El gato del espejo se sustenta de mi biblioteca personal, de videos filmados por mí en lecturas, actos culturales, presentaciones de libros, recitales, conferencias, encuentros de poetas etc.. Y que comparto públicamente subiéndolos a mi canal de you toube. Como así también de mi archivo fotográfico personal. Todo lo publicado es sin fines de lucro y solo con el fin de difundir. Podes copiar, levantar, usar nuestro material pero solo te pedimos una cosa, por favor, cita la fuente.

Te invitamos a perderte en los laberintos, a reflejarte en los abismos de los espejos, a navegar por la maravillosa tierra del ensueño que es la Poesía. El Gato del Espejo.Este es un espacio para la resistencia, para derrotar el olvido y celebrar siempre la vida. También para ser confabuladores nocturnos, dueños de nuestros sueños y nuestras esperanzas, este es un lugar que se pulsa desde el gesto sincero y hospitalario propio de la amistad que reinventa mágica y misteriosamente al otro y a los otros.El Gato del Espejo dónde puedes a recorrer el camino del lenguaje sencillo, de la imagen sutil y la pasión más sagrada a través de palabras empapadas de magia: POESÍA. LITERATURA. ARTE.“Poemas para compartir y regalar”. Un lugar que tiende a convertirse en un remolino de hojas sueltas que el viento transporta, de lágrimas como cristales musicales.Una colección de carteles, poemas, imágenes, cuentos, palabras, música y fotos involuntariamente cómicas y también una manera de mirar, de detenerse un poco y dejar que lo cotidiano sea atravesado por el asombro.El Gato del Espejo pretende ser un conjunto de frases nómades que emigran de manos en manos, de corazones en corazones, un cuaderno de bitácora como un árbol que brinde sus hojas, para que puedas compartir y regalar en cada texto, la magia, que contiene este puñado de palabras.

Quiero explicar que todos los post que fueron subidos al blog están disponibles a pesar de que no se muestren o se encuentren en la pagina principal. Para buscarlos pueden hacerlo por intermedio de la sección archivo del blog ahi los encuentran por año y meses respectivamente. también por “etiquetas” o "categorías de textos publicados", o bajando por la pagina hasta llegar al último texto que se ve y donde dice Load more posts (Cargar más entradas) dar click ahí y se cargaran un grupo más de entradas. Repetir la operación sucesivamente hasta llegar al primer archivo subido.

Etiquetas

Videos (76) Rafael Horacio López (50) Baldomero Fernández Moreno (43) Osvaldo Guevara (38) Antonio Esteban Agüero (36) Roberto Jorge Santoro (33) Alejandro Nicotra (32) Aldo Luis Novelli (30) Elvio Romero (28) Vicente Aleixandre (28) Hermann Hesse (27) Aldo Pellegrini (26) Jorge Teillier (25) Enrique Lihn (22) Juan L. Ortiz (22) Carlos Castaneda (21) Daniel Conn (21) Gianni Siccardi (21) Vicente Huidobro (21) Horacio Castillo (20) Circe Maia (14) Gloria Fuertes (14) Horacio Preler (14) Leopoldo "Teuco" Castilla (14) Manuel López Ares (14) O. Henry (14) Olga Orozco (14) Poetas Chinos (14) Antonin Artaud (13) Fernando Pessoa (13) Nicanor Parra (13) Anton Chejov (12) Jose Luis Colombini (12) Música (10) Alejandra Pizarnik (9) Ariel Canzani (8) Manuel Mujica Laínez (8) Claudio Suarez (7) César Vallejo (7) Gabriela Bayarri (7) H. P. Lovecraft (7) Isidoro Blaisten (7) Leandro Calle (7) Marcel Schwob (7) Richard Aldington (7) Rodolfo Godino (7) Sam Shepard (7) Spencer Holst (7) Witold Gombrowicz (7) Café Literario Traslasierra (6) Jorge Ariel Madrazo (6) Octavio Paz (6) Revista El Gato del Espejo (6) Théophile Gautier (6) Felipe Angellotti (3) Mario Torres (3) Grupo Literario Tardes de la Biblioteca Sarmiento (2) Juan Jacobo Bajarlia (2) Leopoldo Lugones (2) Miguel Ortiz (2) Omar Yubiaceca (Jorge Omar Altamirano) (2) Rubén Darío (2) Adrian Salagre (1) Círculo de Narradores de Traslasierra “ Paso del Leon” (1) Eduardo "Lalo" Argüello (1) Eduardo Fracchia (1) Enrique Banchs (1) Jorge Luis Borges (1) José María Castellano (1) Mario Pacho O Donnell (1) Mùsica (1) Oscar Guiñazú Alvarez (1) Pablo Anadón (1) Pablo Neruda (1) Ricardo Di Mario (1) Ricardo Piglia (1) Roberto Bolaño (1) Rodolfo Alonso (1) Roque Dalton (1) Tomas Barna (1) Victor Saturni (1) Victoria Colombini Lauricella (1)
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Esteban Agüero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Esteban Agüero. Mostrar todas las entradas

junio 05, 2017

Canción para decir en la calle, Antonio Esteban Agüero


CANCIÓN PARA DECIR EN LA CALLE

Un día, siquiera, por semana
ensayemos el oficio humano:

Paremos el reloj,
ocultemos el calendario;
no abramos periódico ni libro,
ni escuchamos radio,
y tomemos un ómnibus cualquiera
que nos conduzca al campo.

Y una vez allí,
busquemos un sitio solitario,
entre los pinos
y los álamos
si la vera del agua, si el arroyo
quiere ofrecernos su cristal cercano,
0 en la abierta llanura donde el viento
galopa con los caballos.

Y vivamos,
sí, nada más,
vivamos,
mientras crece la luz, y la marea
de la savia asciende
por arterias de árbol;
vivamos,
mientras vuelan insectos, y las nubes
livianas y lentas como barcos
viajan al sur, y el aire
conduce pájaros;
sí, nada más,
vivamos,
en reposo total como la hierba
que nos da su regazo
de vez en vez oyendo
el oscuro corazón del mundo
que late soterrado.

Sí, nada más,
vivamos,
solamente vivamos.

Antonio Esteban Agüero
De "Canciones para la voz humana" (1973)

junio 04, 2017

Canción del hombre libre, Antonio Esteban Agüero

CANCION DEL HOMBRE LIBRE

A pesar de los guardias que en la noche
azuzan los perros tras la huella
desnuda y leve de los fugitivos,
yo seré siempre libre.

A pesar del alambre que circunda
trozo de bosque o corazón de prado
donde nacen y mueren los cautivos,
yo seré siempre libre.

A pesar de la reja y de la celda
que rezuma humedad y sangre viva
entre los poros de la muda piedra,
yo seré siempre libre.

A pesar de los libros cuya ciencia
tuerce la luz y tuerce la cadena
donde yace el instinto prisionero,
yo seré siempre libre.

A pesar de la radio que destila
vino fatal y cáñamo siniestro
sobre la oreja de la muchedumbre,
yo seré siempre libre.

Antonio Esteban Agüero
De "Canciones para la voz humana" (1973)

junio 03, 2017

Canción de la estrella nueva, Antonio Esteban Agüero

CANCION DE LA ESTRELLA NUEVA

Desde anoche
en la noche
hay una estrella nueva
navegando la sombra planetaria.

Estrella de metal.
Estrella humana.

No nacida de Dios,
como las otras,
sino del hombre
y de su mano pálida.

La saludan erkenchos,
balalaikas,
bandoneones, guitarras,
los tambores del Congo,
el grillo unánime,
un ruiseñor sobre la Selva Negra
y una quena de amor
en Cajamarca.

Estrella de metal
estrella humana,
que navega en la noche
y nos acerca
el viejo sueño
de una sola patria.

Yo me miro las manos
y las beso
con emoción de lágrimas...

Antonio Esteban Agüero

De "Canciones para la voz humana" (1973)

junio 02, 2017

Preludio cantable, Antonio Esteban Agüero

PRELUDIO CANTABLE

De nuevo,
nuevamente,
como hace tres mil años,
cuando Homero
soltaba mariposas,
pájaros
dioses,
arqueros
y barcos
en medio de las plazas,
al borde de los patios,
sobre azoteas claras,
en ciudades de muros herrumbrados
y la gente
-marineros,
campesinos,
soldados-
disputaba lugares para oírle,
regresemos al Canto.

Como al viejo país,
y a sus banderas,
que una vez traicionamos;
como aquél que regresa
luego de un ciego, largo
difícil, triste viaje
al hogar de los padres y comprende
que allí esperaba lo buscado.

Porque si nosotros
desertamos,
que será de los Hombres
entre los números frenéticos,
los conceptos abstractos,
las leyes que venden la alegría,
el acero, el asfalto,
la penumbra gregaria de los cines,
que vulnera la lumbre de los machos
y corrompe la savia de las hembras,
los trenes subterráneos,
el olor al petróleo y al aceite
quemados, -
la anémica hierba de los parques,
los departamentos cuadriculados
donde gimen las flores y agonizan
los niños de mirar anciano,
y el yermo
oscuro cielo
sin campanas,
estrellas,
tempestades
ni pájaros?. .

O es que ya no tenemos sangre,
ni corazón caliente
como sol en el pasto,
ni pies caminadores,
ni prensiles manos,
ni la hoguera del sexo
quemándonos,
ni frente con verdes fantasías,
ni garganta, ni labios,
ni oreja que ansíe ruiseñores,
ni mirada sedienta de praderas, .
ni el instinto mágico
que nos une a las bestias,
a la tierra y los astros
por venas sutiles,
por raíces agudas como garfios?...

Vosotros: los traidores,
minúsculos estetas
que destiláis veneno de una rosa
destruida por pintores abstractos,
vosotros: los selectos,
los exquisitos, - -
los asépticos y asexuados
que escribís para el oído electrónico
de los robots mecánicos,
por qué no bajáis de las torres
y quemáis las heladas bibliotecas
donde guardáis ratones y mentiras,
y hundís vuestros barcos
y volvéis a la tierra nuevamente,
a caminar descalzos
por la tierra desnuda y poderosa,
sucia de pueblo y polen,
imputa de animales,
hojas secas
y barro?. . .

De nuevo,
nuevamente,
como hace tres mil años,
ocupemos la silla abandonada
en la casa del Hombre,
a la orilla del pan que nos sonríe
con su cara de trigo
milenario,
a la vera del fuego,
en la sombra del patio,
junto a la sal y al vino
y al reloj cuotidiano.

De nuevo,
nuevamente,
como hace tres mil años,
hablemos la lengua que comprendan
el corazón
y los nervios  humanos,
el idioma secreto de la Vida,
donde cada vocablo
tiene olor,
y calor,
y sabor
como las frutas en verano
y acaricia la boca que lo vierte,
y la oreja que lo recibe,
y la cuerda del aire donde el eco
continúa vibrando.

Por qué no cantar
en el idioma humano,
tan lleno de músicas antiguas,
por mareas de sangre circulado,
difícil y diverso,
mutable y extraño,
para que el obrero
comprenda nuestro canto,
y el campesino después de la cosecha,
y el profesor universitario,
y el niño,
y la joven casada,
y el anciano?. ..

Nuestro corazón,
con su forma de siempre sobre el tiempo
no ha cambiado
ni puede cambiar mientras el Hombre
tenga pies, tenga manos,
y el pulgar oponible que transforma
en mensurable realidad los sueños
y los fantasmas imaginados;
nuestro corazón antiguo,
corazón cuaternario,
desde siempre salvaje,
para siempre patético,
contemporáneo
de la flecha de sílice,
los helechos más altos que los cedros,
las serpientes aladas,
y el arquero emplumado,
donde brota la luz cada mañana
con el mismo temblor iluminado
de las prímulas silvestres
sobre el pecho del prado.

Retornemos al Pueblo,
recuperemos cantando
la confianza del Pueblo que perdimos
sirviendo a los amos,
divirtiendo a las damas melancólicas,
lamiendo látigos,
vendiéndonos,
mintiendo,
traficando.

No nos importe nada
si vedan las puertas de repente
con decretos y púas de alambrados,
no nos importe nada,
construyamos el Canto,
nuestro intimo Canto colectivo,
germinado a la sombra de la sangre
y entre las olas de su pulso claro.

Y salgamos
por las calles del mundo
a caminar de nuevo entre los hombres;
salgamos,
vestidos de niebla, con la ropa
de los vagabundos y los humillados,
por los caminos donde llueve luna
y sopla el libre,
-oh, todavía libre-
joven y verde vendaval del campo;
salgamos
por las calles del Mundo,
mendigando
un mendrugo de pan
y otro de sueño;
salgamos
a golpear en las puertas,
con un tímido golpe,
en toda puerta,
para dar nuestro Canto.

De viva voz,
con tono de verso murmurando,
con voz de varón adolescente
que descubre el amor con la muchacha
a la vera de un árbol,
como ladrón que lleva
los diamantes robados,
así, de viva voz,
secretamente,
el poema o la canción digamos.

De repente el hombre de la casa
en la' creencia de que escucha pasos
llegaráse a la puerta con el miedo
en los ojos, y el cansancio
del que mora en la cueva de la angustia
para escuchar la sombra del asfalto.
-No era nadie~ dirá luego -Nadie;
sólo el viento de otoño, el aire sólo
que transita descalzo. . .-
Y tornara a su sitio, ante la mesa,
a la par de la esposa y el chiquillo
que duerme en el cielo del regazo…
Y yo, el Poeta,
seguiré cantando:

Un canto que nombre la esperanza;
viento y marea de pájaros;
cigarras sentidas en la siesta;
la fatiga de espaldas sobre el pasto;
las miradas estrellas que nos miran;
el minero cuando quiebra el cuarzo;
las nubes que pasan con la lluvia
sobre desiertos de metal quemado;
sembradores que siembran con el alba;
cosechadoras de racimos claros;
muchachas y el nombre que dibujan
sobre la almohada del horizonte blando
los ríos y el cielo sobre ríos;
el festival de los álamos;
arroyos que fluyen entre piedras;
el deseo que asciende y el abrazo;
los niños que juegan y en el juego
nos recrean el mundo que habitamos;
las colinas redondas y lejanas;
el esplendor de los caballos;
el olor de la hierba cuando crece;
las florecitas de perfume alado;
la noche y el soplo de la noche
sobre los cabellos despeinados;
el fuego dormido en la madera;
las bestezuelas de calor intactos;
la piedra también porque la piedra
contiene el misterio planetario;
el Sol tantas veces como sea
sobre los cuerpos ávidos;
la Vida no más, la Vida sola,
más allá de la Muerte y el Pecado;
lo viviente no más en la frontera
del universo carnalmente humano...

De nuevo,
nuevamente,
como hace tres mil años
cuando Homero
soltaba golondrinas,
milagros,
arqueros,
sirenas,
y barcos
en medio de las plazas,
al borde de los patios,
sobre azoteas claras,
en ciudades de muros herrumbrados,
y la gente
-marineros,
campesinos,
soldados-
disputaba lugares para oírle,
regresemos al Canto.


Antonio Esteban Agüero

De "Canciones para la voz humana" (1973)

junio 01, 2017

El molino, Antonio Esteban Agüero

EL MOLINO

Agua, ciénagas, sauces,
y un caserón casi en ruinas.
donde las muelas no muelen,
donde no zumba la vida.

Agua, ciénagas, sauces,
y al pie de un cerro: el molino
que supo de mis abuelos
haciendo harina su trigo.

Antonio Esteban Agüero

De Poemas Lugareños (1937) canto a la sierra de los Comechingones

mayo 31, 2017

Digo el mate, Antonio Esteban Agüero

 DIGO EL MATE


Porque sábado es hoy y la mañana
como una fruta desde el tala cae,
y soy joven y sano, y me navegan
tradiciones y música la sangre,
quiero ser otra vez, entre vosotros
para decir y celebrar el Mate.

De Guarania nos vino con la Yerba
que resume fragancias tropicales,
y ese barro de América que un día
vio que llegaban sigilosas naves,
con cadenas, y perros y arcabuces,
y duras voces vulnerando el aire;
Verde Yerba de América, divina
como todas las cosas naturales
Santa Yerba de América, sembrada
y tendió la llanura hacia naciente,
y hacia poniente levantó los Andes,
y la Coca sembró para los Quichuas,
y el Algarrobo para pan del Huarpe.

Yo era niño –recuerdo- y la primera
memoria verde se remonta al Mate,
en mi casa de Merlo, donde el día
comenzaba a girar cuando mi Madre
sorprendía el hervor de la tetera
entre volutas de vapor quemante:
Y era luego la lenta ceremonia,
vieja suma de gestos y ademanes,
aquel ir y venir de la cuchara,
la visión del azúcar, el fragante
esplendor de la Yerba, la bombilla
con doradas virolas y espirales,
y el porongo de plata que tenía
curva de seno adolescente y grácil,
y cobraba, de premio, en la penumbra
nítida luz de religioso cáliz;
Ubre dulce me fue, mi vino verde,
mi pan primero, mi nodriza amante.

Yo recuerdo sus íntimos sabores,
y también sus diversas variedades:
Dulce Mate del alba que se bebe
morosamente al emprender un viaje,
en la puerta de casa mientras miro
entre neblinas despertar el valle;
y aquel Mate primero del retorno
por la sombra con grillos de la tarde,
que nos vuelve liviana la fatiga
sobre los hombros como un ala de ave;
y ese Mate que beben los troperos
cuando regresan de Salinas Grandes;
y aquel Mate nocturno que me diera
una muchacha cuya boca suave
daba un beso primero a la bombilla
como manera de poder besarme;
y aquel Mate gustado en la cocina,
escuchando al anciano Magallanes,
dibujar sobre el humo las historias
del Niño Ladino y de Urdemales;
y aquel Mate que sabe a veramota
y el que guarda memoria del husillo;
y el que a mastuerzo y mejorana sabe;
y el que una gota de aguardiente trae;
y ese Mate gustado en la penumbra
que conforman higueras y nogales,
mientras crece la siesta, y la cigarra
el masculino corazón me tañe;
y aquel Mate de bodas, con su gusto
a rama nueva, a porvenir, a encaje;
y ese Mate bebido en Carolina
y el que bebí en la Sierra El Gigante;
y el que un día me dieron en Trapiche;
y el que supe gustar en Rumi-Huasi;
y aquel fúnebre Mate que bebimos
en el velorio de Adelaida Chávez,
lamentando su muerte y admirando
su juventud de porcelana frágil...

Pueblo somos por Él; desde centurias
su costumbre nos forma, como sabe
modelar un cacharro el alfarero
con la destreza de su mano suave;
él nos dio, generoso, las virtudes
que entrelazan raíces esenciales
en el nudo del ser, y nos perfilan
un idéntico rostro innumerable;
porque en Él se juntaba la Familia,
como el agua diversa sobre el cauce,
y al juntarse quebraba el egoísmo,
el monólogo torpe, las cobardes
galerías del odio, y frutecía
sobre mazorcas de granar afable;
y nos fue profesor de democracia,
a pesar de los hierros coloniales,
porque supo igualar a la bombilla
la sed del Hijo con la sed del Padre,
el dolor de la criada y la señora,
la hartura del rico con el hambre
milenaria del pobre, de tal modo,
que supimos medir en lo que vale
la celeste razón que nos convierte
en ciudadanos civilmente iguales.

Y por qué no decir las Cebadoras,
que vestidas de sedas o percales,
o calzadas de tímida alpargata,
o con zapatos de charol brillante,
bajo el sol y la luna de la Vida
supieron darme los mejores mates;
viejas eran algunas, con el rostro
a corteza del molle semejante,
lindas eran algunas, otras feas,
desgarbadas, coquetas, elegantes,
con cabello retinto como el ala
voladora de tordos y zorzales,
o teñido por leve plenilunio,
o lo mismo que sombra de trigales,
pero en todas igual se prodigaba
la gracia criolla como miel amable.

Sólo nombres conservo, como guarda
de las flores su olor el caminante:
Doña Mercho Cornejo, Lola López,
Francisca Cuello, Evangelina Páez,
Reginalda Lucero, Pancha Orozco,
Adelina Yanzón, Rosario Báez,
Clara Chiringo, Petronila Gómez,
Minerva Leyes –prima de mi padre-,
Doña Delia Baigorria, Doña Isaura,
Sara Bedoya, Encarnación Morales,
y una anónima joven de Punilla,
y la por siempre recordada Carmen.

¿Por donde andarán ahora que las digo,
y las vuelvo una esencia para el Arte?
¿Cuál cocina gobiernan? ¿Qué alacena
acomodan y limpian? ¿Qué zaguanes
las contemplan barrer por la mañana
con las escobas de pichana? ¿Cuáles
los arcones que ordenan en domingo?
¿Qué chirigua las oye entre los sauces?
¿Dónde sueñan, o lloran? ¿Dónde ríen?
¿Bajo cuál piedra con su nombre yacen?

De repente me callo porque siento
una voz que me nombra, y, acercarse,
sobre un tímido andar y una mirada,
cálido, y dulce, y nacional, el Mate...


Antonio Esteban Agüero

De Los “Digo” del Poeta. Un hombre dice su pequeño país (1972, Edición Post Mortem)


mayo 30, 2017

agosto 22, 2016

Digo a Juana Koslay, Antonio Esteban Agüero

Digo a Juana Koslay


Capitanes vinieron del poniente
por horizontes de nevada piedra
más allá del Arauco hasta las rucas
donde los Huarpes aguzaban flechas,
o machacaban maíz en la conanas,
o pintaban sus ánforas de greda;
capitanes de yelmo y armadura
sobre caballos con la crin espesa,
que asentaban sus cascos españoles
en este suelo por la vez primera;
masculinos y duros, con la espada
sobre los muslos, y en la faz severa
cicatrices de herida o de malaria
y la fatiga de un millar de leguas.
Recorrieron llanuras donde el jume
les prestaba su luz en las hogueras,
y arenales de luna, y salitrales
donde la Vida se tomaba yerma,
y vadearon un Río en cuyas aguas
era la sed una amargura nueva.

Y una tarde los duros Capitanes,
consumidos de páramo y espera,
hacia el Este del sol y la calandria
vieron de pronto levantarse sierras.
"Aquí será" - dijo una voz de mando -
porque el aire es azul, el agua buena,
y la montaña nos ofrece amparo
si el indio quiere provocarnos guerra".
Y al sentir esa voz descabalgaron,
y tres veces ondearon las banderas.
El Capitán entonces con la espada
trazó en el aire una ciudad aérea,
dibujando la plaza y el ejido,
acá el cabildo, más allá la iglesia,
el fortín al llegar a las colinas,
allá los ranchos de la soldadesca.
Y al mirar una fuga de venados,
con ese nombre bautizó a las Sierras
y a la ausente Ciudad que dibujaba
con el acero de su espada nueva.

Y después silenciosos Michilingues
con su Jefe, Koslay, a la cabeza,
les trajeron la paz en el saludo
y las cosas y frutos de la tierra;
Y entretanto Koslay permanecía
rodeado por arqueros y doncellas,
la hija suya, una hija que tenía
suave los ojos y la cara fresca
y nocturnos cabellos que apretaba
una vincha de plumas como seda,
miraba sonriente y en los ojos
nido le hacia a la mirada tierna
de un soldado español en cuyo pecho
amor ardía en olorosa hoguera;
Gómez Isleño se llamaba, aquí
digo su nombre para que la tierra
no lo olvide jamás porque el soldado
se desposó con la muchacha aquella
y fundó la progenie cuya sangre
da a nuestra gente claridad morena.
Juana Koslay, Juana Koslay, ¡Oh, Madre!
Virgen dulce de Cuyo, Flor de América,
reverente me inclino y te saludo
porque tú fuiste la semilla nuestra
y nos diste color americano
centurias antes que la patria fuera.
Juana Koslay, Juana Koslay, ¡Oh, Madre!
nada guarda tu nombre, ni siquiera
plaza civil, o silenciosa calle,
o troquel de medalla o de moneda,
o fuente comunal o flor de bronce
en San Luis del Venado y de las Sierras.
Pero yo, tu hijo, tu memoria canto,
y hago del verso corazón de piedra
Juana Koslay, Juana Koslay, ¡Oh, Madre!
para que nunca en los puntanos muera.

Antonio Esteban Agüero

de "Un hombre dice a su pequeño país"

agosto 21, 2016

Canción del buscador de Dios, Antonio Esteban Agüero

Canción del buscador de Dios

Siempre buscando;
desde niño buscándolo;
buscando.
A través de la sombra y la neblina;
sumergido en la zona de penumbra
que separa los días de las noches,
y al cristiano también
del no cristiano,
por laberintos de la sangre oscura.
Siempre buscando;
desde niño buscándolo;
buscando.
Golpeando viejas puertas
clausuradas de bronce martillado;
gastando los ojos en las hojas
de antiguos libros muertos;
vigilando la savia cuando sube
por racimos y flores de verano;
escuchando palomas y cigarras;
mirándome en espejos
esta pálida frente,
estas frágiles manos,
esta boca que guarda la palabra,
oyendo la música que llueve
desde el silencio de los astros.
Buscando;
desde niño buscándolo;
preguntando
por las calles donde está la gente,
por caminos del campo.

Por veces mendigando
la respuesta total
a la total pregunta.
Yo quería encontrarlo
(yo solo descubrirlo)
donde quiera que fuese para darle
mi agradecimiento humano,
por la cósmica lumbre que me habita,
por la gota de vida que me nutre,
por este débil corazón desnudo
que siento pulsar en mi costado.

Darle las gracias, sí,
por haberme construido como soy;
de sueño, de madera,
de cóleras y miedos,
de bondad y ternura,
de soledad y de razón pensante,
de claridad,
de sombras, de música y pecado.
Descendí por él a catacumbas,
anduve por túneles cerrados,
batallé con demonios,
conocí a la serpiente
y el abrazo
de su lívido cuerpo
de aceros anillados,
me frecuentaron
dragones y brujas increíbles;
y alguna vez solté, como a villanos,
las locas miradas por el cielo,
lejos de mí del mundo,
desprendidas del ser y de los ojos
el infinito solo navegando.
Y yo buscando;
desde niño buscándolo;
buscando...
Lo imaginaba ajeno,
misterioso,
terrible,
lejano.
Después de muchos viajes,
(ya en la curva más allá de los años)
de tormentosos viajes, con las velas
y los mástiles rotos, circundado
por el horror del mar donde las olas
eran de fría soledad de nada,
recordé una capilla entre los cerros,
los claros cerros de cristal morado,
y una joven pareja que venía
con un niño en brazos;
rememoré la pila con el agua,
las gotas de luz sobre la frente
los maderos en cruz, y la figura
solitaria y herida por los clavos.

Me recordé pequeño.
(el sabor de la sal sobre los labios)
volví a verme pequeño,
y recordé que el nombre que llevaba
era el nombre del niño que sentía
bajar sobre su frente
la santa cruz de agua ...
Yo dije: Dios, oh Dios. Oh Dios.
Aquello fue tremendo,
un cósmico relámpago,
como si el mismo Sol me detonara,
granada solar, entre las manos,
como la luz aquella de la bomba
que aniquiló la tarde en Hiroshima ...
Y dije: Dios, oh Dios. Oh Dios,
y dejé de buscarlo;
campanas sonaban por mi sangre
y dejé de buscarlo;
cantaba un millón de ruiseñores
y dejé de buscarlo ...


Antonio Esteban Agüero

agosto 20, 2016

Canción para saludar al sol, Antonio Esteban Agüero

Canción para saludar al sol

Desnudo,
con las manos en alto,
Te saludo.
Con gritos de flores,
y suspiros de hierbas,
te saludo.
Como el joven gallo
de cresta morada que presiente
tu marea en la sombra,
te saludo.
Con la voz,
con el pulso,
con el yo,
desde el nudo
de serpientes azules
y escarlatas
donde surge la sangre,
te saludo.
Como un pájaro ciego,
te saludo.
Como una cigarra moribunda,
te saludo.
Como un viejo lagarto,
y una hoja reciente,
te saludo.
Habitado de semen,
sumergido en el polen,
te saludo.
Con relincho
y susurro,
por el potro y la abeja,
te saludo.
Llovido de lagrimas,
alegre,
vencedor de la niebla,
joven,
puro,
percutiendo tambores,
te saludo.
Como el niño que corre
por túneles oscuros
horadando la noche con las
uñas,
te saludo.
Con la piel,
te saludo;
con cada cabello,
te saludo;
con las vísceras todas
te saludo.
Solitario,
desnudo,
masculino,
da pie en la colina
te saludo.


Antonio Esteban Agüero

agosto 19, 2016

Digo los primeros días, Antonio Esteban Agüero

 Digo los primeros días

Después hacia el Norte, por el Este,
otro soldado de apellido César,
que venía con naves de Gaboto
ancladas donde el Paraná refleja
las barrancas con ceibos sonrosados
y susurros del agua en las junqueras,
precedido por veinte de los suyos
halló montañas y subió por ellas,
y al llegar a los últimos roquedos,
sobre el Cerro que dicen de La Oveja,
sintió que a los ojos le venía,
sobre una luz amaneciente y bella,
horizontes del Valle del Conlara
en verde, azul y vegetal marea.

Poco después el Capital Francisco
de Villagra, mandado por Cabrera,
entró por el Norte a la Provincia,
anotando las tribus y las hierbas,
mensurando los ríos y las nubes
y la luz y las sombras de las leguas,
hasta que un día en el lugar que todos
nombran y dicen de Las Cortaderas,
vio reunidos a los Comechingones
la rara tribu que habitaba cuevas
y adoraba a Llastay, y convertía
en cera dócil la más dura piedra,
sonó el tambor y los clarines,
y entró en batalla con la raza aquella.
Ah, qué podían descalzos cazadores
contra caballo que incitaba espuela.
Oh, qué podían la honda y el guijarro
contra arcabuces de explosiva fuerza.
Ah, qué podía la frágil epidermis
contra la cota acorazada y férrea.
Si aún ahora campánulas que nacen,
cuando sube la luz de primavera,
en aquel sitio de la muerte injusta
abren corolas de humedad sangrienta.

Y éstos fueron los días iniciales,
horas de horror, pero también de fiesta,
porque el polen viril los fecundaba
violentando clausura de fronteras;
horas de fe, días de sol naciente,
horas de crear, días de casa nueva,
claras horas de hacer el Inventario
que redactaba, con la pluma trémula,
sobre el ronco tambor, o la montura,
mano que un día invalidó la guerra;
horas trayendo la primer semilla
de nogal o de vid, la primer yegua,
el primer asno, la primera cabra,
el primer toro y la primera oveja,
y el arado primero y la guadaña
para los tallos de la mies primera…

Antonio Esteban Agüero
De Los “Digo” del Poeta. Un hombre dice su pequeño país (1972, Edición Post Mortem)

Buscador

Nos Leen