llevaba en el cesto, y de cómo las flores la miraban cuando pasaba y los vientos azules la seguían a lo largo del cerco del jardín, y todo lo relacionado con ello. Atendió seriamente a la canción, y me dijo que era buena. Y cuando le comenté que estaba hambriento, levantó la tapa del cesto y extrajo un pedazo de pan. Mientras yo le echaba el diente con ahinco, al tiempo que continuaba ágilmente la marcha, ella me dijo: «No se debe comer a la carrera. Una cosa después de la otra». Entonces nos sentamos sobre la hierba, yo comí mi pan y ella se abrazó las rodillas con sus manos bronceadas y me miró.
«¿Quieres volver a cantarme alguna otra cosa?». preguntó cuando dejé de comer.
«Con gusto. ¿Qué quieres que cante?»
«Algo acerca de una chica que está triste porque ha sido abandonada por su novio.»
«No, no puedo. No conozco eso, y tampoco debe uno estar triste. Mi padre dijo que debo cantar siempre canciones graciosas y amables. Te cantaré algo acerca del cuclillo o de la mariposa.»
«Y de amor, ¿no sabes ninguna?» preguntó luego.
«¿De amor? Oh sí, eso es lo más lindo de todo.»
Enseguida empecé una canción acerca de cómo el rayo de sol está enamorado de las rojas amapolas y juega con ellas lleno de alegría. Y de la hembra del pinzón, cuando aguarda al pinzón y al llegar éste vuela como si estuviera asustada. Y seguí cantando acerca de la muchacha de ojos pardos y del joven que llega y canta y recibe un pan de regalo; pero ahora no quiere más pan, quiere un beso de la doncella y quiere ver dentro de sus ojos pardos, y canta y canta hasta que ella empieza a sonreír y le cierra la boca con sus labios.
Entonces Brigitte se inclinó y cerró mi boca con sus labios; luego cerró los ojos y los volvió a abrir. Y yo miré las estrellas cercanas de un dorado oscuro y en ellas estábamos reflejados yo mismo y un par de blancas flores del prado.
«El mundo es muy hermoso», dije, «mi padre tenía razón. Pero ahora te ayudaré a llevar estas cosas hasta donde está esa gente.»
Tomé su cesto y proseguimos el camino. Su paso sonaba con el mío y su alegría coincidía con la mía, y el bosque hablaba delicado y fresco desde la montaña. Yo nunca había caminado tan contento. Durante un largo rato canté con fuerza, hasta que tuve que cesar de puro exceso; era demasiado todo lo que susurraba y hablaba desde el valle y la montaña, desde la hierba y el follaje, desde el río y los matorrales.
Entonces pensé: si pudiera comprender y cantar al mismo tiempo las mil canciones del universo, del pasto y las flores, de los hombres y las nubes, de la floresta y el bosque de pinares, y también de los animales. Y asimismo todas las canciones de los mares lejanos y las montañas, de las estrellas y la luna; y si todo eso pudiera simultáneamente resonar en mi interior y ser cantado, entonces yo sería como el buen Dios y cada canción debería ser como una estrella en el cielo.
Pero mientras yo pensaba de este modo, lo cual me había dejado silencioso y maravillado, pues antes jamás se me habían ocurrido cosas así, Brigitte se detuvo y sujetó firmemente el asa del cesto.
«Ahora debo subir», dijo. «Allá arriba está nuestra gente. ¿Y tú, a dónde vas? ¿Por qué no vienes conmigo?»
«No, no puedo ir contigo. Tengo que ver el mundo. Muchas gracias por el pan, Brigitte, y por el beso. Pensaré en ti.»
Ella tomó su cesto con la comida; y otra vez sus ojos de sombras pardas se inclinaron sobre mí, y sus labios se adhirieron a los míos. Su beso fue tan bueno y dulce, que casi me puse triste de pura felicidad. Entonces le dije adiós y marché presuroso carretera abajo.
La muchacha subió lentamente por la montaña; se detuvo bajo el follaje que caía al borde del bosque, y miró hacia abajo donde yo estaba. Y cuando le hice señas y, agité el sombrero sobre mi cabeza, inclinó ella la suya .una vez más y desapareció en silencio, como una imagen, entre la sombra de las hayas.
Yo, por mi parte, continué tranquilo el camino sumido en mis pensamientos, hasta que el sendero dio la vuelta en un recodo.
Allí había un molino, y junto al molino se hallaba una barca en el agua. Un hombre sentado en la barca parecía estar esperándome; en efecto, cuando me saqué el sombrero y subí a bordo, la barca comenzó a navegar enseguida río abajo. Me senté en la mitad de la embarcación, y el hombre atrás, al timón. Y cuando le pregunté a dónde íbamos, levantó la vista y me miró con ojos grises y velados.
«Donde quieras», dijo con voz apagada. «Río abajo hacia el mar o a las grandes ciudades, la elección es tuya. Todo me pertenece. »
«¿Todo te pertenece? ¿Entonces eres el rey?»
Quizá dijo él. «Y tú eres un poeta, según creo. ¡Cántame entonces una canción de viaje!»
Me infundía temor ese hombre serio y sombrío, y además nuestra barca navegaba tan rápido y sin ruido río abajo, que saqué fuerzas de flaqueza y canté acerca del río que lleva las naves y en el que se refleja el sol; el río, que es más ruidoso en contacto con las orillas rocosas y termina alegremente su peregrinaje.
El semblante de aquel hombre permanecía impasible; cuando finalicé, asintió silenciosamente, como uno que sueña. Y enseguida, ante mi asombro, él mismo comenzó a cantar. Y también cantó acerca del río y del viaje del río por los valles, y su canción era más bella y vigorosa que la mía, pero todo sonaba muy distinto.
El río, tal como él lo cantaba, bajaba como un ser destructor dando tumbos desde las montañas, hosco y salvaje, rechinando los dientes al sentirse refrenado por los molinos y presionando por los puentes; odiaba a todos los barcos que debía sostener; y bajo sus olas, y entre largas y verdes plantas acuáticas, mecía sonriente los blancos cuerpos de los ahogados.
Nada de esto me gustaba; pero su tono era tan hermoso y enigmático que quedé completamente confundido, y angustiado callé. Si lo que aquel cantor viejo, sutil e inteligente cantaba con su voz sofocada era cierto, entonces todas mis canciones habían sido nada más que tontería, torpes juegos infantiles. Entonces el mundo no era básicamente bueno y lleno de luz, como el corazón de Dios, sino opaco y sufriente, malo y sombrío; los bosques no susurraban de placer, susurraban de dolor.
Seguimos navegando. Las sombras se hicieron más largas, y cada vez que yo comenzaba a cantar mi voz sonaba menos clara, e iba apagándose. Y cada vez el extrafío cantor respondía con una canción que hacía al mundo más y más incomprensible y doloroso, y a mí me dejaba más y más desconcertado y triste.
Me dolía el alma, y sentía no haberme quedado en tierra junto a las flores o al lado de la bella Brigitte; para consolarme, empecé a cantar en la oscuridad creciente, con voz fuerte a través del rojo resplandor del anochecer, la canción de Brigitte y de sus besos.
Entonces se inició el ocaso y enmudecí. El hombre al timón cantó, y también él cantó del amor y del placer del amor, de ojos oscuros y ojos azules, de labios rojos y húmedos, y era hermoso y conmovedor lo que cantaba Reno de pena a medida que oscurecía sobre el río. Pero en su canción el amor era también lúgubre y temible, y se había convertido en un secreto mortal, dentro del cual los hombres, extraviados y dolidos, tanteaban entre penurias y anhelos, y se torturaban y mataban los unos a los otros.
Yo escuchaba y quedé muy fatigado y entristecido, como si hubiera estado viajando durante años a través de la mayor miseria y aflicción. Sentía que del desconocido emanaba y se deslizaba en mi corazón una permanente, silenciosa, fría corriente de pena y mortal angustia.
«Así que la vida no es lo más elevado y hermoso», dije finalmente con amargura, «sino la muerte. Entonces te ruego, olí triste monarca, que cantes una canción a la muerte.»
El hombre al timón cantó de la muerte, y cantó más bellamente que antes. Pero tampoco era la muerte lo más hermoso y alto, tampoco en ella había consuelo. La muerte era vida, y la vida muerte, y estaban enzarzadas entre sí en un furioso combate de amor, y esto era lo último y el sentido del mundo, y de allí se desprendía un resplandor que podía, a pesar de todo, alabar toda miseria, pero también una sombra que enturbiaba todo placer y belleza rodeándolos de tiniebla. Pero desde esa tiniebla ardía el placer más bella e íntimamente, y el amor ardía más profundo en medio de esa noche.
Yo escuchaba y me había quedado totalmente en silencio; no existía en mí otra voluntad que la del extranjero. Su mirada descansó sobre mí, callada y con una cierta bondad melancólica, y sus ojos grises estaban cargados del dolor y la belleza del mundo. Me sonrió, y entonces cobré ánimos y le rogué en mi necesidad: «¡Ah, retorna, por favor! Tengo miedo aquí en la noche, quisiera volver a la casa de mi padre, o volver para encontrar a Brigitte.»
El hombre se levantó y señaló la noche; el farol resplandeció claramente sobre su rostro enjuto e imperturbable. «Ningún camino va hacia atrás», dijo seria y amablemente, «hay que proseguir siempre hacia delante, si se quiere conocer el mundo. Y de la muchacha de los ojos oscuros ya has tenido lo mejor y más hermoso, y cuanto más te alejes de ella, tanto más hermoso y mejor será. Pero marcha hacia donde quieras; te daré mi lugar al timón.»
Yo me hallaba tremendamente entristecido, pero sabía que él tenía razón. Lleno de nostalgia pensé en Brigitte y en mi país y en todo lo que había sido hasta entonces cercano, luminoso y mío, y en todo lo que había perdido. Pero en ese momento iba a tomar el sitio del extraño y conducir el timón. Así debía ser.
Me levanté en silencio y me dirigí a través de la barca al asiento del timonel; el hombre se acercó a mí también en silencio, y cuando estuvimos el uno frente al otro me miró fijamente a la cara y me dio su farol.
Pero cuando me senté al timón y hube afianzado el farol junto a mí, me encontré solo en la barca; advertí con un profundo estremecimiento que el hombre había desaparecido. Sin embargo, no me sentía asustado, lo había presentido. Me parecía que el hermoso día de viaje, Brigitte, mi padre y la patria habían sido sólo un sueño, y que yo era un viejo apenado y que siempre había viajado a través de aquel río nocturno.
Comprendí que no debía llamar a ese hombre, y el reconocimiento de la verdad se desplomó sobre mí como una helada.
Para saber lo que ya presentía, me incliné sobre el agua y alcé el farol, y desde la negra superficie me miró un rostro penetrante y serio con ojos grises, un rostro viejo y sabio. Era el mío.
Y como ningún camino lleva hacia atrás, continué el viaje por las aguas oscuras a través de la noche.


Hermann Hesse

marzo 20, 2016

Prosa temprana y Prólogo a «Eine Stunde hinter Mitternacht», Hermann Hesse

Prosa temprana

 Las palabras están hechas como de meta! y se leen despacio y con dificultad... Sin embargo, el libro es muy poco literario. En sus mejores pasajes es necesario y singular. Su devoción es auténtica y profunda.
 Rainer María Rilke

 Del otoño del 98 a octubre del 99 he vivido voluntariamente en un silencio total, fecundo, sin trato alguno con personas. En el invierno de 1898/99 escribí «Eine Stunde hinter Mitternacht» («Una hora detrás de medianoche») publicado en julio del 99... En Calw mi libro sólo suscita indignación.
 (Carta, 1899)

Prólogo a «Eine Stunde hinter Mitternacht»
(1941)

 «Eine Stunde hinter Mitternacht» fue publicado por la editorial de Eugen Diederichs de Leipzig, «impreso por W. Drugulin en junio de 1899», un libro pequeño, impreso y adornado con extraordinario esmero, bien conocido por los coleccionistas de mis primeros libros, aunque algunos solamente lo conozcan por el título, pues sé de personas que lo han buscado vanamente durante años en los anticuarios. Los pequeños poemas en prosa que lo componen, fueron escritos entre 1897 y 1899 en Tübingen. Yo mantenía entonces correspondencia con una joven poetisa del Norte de Alemania; me había escrito tras leer una poesía mía que había encontrado en una revista olvidada, y se llamaba Helene Voigt. No nos conocíamos personalmente, pero hacía poco me había escrito que se había prometido con el joven editor Eugen Diederichs. Y como yo conocía de éste editor, cuyos primeros libros fueron publicados en Florencia, varios libros interesantes y presentados de manera nueva, especialmente su edición en tres volúmenes de las obras de Jacobsen, me decidí a enviarle mi manuscrito. El no sabía nada de mí, y mi pequeño libro no encajaba del todo en la línea de su editorial, y sin duda debo a la intercesión de su novia y joven esposa que se decidiese, a pesar de todo, a editarlo. En mis «apuntes», como Diederichs llamaba mis escritos en prosa, echaba de menos el elemento «liberador» y escribía: «Aunque, hablando sinceramente, tengo poca fe en el éxito comercial del libro, estoy convencido de su valor literario. «Me propuso una edición de seiscientos ejemplares y, después de que yo me mostrase de acuerdo con todas sus proposiciones, escribió en una segunda carta: «No cuento con dar salida a seiscientos, pero espero que ya con la presentación llame la atención y compense así el nombre desconocido del autor».
 De las pocas críticas que obtuvo mi librito tras su publicación, sólo dos tuvieron un cierto peso, la una de Wilhelm von Scholz, la otra de Rilke. El éxito comercial fue realmente escaso, en el primer año se vendieron 53 ejemplares. Algunos años más tarde, cuando yo ya era conocido por otros libros, la pequeña edición se agotó rápidamente. Pero mientras tanto había cambiado mi propia actitud con respecto al libro y propuse al editor que no hiciese una nueva edición, lo que hasta hoy no ha sucedido.
 En cuanto al título de mi primer libro en prosa, su significado estaba claro para mí, pero no para la mayoría de los lectores. Yo quería aludir al reino en que yo vivía, al país de ensueño de mis horas y días poéticos que se encontraban misteriosamente en algún lugar entre el tiempo y el espacio, y en principio debía llamarse «Eine Meile hinter Mitternacht» («Una milla detrás de medianoche»), pero ese título me recordaba demasiado las «Drei Meilen hinter Weihnachten» («Tres millas detrás de Navidades»), del cuento. Así llegué a «Eine Stunde hinter Mitternacht».
 Que el libro desapareciese más tarde de la lista de mis libros y permaneciese durante años oculto, tuvo sus razones biográficas. En los estudios en prosa de «Eine Stunde hinter Mitternacht» yo había creado un reino ensoñado de artista, una isla de belleza, su poesía era una huida de las tormentas y los abismos del mundo cotidiano hacia la noche, el sueño y la hermosa soledad. No le faltaban al libro rasgos esteticistas. Wilhelm Scholz opinaba en su ensayo que el libro estaba muy influenciado por Maeterlinck y Stefan George. En lo que se refiere al primero tenía razón, yo había leído «Le trésor des humbles» y «Tintagiles». De George, por el contrario, no conocía todavía una línea cuando sé publicó mi libro, sus primeros versos —los poemas pastorales— no los llegué a conocer hasta unos meses más tarde en Basilea. Y si en aquellos poemas tempranos de Maeterlinck, a pesar de lo mucho que entonces me gustaban —un cierto crepúsculo artificial, una forma de introversión ligeramente enfermiza, enamorada de sí misma—, me inspiraban a veces desconfianza, pues ese peligro existía precisamente también para mí y mi poesía, conocí poco después en el incipiente culto a George otra clase, aún más fatal, de esteticismo: el cultivo de un «pathos» conspirador, de un esoterismo arrogante de «dique», que rechacé instintivamente desde el principio. Algunas cosas que dice Hermann Lauscher en la narración «Lulu», escrita pocos meses después de publicarse «Eine Stunde hinter Mitternacht», informan al respecto. «Lauscher» fue un intento de conquistarme una parcela de mundo y de realidad, y de escapar de los peligros de una soledad en parte arrogante, en parte temerosa del mundo. El paso siguiente en este camino, un paso que destacaba casi excesivamente lo sano, natural e ingenuo, fue «Peter Camenzind», en el que encontré realmente una especie de liberación, pero que debido a su éxito amplio e inesperadamente rápido, me perjudicó enormemente. Hoy «Eine Stunde hinter Mitternacht» me parece, para el lector interesado en comprender mi camino, por lo menos igual de importante que «Lauscher» y «Camenzind». Este libro desaparecido no se ofrece en esta nueva edición a la gran masa de lectores, para los que su contenido y sus problemas, como cuando se publicó por primera vez, carecen de interés. Con esta nueva edición limitada, pretendemos ponerlo al alcance del pequeño círculo de amigos y críticos.



Hermann Hesse

marzo 19, 2016

Juego de sombras, Hermann Hesse

JUEGO DE SOMBRAS

La amplia fachada principal del castillo era de piedra clara y sus grandes ventanales miraban al Rin y a los cañaverales, y más allá a un paisaje luminoso y abierto de agua, juncos y pasto donde, más lejos aún, las montañas arqueadas de bosques azulados formaban una suave curva que seguía el desplazamiento de las nubes; sólo cuando soplaba el Foehn, el viento del Sur, se veía brillar los castillos y los caseríos, diminutas y blancas edificaciones en la lontananza. La fachada del castillo se reflejaba en la corriente tranquila, alegre y frívola como una muchacha; los arbustos del parque dejaban que su verde ramaje colgara hasta el agua, y a lo largo de los muros unas góndolas suntuosas pintadas de blanco se mecían en la corriente. Esta parte risueña y soleada del castillo estaba deshabitada. Desde que la baronesa había desaparecido, todas las habitaciones permanecían vacías, salvo la más pequeña, en la que como antaño seguía viviendo el poeta Floriberto. La dueña de la casa era la culpable de la deshonra que había recaído sobre su esposo y sus dominios, y de la antigua corte y de los numerosos y vistosos cortesanos de antaño ya nada quedaba excepto las blancas y suntuosas góndolas y el versificador silencioso.
El señor del castillo vivía, desde que la desgracia se había abatido sobre él, en la parte trasera del edificio, donde una enorme torre aislada de la época de los romanos oscurecía el patio angosto, donde los muros eran siniestros y húmedos, y las ventanas estrechas y bajas, pegadas al parque sombrío de árboles centenarios, grupos de grandes arces, de álamos, de hayas.
El poeta vivía en total soledad en su ala soleada. Comía en la cocina y a menudo transcurrían muchos días sin que viera al barón.
—Vivimos en este castillo como sombras —le dijo un día a uno de sus amigos de la infancia que había acudido a visitarlo y que no resistió más de un día en las inhóspitas habitaciones del castillo muerto. Antaño, Floriberto se había dedicado a componer fábulas y rimas galantes para los invitados de la baronesa y, tras las disolución de la alegre compañía, había permanecido en el castillo sin que nadie le preguntara nada, sencillamente porque su ingenuo y modesto talante temía mucho más los vericuetos de la vida y la lucha por el sustento que la soledad del triste castillo. Hacía mucho tiempo que no componía ya poemas. Cuando, con viento de poniente, contemplaba más allá del río y de la mancha amarillenta de los cañaverales el círculo lejano de las montañas azuladas y el paso de las nubes, y cuando, en la oscuridad de la noche, oía el balanceo de los árboles inmensos en el viejo parque, componía extensos poemas, pero que carecían de palabras y que nunca podían ser escritos. Unos de estos poemas se titulaba «El aliento de Dios» y trataba del cálido viento del sur, y otro se llamaba «Consuelo del alma» y era una contemplación del esplendor de los prados primaverales. Floriberto era incapaz de recitar o de cantar estos poemas, porque no tenían palabras, pero los soñaba y también los sentía, en particular por las noches. Por lo demás solía pasar la mayor parte de su tiempo en el pueblo, jugando con los niños rubios y haciendo reír a las muchachas y a las mujeres jóvenes con las que se cruzaba, quitándose el sombrero a su paso como si fueran damas de la nobleza. Sus días de mayor felicidad eran aquellos en los que se topaba con doña Inés, la hermosa doña Inés, la famosa doña Inés de finos rasgos virginales. La saludaba con gesto amplio y profunda inclinación, y la hermosa mujer se inclinaba y reía a su vez y, clavando su mirada clara en los ojos turbados de Floriberto, proseguía sonriente su camino resplandeciente como un rayo de sol.
Doña Inés vivía en la única casa que había junto al parque asilvestrado del castillo y que antaño había sido un pabellón anexo de la baronesa. El padre de doña Inés, un antiguo guarda forestal, había recibido la casa en compensación por algún favor excepcional que le había hecho al padre del actual dueño del castillo. Doña Inés se había casado muy joven regresando al pueblo poco después convertida en una joven viuda, y vivia ahora, tras la muerte de su padre, en la casa solitaria, sola con una sirvienta, y una tía ciega.
Doña Inés siempre llevaba unos vestidos sencillos pero bonitos, y siempre nuevos y de suaves colores; seguía teniendo el rostro juvenil y fino, y su abundante y morena cabellera recogida en gruesas trenzas ceñía su hermosa cabeza. El barón había estado enamorado de ella, antes incluso de haber repudiado a su mujer de costumbres disolutas, y ahora volvía a estarlo. Se encontraba por las mañanas en el bosque con ella, y por las noches la llevaba en barca por el río a una cabaña de juncos en los cañaverales; allí, su sonriente rostro virginal descansaba contra la barba prematuramente encanecida del barón, y los dedos finos de ella jugaban con la dura y cruel mano de cazador de él.
Doña Inés iba todas las fiestas de guardar a la iglesia, rezaba y daba limosna para los pobres. Visitaba a las ancianas menesterosas del pueblo, les regalaba zapatos, peinaba a sus nietos, las ayudaba en las labores de costura y, al marchar, dejaba en sus humildes cabañas el suave resplandor de una joven santa. Todos los hombres la deseaban, y al que fuera de su agrado y llegara en buen momento le concedía, además del beso en la mano, un beso en los labios, y el que fuera afortunado y bien parecido podía atreverse, cuando llegara la noche, a escalar su ventana.
Todo el mundo lo sabía, incluso el barón, pese a lo cual la hermosa mujer proseguía en total inocencia y con mirada sonriente su camino, como una muchachita ajena a cualquier deseo de un hombre. De tanto en tanto, aparecía un amante nuevo, que la cortejaba discretamente como a una belleza inaccesible, henchido de orgullo y de felicidad por la valiosa conquista, asombrado de que los demás hombres no se la disputaran y le sonrieran. La casa de doña Inés se levantaba apacible junto al lindero del parque siniestro, rodeada de rosales trepadores y aislada como en un cuento de hadas, y allí vivía ella, entraba y salía, fresca y tierna como una rosa una mañana de verano, con un resplandor puro en su rostro de niña y las pesadas trenzas aureolando su cabeza de finas facciones. Las ancianas pobres del pueblo la bendecían y le besaban las manos, los hombres la saludaban con profunda inclinación y sonreían a su paso, y los niños corrían hacia ella tendiéndole las manitas y dejándose acariciar en las mejillas.
—¿Por qué eres así? —le preguntaba a veces el barón amenazándola con mirada severa.
—¿Acaso tienes algún derecho sobre mí? —respondía doña Inés con ojos asombrados y jugando con sus trenzas morenas.
Quien más enamorado estaba era Floriberto, el poeta. A él el corazón le daba brincos cuando la veía. Cuando oía algún comentario malévolo sobre ella, sufría, sacudía la cabeza y no le daba crédito. Si los niños se ponían a hablar de ella, se le iluminaba el rostro y prestaba el oído como si escuchara una canción. Y de todos sus sueños, el más hermoso consistía en soñar despierto con doña Inés. Entonces lo adornaba con todo, con lo que amaba y con lo que le parecía hermoso, con el viento de poniente y con el horizonte azulado, y con todos los luminosos prados primaverales, que disponía a su alrededor; y en ese cuadro introducía toda la nostalgia y el cariño inútil de su existencia de niño inútil. Una noche, a principios de verano, tras un largo período de silencio, un soplo de vida nueva sacudió la torpeza del castillo. El estruendo de un cuerno atronó en el patio donde penetró un coche que se detuvo entre chirridos. Se trataba del hermano del barón que venía de visita, un hombre alto y bien parecido, que lucía una perilla puntiaguda y una mirada enojada de soldado, acompañado por un único sirviente. Se entretenía bañándose en las aguas del Rin y disparando a las gaviotas plateadas para pasar el rato. Iba con frecuencia a caballo a la ciudad cercana de donde regresaba por las noches, borracho, y también hostigaba ocasionalmente al pobre poeta y se peleaba cada dos por tres con su hermano. No paraba de darle consejos, de proponerle arreglos y nuevas dependencias, de recomendarle transformaciones y mejoras, que nada representaban en su caso, ya que él nadaba en la abundancia gracias a su matrimonio, mientras que el barón era pobre y no había conocido más que desdichas y sinsabores durante la mayor parte de su vida.
Su visita al castillo se debía a un capricho que ya le empezó a pesar al cabo de la primera semana. No obstante se quedó y no dijo ni palabra de marcharse, pese a que a su hermano la idea no le habría disgustado en absoluto. Y es que había visto a doña Inés y había empezado a cortejarla.
No pasó mucho tiempo y, un día, la sirvienta de la hermosa mujer lució un vestido nuevo, regalo del barón forastero. Y al cabo de otro poco, ya recogía junto a muro del parque los mensajes y las flores que le entregaba el sirviente del mismo barón forastero. Y tras unos pocos días más, el barón forastero y doña Inés se encontraron un hermoso día de verano en una cabaña en medio del bosque y él le besó la mano, y la boquita menuda y el cuello tan blanco. Pero cuando doña Inés iba al pueblo y él se cruzaba con ella, entonces el barón forastero la saludaba con una profunda reverencia y ella le agradecía el saludo como una muchacha de diecisiete años
Volvieron a transcurrir unos días, y una noche que se había quedado solo, el barón forastero vio una nave con un remero y una mujer deslumbrante a bordo que descendía la corriente. Y lo que su curiosidad en la oscuridad no pudo saciar le quedó confirmado con creces al cabo de unos días: aquella a la que había estrechado contra su corazón a mediodía en la cabaña del bosque y al que había encandilado con sus besos surcaba las oscuras aguas del Rin por las noches en compañía de su hermano y desaparecía con él en los cañaverales.
El forastero se volvió taciturno y tuvo pesadillas. Su amor por doña Inés no era como el que se siente por un trofeo de caza apetecible sino como el que se siente por un valioso tesoro. Cada uno de sus besos lo colmaba de dicha y de asombro, asustado de que tanta pureza y tanta dulzura hubieran sucumbido a su reclamo. Con lo que a ella la había amado más que a otras mujeres, y junto a ella había recordado su juventud, y así la había abrazado con ternura, agradecimiento, y consideración a la vez. A ella que, cuando llegaba la noche, se perdía en la oscuridad con su hermano. Entonces se mordió los labios y sus ojos lanzaron destellos de ira.
Indiferente a todo lo que estaba sucediendo e insensible a la atmósfera de velada pesadumbre que se cernía sobre el castillo, el poeta Floriberto seguía llevando su apacible existencia. Le disgustaban las vejaciones y tormentos ocasionales del huésped del castillo, pero de antaño estaba acostumbrado a soportar escarnios de este tipo. Evitaba al forastero, se pasaba el día entero en el pueblo o con los pescadores a orillas del Rin, y se dedicaba a fantasear vaporosas ensoñaciones en el calor de la noche. Y una mañana tomó conciencia de que las primeras rosas de té junto al muro del patio del castillo empezaban a florecer. Hacía ya tres veranos que solía depositar las primicias de estas insólitas rosas en el umbral de la puerta de doña Inés y se alegraba de poder ofrecerle por cuarta vez consecutiva este modesto y anónimo regalo.
Aquel mismo día, a mediodía, el forastero se encontró con la hermosa doña Inés en el bosque de hayas. No le preguntó dónde había ido la víspera y la antevíspera a la caída de la noche. Clavó su mirada casi horrorizada en los ojos inocentes y apacibles y, antes de irse, le dijo:
—Vendré esta noche a tu casa cuando anochezca. ¡Deja la ventana abierta!
—Hoy no — respondió suavemente ella —, hoy no.
—Pues vendré.
—Mejor otro día. ¿Te parece? Hoy no, hoy no puedo.
—Vendré esta noche. Esta noche o nunca. Haz lo que quieras.
Ella se separó de su abrazo y se alejó.
Al anochecer, el forastero estuvo al acecho del río hasta que cayó la noche. Pero la barca no se presentó Entonces se encaminó hacia la casa de su amada y se ocultó detrás de un matorral con el fusil entre las piernas.
El aire era cálido y apacible. Los jazmines perfumaban la atmósfera y tras una hilera de nubecitas blancas el cielo se fue llenando de pequeñas estrellitas apagadas El canto profundo de un pájaro solitario se elevó en e parque.
Cuando ya casi era noche cerrada, giró con paso taimado un hombre junto a la casa, casi furtivo. Llevaba el sombrero profundamente hundido sobre los ojos, pero estaba todo tan oscuro que se trataba de una precaución inútil. En la mano derecha llevaba un ramo de rosas blancas que proyectaban una claridad apagada en la noche El que estaba al acecho agudizó la mirada y armó el fusil
El recién llegado alzó la mirada hacia las ventanas de las que no brillaba luz alguna. Entonces se acercó a la puerta, se agachó y estampó un beso en el picaporte metálico de la puerta.
En ese instante surgió la llama, se oyó un estampido seco que el eco repitió suavemente en las profundidades del parque. El portador de las rosas dobló las rodillas, después cayó hacia atrás y tras unos breves espasmos silenciosos quedó tumbado de espaldas en la gravilla.
El que estaba al acecho permaneció todavía un buen rato oculto, pero nadie apareció y tampoco nada se movió en la casa silenciosa. Entonces salió con prudencia de su escondite y se agachó sobre la víctima de su disparo, que yacía con la cabeza descubierta pues había perdido el sombrero en su caída. Compungido, reconoció con asombro al poeta Floriberto.
—¡Así que él también! —se lamentó alejándose
Las rosas quedaron esparcidas por el suelo, una de ellas en medio del charco de sangre del poeta. En el campanario del pueblo sonó la hora. El cielo se cubrió de nubes blancuzcas, hacia las que la inmensa torre del castillo se alzaba como un gigante que se hubiese dormido erguido. La corriente perezosa del Rin cantaba su dulce melodía y, en el interior del parque sombrío el pájaro solitario siguió cantando hasta pasada la medianoche.

Hermann Hesse

De cuentos Maravillosos

marzo 18, 2016

Sobre El Lobo Estepario (2° Parte), Hermann Hesse


Del «Epílogo a mis amigos»

 Sin embargo, el problema del hombre que envejece, la célebre tragicomedia del hombre de cincuenta años, no es en absoluto el único tema de estos versos. No sólo se trata de la reaparición de sus impulsos vitales, sino más bien de una de esas etapas de la vida, en las que el espíritu se cansa de sí mismo, se autodestrona y cede el sitio a la naturaleza, al caos, a lo animal. En mi vida han alternado siempre períodos de sublimación febril, de ascetismo dirigido hacia una espiritualización, con tiempos en que me entregaba a una sensualidad ingenua, infantil, insensata, o a la locura y al peligro... Yo entendía lo espiritual, en el sentido más amplio, mejor que lo sensual; a la hora de pensar o escribir podía competir con un cierto número de contemporáneos prestigiosos, en cambio bailando el «shimmy» y en las artes del vividor era un bárbaro, aunque sabía que estas artes también son valiosas y forman parte de la cultura.
 Con los años, y ahora que en realidad ya no me hace ilusión escribir cosas bonitas, y que sólo me impulsa a escribir un cierto amor apasionado y tardío por el conocimiento de mi propio yo y por la sinceridad, había que sacar a la luz de la conciencia y de la forma esta mitad de la vida oculta hasta ahora. No me fue fácil... Muchos de mis amigos me dijeron con toda claridad que mis últimos intentos en la vida y en la poesía eran desvarios irresponsables... Pero no se trata aquí de opiniones y actitudes; ¡para mí se trata de necesidades!

El lobo

 Nunca había hecho un invierno tan frío y tan largo en las montañas francesas. Desde hacía semanas el aire era claro, áspero y frío. Durante el día las amplias laderas nevadas se extendían interminables con su blancura mate bajo el deslumbrante cielo azul, de noche la luna pasaba por encima, clara y pequeña, una luna terrible, de helada, de brillo amarillo, cuya fuerte luz se volvía azul y sombría sobre la nieve y parecía la helada misma. Las gentes evitaban todos los caminos y especialmente las alturas; apáticas y malhumoradas permanecían en las cabanas del pueblo, cuyas ventanas rojas parecían por la noche turbias de humo a la luz azul de la luna y se apagaban pronto.
 Fue aquél un tiempo difícil para los animales de la región. Los más pequeños se helaron en gran número, también los pájaros sucumbieron a las heladas, y los consumidos cadáveres fueron el botín de halcones y lobos. Pero éstos también sufrieron terriblemente con la helada y el hambre. Vivían allí sólo algunas familias de lobos, y la necesidad les empujó a formar grupos más unidos. De día salían solos. Aquí y allá vagaba alguno por la nieve, delgado, hambriento y alerta, silencioso y huidizo como un fantasma. Su delgada sombra se deslizaba junto a él sobre la superficie nevada. Husmeando volvía el morro afilado al viento y emitía de vez en cuando un aullido seco, atormentado. Por la noche salían todos y se agrupaban con aullidos roncos alrededor de los pueblos. Allí el ganado y las aves estaban bien guardados y detrás de sólidas contraventanas esperaban las escopetas. Sólo de vez en cuando caía una presa pequeña, quizás un perro, y dos de la jauría ya habían muerto a tiros.
 Las heladas continuaron. A menudo los lobos permanecían tumbados en silencio, pensativos, calentándose los unos a los otros, escuchando angustiados la mortal soledad, hasta que uno, atormentado por los crueles sufrimientos del hambre, se levantaba de pronto con un bramido espantoso. Entonces los demás volvían su morro hacia él y temblando prorrumpían en aullidos terribles, amenazadores y lastimeros.
 Por fin la parte más pequeña de la manada decidió emigrar. A primeras horas de la mañana abandonaron sus guaridas, se reunieron y olfatearon excitados y asustados el aire helado. Luego echaron a andar deprisa y ordenadamente. Los que se quedaron atrás los miraron con grandes ojos vidriosos, caminaron unos cuantos pasos tras ellos, se detuvieron indecisos y perplejos y volvieron despacio a sus cuevas vacías.
 Los emigrantes se separaron a mediodía. Tres de ellos se dirigieron hacia el Este, hacia el Jura Suizo, los otros siguieron hacia el Sur. Los tres eran animales hermosos, fuertes, pero terriblemente demacrados. El vientre claro, hundido, era delgado como una correa, en el pecho destacaban penosamente las costillas, las fauces estaban secas y los ojos abiertos y desesperados. Los tres juntos penetraron profundamente en el Jura, capturaron al segundo día un carnero, al tercero un perro y un potro y por todas partes fueron perseguidos por el campesinado furioso. En la región, rica en pueblos y pequeñas ciudades, cundió el miedo y la alarma ante los desacostumbrados intrusos. Los trineos del correo fueron armados, nadie iba de un pueblo a otro sin escopeta. En aquella región desconocida, los tres animales se sentían, después de haber hecho tan buenas presas, temerosos y a gusto; se volvieron más audaces de lo que habían sido en sus territorios e irrumpieron de día en el establo de una granja. Mugidos de vacas, crepitar de vallas de madera que se astillan, ruido de cascos y un aliento caliente, ávido, llenaron el estrecho y cálido espacio. Pero esta vez se interpusieron los hombres. Se había puesto precio a los lobos, eso multiplicó el valor de los campesinos. Y mataron a dos lobos; a uno le pasó un tiro de escopeta.por el cuello, al otro le dieron muerte con un hacha. El tercero escapó y corrió hasta que cayó medio muerto en la nieve. Era el más joven y hermoso, un animal soberbio de enorme fuerza y formas ágiles. Largo tiempo permaneció tendido jadeando. Delante de sus ojos giraban círculos rojos de sangre y a ratos lanzaba un gemido silbante y dolorido. Un hachazo le había dado en el lomo. Pero se recuperó y pudo levantarse de nuevo. Entonces vio cuánto había corrido. Por ninguna parte se veían personas o casas. Cerca se erguía una gran montaña nevada. Era el Chasseral. Decidió rodearlo. Como le atormentaba la sed, comió pequeños trozos de la costra helada de la nieve.
 Al otro lado de la montaña se encontró en seguida con un pueblo. Estaba anocheciendo. Esperó en un bosque espeso de abetos. Luego caminó sigiloso alrededor de las vallas de los jardines siguiendo el olor de los establos calientes. No había nadie en la calle. Temeroso y ansioso miró entre las casas. Entonces sonó un disparo. Levantó la cabeza e intentó correr cuando sonó el segundo. Estaba herido. Su bajo vientre blanquecino estaba manchado en un lado de sangre que caía espesa en gruesas gotas. A pesar de todo logró escapar con grandes zancadas y alcanzar el bosque lejano. Allí esperó escuchando un momento y oyó voces y pasos que venían de dos lados. Lleno de miedo contempló la montaña. Era pendiente, con bosque, difícil de subir. Pero no tenía otra salida. Con respiración jadeante trepó por la ladera pendiente, mientras abajo se extendía un tumulto de blasfemias, órdenes y luces de linternas. Temblando, el lobo herido fue trepando por el bosque semioscuro de abetos, mientras la sangre caía lentamente de su costado.
 El frío había disminuido. El cielo del oeste estaba cubierto de neblina y parecía prometer una nevada.
 Por fin el agotado animal alcanzó la cima. Se encontraba sobre un gran campo de nieve, ligeramente inclinado, cerca de Mont Crosin, encima del pueblo del que había escapado. No sentía hambre, pero sí un dolor turbio y atenazador procedente de la herida. Un aullido débil, enfermo, salió de su boca abierta, su corazón dolorido latía pesadamente y sentía la mano de la muerte como una carga inmensamente pesada. Un abeto solitario de anchas ramas lo atrajo, allí se sentó y se quedó mirando con ojos tristes la noche gris de nieve. Transcurrió media hora. Ahora caía una tenue luz roja sobre la nieve, 'extraña y suave. El lobo se levantó con un gemido y dirigió su hermosa cabeza hacia la luz. Era la luna que salía por el sudeste, gigantesca y roja como la sangre, elevándose lentamente en el cielo turbio. Hacía muchas semanas que no había sido tan roja y tan grande. Con tristeza el animal moribundo contempló el disco lunar, y de nuevo un gemido débil salió a la noche, doloroso y apagado.
 Se acercaron luces y pasos. Campesinos con gruesos abrigos, cazadores y muchachos jóvenes con gorras de piel y toscas polainas avanzaban por la nieve. Sonaron gritos de júbilo. Habían descubierto el lobo moribundo, hicieron dos disparos y ambos fallaron. Vieron que ya estaba muñéndose y se lanzaron sobre él con palos y estacas. Ya no sintió nada.
 Con los miembros rotos lo bajaron hasta St. Immer. Reían, alardeaban, esperaban gozosos el aguardiente y el café, cantaban, blasfemaban. Ninguno vio la belleza del bosque nevado, ni el brillo de la altiplanicie, ni la luna roja sobre el Chasseral cuya luz débil se quebraba en los cañones de sus escopetas, en la nieve, y en los ojos vidriosos del lobo muerto.

 En la colección «Traumfáhrte», vol. 6, página 445 de la edición alemana de Obras Completas existe una variante narrativa interesante.

 El contenido y el objetivo del «Steppenwolf» no son la crítica del tiempo, ni nerviosismos personales, sino Mozart y los inmortales. Pensaba acercárselos a los lectores, poniéndome yo completamente al descubierto —la respuesta ha sido el desprecio y el sarcasmo—. Los mismos lectores que tomaron a risa o atacaron al «Steppenwolf» estaban luego entusiasmados con «Goldmund», porque no transcurre hoy, no exige nada de ellos, y no les confronta con la cochambre de su propia vida y de su manera de pensar. Esa es, en mi opinión, la diferencia entre ambos libros; existe en el lector, no en mí.
 La misión del «Steppenwolf» era mostrar la falta de espiritualidad de las tendencias de nuestro tiempo y su efecto destructivo sobre el espíritu y el carácter superior, salvando algunos de los postulados «eternos» para mí. .Prescindí de las mascaradas y me puse al descubierto para poder ofrecer el escenario del libro en su totalidad y con autenticidad implacable: el alma de un ser con un talento y una cultura superiores al promedio, que sufre bajo su época pero que cree en valores intemporales. El lector alemán se ha divertido con el sufrimiento de Harry y le ha dado golpecitos en el hombro; ese ha sido todo el éxito del esfuerzo.
 (Carta, 1931 ó 1932)

 Usted ha descubierto en «Klingsor» la poesía que echa de menos en «Steppenwolf». Pero lo que sucede es que no ha sabido encontrarla allí. El «Steppenwolf» está construido con tanto rigor como un canon o una fuga, y le he dado forma hasta donde me ha sido posible. Juega e incluso baila. Pero la alegría con la que lo hace tiene sus fuentes de energía en un grado de frialdad y desesperación que Usted no conoce. No hay forma sin fe, y no hay fe sin desesperación previa, sin conocer antes (y también después) el caos.
 (Carta, 1932)

 Tome Usted del «Steppenwolf» lo que no es sólo crítica y problemática del tiempo: la fe en el sentido, en la inmortalidad. En «Morgenlandfahrt»
 («Viaje a Oriente») son los amantes y sirvientes. Es lo mismo. Cuanto menos creo en nuestro tiempo y más veo que la humanidad se estropea y se reseca, menos opongo a esta decadencia la revolución, y más creo en la magia del amor. Guardar silencio sobre lo que está en boca de todos, ya es algo. Sonreír sin hostilidad sobre personas e instituciones, luchar contra la falta de amor en el mundo con un poco más de amor en lo pequeño y privado: con mayor lealtad en el trabajo, con más paciencia, renunciando a ciertas venganzas baratas de la burla y la crítica: éstos son los pequeños caminos que se pueden seguir. Me alegro de haberlo escrito ya en el «Steppenwolf»: el mundo no ha sido nunca un paraíso, no es que antes fuera bueno y hoy sea un infierno, siempre, en todas las épocas, ha sido imperfecto y sucio y necesita para ser soportable y valioso, el amor y la fe.
 (Carta, 1933)

 En su última carta ha olvidado Usted por completo lo que le movió a escribirme y a lo que reaccioné en mis dos primeras contestaciones. Usted preguntaba si en el «Steppenwolf» yo tomaba algo en serio o si proponía simplemente un adormecimiento agradable en borracheras de opio. El hecho de que con mis libros y mi vida no haya conseguido que la gente comprenda que me tomo las cosas en serio, constituye para mí no sólo una desilusión personal, sino también una fundamental desilusión. Por su última carta veo, además, que también conoce «Siddhartha». Así que cuando estaba leyendo el «Steppenwolf» pensó quizás: quien ha escrito «Siddhartha», dice ahora al parecer todo lo contrario... El «Steppenwolf» no es materia adecuada para nuestra discusión, porque tiene un tema que Usted no conoce: la crisis vital del hombre que ronda los cincuenta años. De ahí vienen seguramente los malentendidos.
 (Carta, 1933)

 He seguido el dudoso camino de la confesión, hasta «Mongernlandfahrt»; en casi todos mis libros he dado testimonio más de mis debilidades y dificultades que de la fe que a pesar de aquéllas ha hecho posible y fortalecido mi vida.
 Si Usted pudiese emanciparse de sí mismo por una hora comprendería por ejemplo, que el «Steppenwolf» no trata únicamente de Haller, sino en la misma medida de Mozart y de los Inmortables. Y descubriría en mis relatos anteriores, en el «Knulp», en «Siddhartha», etc., una fe no formulada dogmáticamente, pero de todos modos una fe. He intentado formularla por primera vez poéticamente en «Morgenlandfahrt» y, de manera directa, en la poesía que figura al final de mi librito de poesías de la editorial Insel . Desde hace casi cuatro años estoy meditando un plan que me ha de conducir más lejos y que constituirá un testimonio más claro.
(Carta, 1935)

Lo siento, pero no le puedo explicar el «Steppenwolf». En el epílogo que publiqué hace algunos años en la edición de la «Büchergilde» ya esbocé lo que pretendía. Sin embargo, el problema que tiene que vencer Harry Haller no podrá nunca ser entendido en toda su complejidad por los lectores muy jóvenes. Tampoco es necesario. Usted ha podido comprobar por sí mismo que uno puede querer un libro y compenetrarse con él, aunque no pueda analizarlo exactamente. Usted ya ha encontrado el acceso al «Steppenwolf» y a todos mis libros, la comprensión se irá formando ella sola.
 Sin ánimo de darle lecciones, me permito un consejo: si otros rechazan un libro o una obra de arte que Usted ama, es inútil oponerse o querer defenderlos. Hay que dar la cara por su amor y no renegar de él, desde luego, pero no hay que discutir sobre el objeto de ese amor. No conduce a nada. Los libros de los poetas no necesitan explicaciones, ni defensa, son muy pacientes y pueden esperar, y si valen algo, pueden vivir más que todos los que discuten sobre ellos.
 (Carta, 1951)

Hermann Hesse



marzo 17, 2016

Sobre El lobo estepario (1° Parte ), Hermann Hesse

«Der Steppenwolf»
(«»)  El Lobo estepario 

 ¿Es preciso decir que «Der Steppenwolf» es una novela que en cuanto a audacia experimental puede igualarse al «Ulysses» y los «Faux Monnayeurs»?
 Thomas Mann

 Hemos aullado con los lobos, que deberíamos haber despedazado. Nos hubiese ido mejor a todos, si hubiésemos aullado con el Lobo estepario.
 Rudolf Hagelstange

Epílogo a la edición suiza de «Der Steppenwolf»
(1941)

 Las obras literarias pueden sufrir muy diversos malentendidos e interpretaciones erróneas. En la mayoría de los casos, el autor de una obra no es la instancia a la que corresponde decidir dónde acaba en los lectores la comprensión y empieza la incomprensión. Hay autores que se han encontrado con lectores para los que su obra era más transparente que para ellos mismos. Además, también los malentendidos pueden ser fructíferos en algunos casos.
 Creo que el «Steppenwolf» es el libro mío que más a menudo y con más vehemencia ha sido mal interpretado y muchas veces han sido precisamente los lectores partidarios del libro, e incluso los que estaban entusiasmados con él, y no los adversarios, los que han hablado de la novela de una manera para mí extraña. En parte, pero solamente en parte, la frecuencia de estos casos se debe a que este libro está escrito por un hombre de cincuenta años y que tratando precisamente de los problemas de esa edad, ha caído muy a menudo en manos de lectores muy jóvenes.
 Pero también entre los lectores de mi edad, me he encontrado a menudo con algunos a los que había impresionado mi libro, pero que curiosamente sólo captaban la mitad de su contenido. Creo que estos lectores se han encontrado a sí mismos en el « Steppenwolf», se han identificado con él, han sufrido y soñado con él sus penas y sus sueños, y han olvidado por completo que el libro sabe y habla de otras cosas que de Harry Haller y sus dificultades; que por encima del «Steppenwolf» y su vida problemática, se alza un segundo mundo, más alto, eterno, y que el «Traktat» y todos aquellos pasajes del libro que tratan del espíritu, del arte y de los «Inmortales», oponen al mundo de sufrimiento del «Steppenwolf» un mundo de fe positivo, alegre, suprapersonal y supratemporal; que el libro habla de sufrimiento y penas pero que no es en absoluto el libro de un desesperado, sino de un creyente.
 Yo desde luego no quiero ni puedo prescribir a los lectores cómo deben entender mi historia. Que cada uno haga con ella lo que le parezca conveniente y le resulte útil. Pero me gustaría, que muchos se diesen cuenta de que la historia del «Steppenwolf» relata una enfermedad y una crisis, pero no una enfermedad que conduce a la muerte, no un desastre, sino lo contrario: una curación.

De la «Neue Rundschau»
(1926)
«Der Steppemoolf»
Fragmento de un diario en versos

DESALIENTO

 ¡Si hubiese seguido siendo aquel solitario y asceta
 En lugar de sumergirme en este mundo colorido,
 Enamorarme de nuevo ardientemente,
 Consumirme de nuevo en llamas!
 Ahora, viejo, comprendo entristecido
 Que este hacer es ridículo y vano,
 Que he empezado demasiado tarde,
 ¡Ni siquiera sé bailar bien el «onestep»!
 Pero ya que he empezado
 A hundirme en el fango caliente,
 Esta vida me tiene enredado por completo,
 Ya no se puede contener ni aplacar.
 Bailo, sigo bailando, caigo y me hundo,
 Entregado al juego, a la bebida y al placer,
 Cada día me pierdo y me ahogo más
 En este agradable desenfreno.

VELADA MALOGRADA

 Me habían invitado aquella noche
 Pero no estaba animado,
 Tenía resaca y dolor de cabeza
 esos dolores en las pantorrillas que
 Nada bueno pueden significar.
 luego aquella gente había colgado
 Unos cuadros tan estúpidos en su casa,
 Una cabeza de Goethe y otros objetos de arte,
 Al final alguien tocó el piano,
 Con mano enérgica pero ignorante,
 Y en fin, de pronto no pude aguantar más
 En aquella casa, por desgracia tan respetable.
 Le dije cualquier impertinencia a la anfitriona,
 Y como un maleducado me fui corriendo después de la cena,
 Dijeron que lo sentían,
 Pero se veía que era mentira.
 Me fui triste de allí,
 A comprar en algún sitio una muchachita
 Que no tocase el piano y no se interesase por el arte,
 Pero no encontré ninguna y empecé a beber de nuevo
 Aunque hacía un rato había presumido
 De que lo iba a dejar para siempre.

 Decidme ¿estáis todos tan terriblemente solos,
 O soy el único que tiene que estar
 Tan solo, furioso y triste en este hermoso mundo?
 ¿Por qué os invitáis los unos a los otros?
 ¿Por qué colgáis esas bobadas en vuestras paredes?
 ¿Por qué no ponéis un fin rápido y digno
 A esta vida de perros
 Que a nadie puede satisfacer,
 En lugar de tocar el piano y hablar de Thomas Mann?
 No puedo comprenderlo,
 Tanto coñac no es sano,
 Se arruina uno la salud,
 Pero ¿no es más noble sucumbir?

NOCHE ALEGRE

 Es terrible no poder dormir cuando se está afligido
 Y todas las alas cuelgan tristes.
 Es hermoso no poder dormir cuando uno está enamorado
 Y empujan todas las fuentes del deseo.
 Por la noche en el bar, desilusionado y solo, quise irme,
 Pagué mi whisky y me fui cansino y triste de allí,
 Pero en la escalera me detuve fascinado,
 Dispuesto a volver a empezar la noche.

 Vinieron Gisela y Emmy, y en ese momento
 Los músicos iniciaron arriba el más divino «onestep».
 ¡Oh, qué jubilosos y rápidos fluían los alados compases!
 Todos volvimos a inflamarnos, bailamos enloquecidos y en llamas.

 Ahora amanece y estoy tumbado en la cama,
 Floreciente todavía el perfume de Gisela en todos los sentidos,
 Canturreo el «Shimmy», pienso en Emmy, y no me importaría
 Volver a empezar esa noche.

TRAS LA NOCHE EN «EL CIERVO»

 Dormitábamos en el bar, ligeramente borrachos,
 Mi mejilla apoyada, contra tu cuello blanco,
 Tu abrigo de piel tenía un olor delicado y denso tu pelo negro,
 De pronto tuve miedo de tu juventud.
 ¿Qué quiero aquí en estos hermosos brazos,
 Junto a este pecho, sobre estas rodillas jóvenes,
 Yo, el viejo al que nunca sonrió la suerte?
 Tú eres demasiado joven para mí, demasiado hermosa,
 demasiado cálida.
 ¿Qué busco aquí junto a estas mesas de mármol,
 Donde corre el jerez y hay cubiletes de dados?
 Quiero irme con el genio del agua y los peces,
 A casa, a la miseria de siempre.
 Lárgate, payaso, de este círculo alegre,
 Donde florece la frivolidad y ríe la belleza,
 Toma tu sombrero, hace rato que sonaron las campanas
 de medianoche,
 Corre a casa, viejo loco y húndete!
 Entonces me puse en pie, ellos no se dieron cuenta,
 Fuera en el canal flotaban las estrellas.
 Delante de mi casa había un perro extraño,
 Me olió y huyó del desconocido,
 Subí las escaleras, cada zapato pesaba cincuenta kilos.
 En el espejo vi mis párpados enrojecidos,
 Y el pelo gris, marchito y arruinado.
 ¡Ojalá me hubiese mordido y devorado el extraño perro!
 Voy cuesta abajo, la juventud no volverá.



FIESTA DEL SÁBADO POR LA NOCHE

 Hoy estuvo la hermosa milanesa,
 Bailamos poco, estuvimos mucho rato sentados hablando,
 A las cinco llegué a casa,
 En el cielo se veía que el día ya estaba cerca.
 Querida, no debes reñirme ni reírte,
 La milanesa parecía un sueño,
 Sus ojos y su boca tienen un trazo tan claro,
 Durante dos horas estuve enamorado de ella,
 Y no le pedí más
 De lo que cada mujer entrega voluntariamente a cualquier hombre.
 Ahora vuelvo la mirada a la noche de fiesta,
 Que me trajo algo así como felicidad,
 Y sueño con tu pelo negro,
¡Alma querida, si estuvieses aquí!
 Mi deseo sólo está dirigido a ti,
 Nunca iré a Milán,
 Aunque lo prometí sin pensarlo mucho,
 La mañana del domingo se asoma a mi habitación,
 Sólo he dormido un instante y en sueños vi
 Fundirse a la milanesa contigo.
 Mujer y serpiente debajo del árbol de la vida,
 Abrazándome con la fuerza y el ardor
 Que sentía antaño en mis sueños de juventud,
 Que ninguna realidad desilusiona ni enfría.
 El paraíso estaba en llamas
 Y vosotras dos apretabais mi corazón
 Con tan dulce y mortal amor
 Que me consumí en el dolor de un placer frenético.
 ¿Dónde fue a parar?
 Estoy tumbado, desde hace horas esperando el sueño,
 Cansado, cansado, pero un poco contento todavía.
 Lo sé, no seguirá así mucho tiempo.

CADA NOCHE

 Cada noche la misma calamidad,
 Primero bailo, río y bebo,
 Luego llego cansado a mi habitación
 Y me dejo caer en la cama fresca.
 Breve sueño y larga vigilia,
 Escribo versos sobre el papel,
 ¡Dios mío, es para reírse!
 Tumbado entre ruinas de sueño,
 Deseo el fin de este tormento,
 En almohadas deshechas hundo
 Mis mejillas ardientes, mis manos húmedas,
 Dejo correr el whisky por la garganta,
 Y en los abismos perdidos
 Llora el alma ahogada.
 De algún lugar infernal
 Viene despacio la mañana,
 Y el día con terribles
 Ojos se queda mirando mis pecados.

DE NOCHE TAN TARDE

 Volver a casa tan tarde por la noche,
 Enamorado, desdeñado, sin un beso reconfortante,
 contemplar los pálidos campos celestes,
Donde Orion avanza triste hacia la tierra!
 luego en casa, acogido por la luz y la cama,
Tumbarse solitario y defraudado,
 Agitado por pesados deseos,
 Desear en vano el sueño, el consuelo,
 Abrumado por una vida malgastada,
 Cavar en los túneles del recuerdo
 Y saber que sólo nos queda un consuelo
 Poder morir después de tener que vivir!

LOBO ESTEPARIO

 Yo, el lobo estepario, camino y camino,
 El mundo está cubierto de nieve,
 En el abedul aletea el cuervo,
 Pero no veo por ninguna parte un conejo o un ciervo.
 Estoy tan enamorado de los ciervos,
 ¡Si encontrase uno!
 Lo cogería con los dientes, con las manos,
 No hay nada más hermoso.
 Sería tan bueno con ese ser encantador,
 Le daría un mordisco profundo en sus ancas,
 Me llenaría de su sangre roja,
 Para luego aullar toda la noche.
 Hasta con un conejo me contentaría,
 Dulce sabe su carne caliente en la noche,
 ¿Es que se ha alejado de mí
 Todo lo que alegra un poco la vida?
 En mi rabo el pelo ya está gris,
 Tampoco puedo ver ya claramente,
 Ya hace años murió mi querida esposa.
 Y ahora camino y sueño con ciervos,
 Camino y sueño con conejos,
 Oigo al viento soplar en la noche de invierno,
 Refresco mi garganta ardiente con la nieve,
 Llevo al diablo mi pobre alma.

«LA FLAUTA MÁGICA» EN UN DOMINGO POR LA TARDE

 Hoy cometí un error.
 Siguiendo un deseo ingenuo
 Fui a ver «La Flauta Mágica».
 En la noche del teatro
 Estuve escuchando emocionado los tonos demasiado queridos,
 Las lágrimas corrían ardientes por mis mejillas,
 Llena de encanto me saludó la bella inmortal,
 Que una vez fue mi cobijo y ahora me era extraña.
 ¡Oh, cómo cantaban aquellos ángeles!
 ¡Cuan delicadamente sonaba la flauta de Tamino!
 Todas las emociones del arte que me han hecho feliz alguna vez,
 Atravesaron de nuevo mi corazón asustado,
 Se encresparon y se convirtieron en dolor furioso.
 A mi alrededor, en la nube de hedores y crujido de programas,
 Los satisfechos burgueses domingueros
 Aplaudieron la obra y se fueron a casa.
 Pero yo, que no conozco ni patria ni descanso,
 Que sólo he sabido recoger siempre las espinas,
 Camino errante por la noche clavándome .
 Profundamente todas las lanzas del deseo en el pecho,
 Echo a correr, para pegarme un tiro cuanto antes,
 Pero como diletante que soy de nacimiento
 Terminaré más tarde, cuando haya caminado hasta el
 sudor y el agotamiento
 En alguna parte donde corra el vino y el coñac.

ANTE EL ESPEJO

 Tantos años he vivido lejos del mundo,
 Extraño en este mercado de mujeres y placeres,
 Salvaje, descuidado, independiente,
 Hermano de los árboles, amigo de los lagos y ríos.
 Ahora aprendo a malgastar las tardes
 Cuidando el peinado, la corbata, la camisa y la piel.
 A salir en «smoking» y zapato de charol,
 Aprendo a pasar junto al botones hacia la música de baile.
 En el espejo veo sonreír mi cara,
 Un poco cansada, un poco más gris, más pálida,
 Un poco más depravada también y con más arrugas,
 En otro tiempo la mirada era clara, la frente luminosa,
 Mejillas y labios más risueños y suaves,
 Entonces no necesitaba polvos ni pomada.
 ¡Ahora viejecito, peínate con primor la raya,
 Afeítate bien y ponte la camisa de gala!
 Seguramente todo tu esfuerzo será inútil,
 Seguirás siendo un extraño en este mundo.
 Y un día te reclamarán el bosque,
 El arroyo, la lluvia, las estrellas, las montañas, los lagos,
 recorras lejos de ti las bonitas baratijas
 recorrerás otra vez los viejos caminos,
 Podrás caminar de nuevo, vagar, mirar,
 Beber hasta el fondo el cáliz de la soledad
 morir sin ser visto en el desierto.

FIEBRE

 Fui en tren a ver a mi amada,
 Volví por la noche, aterido bajo la lluvia y el granizo,
 Me metí en seguida en la cama con fiebre,
 Pues la fidelidad no es una ilusión vana.
 Ahora he cogido una buena gripe,
 Sueño cosas horribles, inimaginables,
 A veces cuando triunfa la razón,
 Me preparo un ponche.
 Mañana por la mañana me daré un baño caliente
 De unos sesenta grados,
 Pero si ya no tengo remedio,
 Tendré que morirme,
 Pero antes quisiera escribir,
 Lo que aún creo que tengo que decir,
 Y no me importa si alegra o interesa todavía
 A mis amigos o enemigos.

 A mi amada le beso
 Los ojos, la boca, el cuello, las rodillas, los pies,
 La he querido más de lo que ella imagina
 Y me hizo sufrir más
 De lo que jamás había sufrido en este mundo.
 Sus bellos dedos, su pie, su grácil andar
 Merecen devoción, gratitud y elogio.

 Amigos míos, queridos compañeros,
 Estáis invitados a una copa de despedida,
 Os invito a una ronda de cien botellas de vino de Borgoña.
 Hablad de mí como queráis,
 Pero hacedlo con vino, con la risa en los labios!
 Os doy las gracias en esta hora de angustia;
 De todo lo que me dieron los seres humanos,
 Lo mejor fue vuestra amistad,
 Una y otra vez perseguí el amor,
 Una y otra vez leí agradecido en vuestros ojos,
 Que para mí también florece la flor de la vida,
 Que para mí también arde la llamita del amor.

 ¡Ay, vientos, montañas, mundo multicolor de imágenes,
 Dejad que os abrace y estreche una vez más,
 Lagos azules, nubes espumosas que me fascinaron
 Y alegraron tantos días de verano!
 ¡También de ti me despido y te doy las gracias,
 Dulce música, juego divino,
 Bosque de tonos, arabescos de melodías
 ¡A ninguna otra diosa debo
 Tantas alegrías reconfortantes, dolorosas, profundas!
 Pero más que todas vosotras, queridas espumas,
 La oscura hermana silenciosa,
 Es más entrañable para mí que el amor, más querida
 que todos los sueños,
 Sé bienvenida muerte, deseada profundamente.
 Corro hacia ti, a través del dolor y la fiebre;
 Mi corazón te desea hace tiempo
 Ante ti me consumo en amor risueño:
 ¡Tómame! ¡Apágame! He vivido bastante.



LIBERTINO

 Roja florece la flor del placer,
 Rosa sonríe el capullo sobre tu pecho,
 Se estremece trémulo bajo mi lengua.
 Antes era un niño que
 Aprendía griego e iba a la confirmación,
 El hijo prometedor de un padre piadoso.
 Pero poco he cumplido
 De lo que entonces prometí,
 Salí de vuestro jardín y
 Vago errante por el desierto,
 Perseguido y atormentado por aquella imagen de la juventud,
 Que trato de borrar y asesinar lentamente.
 Quizás la asesine, muchacha, en tu corazón,
 Quizás, antes de que se apague esta hora de placer
 Apriete las manos alrededor de tu garganta palpitante.
 ¡Oh, qué oscura florece la sonrisa de tus labios!
 ¡Bésame! ¡Muérdeme! Y quizás dentro de una hora
 Todo haya pasado y concluido:
 Extinguida la imagen, vuelta la página molesta.
 Sangre florece en la cama y la policía busca al autor.

 Roja florece la flor en tu pecho!
 Amar a personas como tú no es bueno.
 Que tú me hayas tenido que amar,
 Lo pagamos nosotros, pequeño tormento,
 Lo pagamos nosotros dos
 Con nuestra sangre.




PRESAGIOS

 A veces siento haber comenzado
 Esta vida de lobo estepario demasiado tarde.
 Si me hubiese dedicado a ella más joven,
 Hubiese sido una fuente de muchos placeres.
 A veces presiento detrás de toda esta confusión,
 Detrás de las máscaras que aún tienen que caer,
 Un placer de libertad sin límites,
 El saludo lejano de un futuro refrescante:
 Me veo atravesar con una risa la pared
 Que me separa del espacio estrellado,
 Y pasar a donde están los grandes
 Pecadores, cuyos hechos no nombra ya ninguna palabra,
 Me veo clavado por el pueblo a la cruz,
 Coronado de espinas sobresalir entre la masa desconocida,
 Veo acercarse el sol y las estrellas,
 Me siento transportado al espacio.

 Pero esos espacios estrellados helados,
 Esos escalofríos del infinito,
 Son por desgracia sólo sueños queridos!
 Nunca me he liberado de verdad,
 Nunca he abandonado en serio a los
 Habitantes de estas tristes callejuelas,
 Sólo he probado la bebida de los dioses!
 Por eso me encuentro tañías veces sumido en el espeso polvo,
 Arrodillado y desgarrado por el dolor,
 Ocupo el banquillo de los pobres pecadores,
 Escucho aterrado mi conciencia,
 En cuya voz ya no creo.



POETA BORRACHO

 Quisiera ser católico,
 Para que el Redentor hubiese muerto por mí,
 Mi vida está completamente arruinada,
 Lo noto en los ojos y en la nuca.
 La muerte está instalada en mi corazón
 Como un fantasma en una casa abandonada,
 Despacio apaga las luces,
 Una tras otra, todas las velas vacilantes:
 Vela del amor, lucecita de la infancia,
 Llama de la poesía, del hada maravillosa,
 Antorcha del placer y de la ceguera dichosa
 ¡Ay, que tenga que veros vacilar y apagaros todas!

 Pronto cuando esté otra vez borracho,
 Llegará un automóvil a toda velocidad,
 Dentro irá algún rico panadero,
 Me conducirá con mano segura a la muerte.
 Ojalá se parta él también la cabeza,
 Ese católico feliz,
 Dueño de casa, fábrica y jardín,
 Al que esperan dos hijos y una esposa,
 Y que hubiese ganado aún más dinero
 y hubiese engendrado más hijos
 Si un poeta borracho
 No se hubiese cruzado delante de los faros de su coche.
 Ante la muerte hasta el panadero se inclina.

 Pero por él murió el Redentor en la cruz,
 Yo, en cambio, no significo nada...




AL POETA INDIO BHARTRIHARI

 Como tú, antepasado y hermano, voy yo también
 Por la vida zigzagueando entre el instinto y el espíritu,
 Hoy sabio, mañana necio, hoy entregado con fervor
 A Dios, mañana febrilmente a la carne.
 Con ambos flagelos del penitente me azoto los costados
 Hasta sangrar: lujuria y penitencia:
 Monje o libertino, pensador o animal,
 La culpa existencial en mí clama perdón.
 En ambos caminos tengo que pecar,
 En ambos fuegos destruirme ardiendo.
 Los que ayer me veneraron como a un santo,
 Me ven hoy convertido en un libertino.
 Los que ayer estaban conmigo en las alcantarillas,
 Me ven hoy ayunar y rezar,
 Y todos escupen y huyen de mí,
Amante infiel, indigno,
 Trenzo también la flor del desprecio
 Entre las rosas sangrientas de mi corona de espinas.
 Hipócrita, camino por el mundo de la apariencia,
 Odioso para mí como para vosotros,
 un espanto para cualquier niño,
 Y sin embargo, yo sé que todos los actos, los vuestros y los míos,
 Pesan menos ante Dios que el polvo en el viento,
 Y sin embargo, yo sé que en esta senda pecadora sin gloria
 Me llega el aliento divino, debo soportarlo,
 Debo seguir, endeudarme aún más profundamente
 En el delirio del placer, fascinado por la maldad.
 No sé cuál es el sentido de esta vida,
 Con las manos manchadas, depravadas,
 Me quito el polvo y la sangre del rostro
 Y sólo sé que tengo que llegar al final de este camino.



AL FINAL

 De repente se extingue la trémula luz,
 Que me atraía con tantos placeres,
 En los dedos rígidos chilla la gota,
 De repente me encuentro de nuevo en el desierto,
 Lobo estepario, y escupo sobre los añicos
 De las fiestas apagadas sin felicidad,
 Hago mi maleta, vuelvo
 A la estepa, porque tengo que morir.
 Adiós, alegre mundo de imágenes,
 Bailes de máscaras, mujeres demasiado dulces;
 Detrás del telón que cae ahora con estrépito,
 Sé esperar el conocido horror.
 Despacio voy hacia el enemigo,
 El peligro me estrecha más y más.
 El corazón, asustado, con fuertes latidos,
 Espera, espera, espera la muerte.

 En 1928 H. H. publicó en una edición pequeña y única estos poemas junto a otros 29: el título del libro: «Krisis, ein Stück Tagebuch von Hermann Hesse» («Crisis, un trozo de diario de Hermann Hesse»), Presentamos a continuación otros dos poemas y un pasaje del epílogo.

HERMANN EL BORRACHO DIJO A JUAN BAUTISTA

 Todo me parece bien,
 ¡Déjanos seguir caminando!
 Las cosas han seguido su curso,
 Nada se puede cambiar ya.
 Mira, soy una casa vacía,
 Abiertas la puerta y las ventanas,
 Los espíritus entran y salen dando traspiés,
 Todos están borrachos.
Tú, en cambio, tienes aún dinero.
 Paga una copa,
 El mundo está lleno de alegrías, es una pena que huelan mal.

 Otros poetas beben también,
 Pero escriben sobrios,
 Yo suelo hacerlo al revés,
 Sobrio soy tímido.
 Pero llegando la décima copa
 Se esfuma la lógica,
 Entonces me divierte hacer poesías.
 Sin sonrojarme,
 Elogio el tiempo que nos toca vivir,
 Alabo sin reservas,
 Un especialista de la afirmación,
 Como quieren los burgueses.

 El que conozca los placeres de la vida,
 Puede relamerse
 Además tenemos derecho
 A reventar mañana.



ESQUIZOFRÉNICO

 Se acabó la canción,
 Haga el favor de volverse,
 Aflójese el cinturón
 Como si estuviese en su casa!
 Deje a un lado su estimable personalidad
 Y elija como traje de noche
 Cualquier encarnación,
 Don Juan o el Hijo Pródigo,
 O la Gran Prostituta de Babilonia,
 Sólo es para un mejor engaño,
 El vestuario está a su completa disposición.

 ¿Conoció quizás a mis padres?
 Formaban parte de los silenciosos del país,
 Pero también ellos estaban perseguidos por el pecado original,
 Si no no me hubiesen puesto en el mundo,
 Claro que esto carece aquí de importancia,
 Para la procreación me sirvo del bulbo,
 Es la máxima dicha de la tierra,
 Y también puede accionarse eléctricamente.
 Así que permita que nos fecundemos amablemente,
 Como debe ser entre padre e hijo:
 Usted podría ocuparse del gramófono
 Mientras yo pago en la sala de Juntas
 Los impuestos oficiales de fecundación.


Hermann Hesse