El gato del espejo se sustenta de mi biblioteca personal, de videos filmados por mí en lecturas, actos culturales, presentaciones de libros, recitales, conferencias, encuentros de poetas etc.. Y que comparto públicamente subiéndolos a mi canal de you toube. Como así también de mi archivo fotográfico personal. Todo lo publicado es sin fines de lucro y solo con el fin de difundir. Podes copiar, levantar, usar nuestro material pero solo te pedimos una cosa, por favor, cita la fuente.

Te invitamos a perderte en los laberintos, a reflejarte en los abismos de los espejos, a navegar por la maravillosa tierra del ensueño que es la Poesía. El Gato del Espejo.Este es un espacio para la resistencia, para derrotar el olvido y celebrar siempre la vida. También para ser confabuladores nocturnos, dueños de nuestros sueños y nuestras esperanzas, este es un lugar que se pulsa desde el gesto sincero y hospitalario propio de la amistad que reinventa mágica y misteriosamente al otro y a los otros.El Gato del Espejo dónde puedes a recorrer el camino del lenguaje sencillo, de la imagen sutil y la pasión más sagrada a través de palabras empapadas de magia: POESÍA. LITERATURA. ARTE.“Poemas para compartir y regalar”. Un lugar que tiende a convertirse en un remolino de hojas sueltas que el viento transporta, de lágrimas como cristales musicales.Una colección de carteles, poemas, imágenes, cuentos, palabras, música y fotos involuntariamente cómicas y también una manera de mirar, de detenerse un poco y dejar que lo cotidiano sea atravesado por el asombro.El Gato del Espejo pretende ser un conjunto de frases nómades que emigran de manos en manos, de corazones en corazones, un cuaderno de bitácora como un árbol que brinde sus hojas, para que puedas compartir y regalar en cada texto, la magia, que contiene este puñado de palabras.

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enero 31, 2016

La place de L´etoile de Robert Desnos por Antonin Artaud

LA PLACE DE L´ETOILE  de Robert Desnos por Antonin Artaud

La Place de l”Etoile de la que se trata en la obra de Robert Desnos no es la que irradia al final de la Avenida de los Campos Elíseos en París, sino el lugar que una estrella todavía nunca salida del vacío del corazón tiene que buscar. Los fantasmas existen, no deja de repetir Robert Desnos a lo largo de este anti-poema que ha querido decir acerca del destino secreto de las
cosas visiblemente más que toda la Tragedia. Este texto que no se asemeja a ningún texto conocido, no está en efecto escrito. Pero está ahí, mucho más que gran cantidad de cosas escritas, quiero decir que hay golpes de cortafrío entre todas las palabras espectrales emitidas por los interlocutores, como de un hombre que ha querido permanecer al margen del ser y hacer saltar dentro su voluntad de elocución. ¿Pues de qué se trata en esta obra sino efectivamente de nada, quiero decir de ese insano azar, de esa imposible emulsión de ausencias donde siempre tiene lugar lo improbable y nunca la realidad? Una ebullición a propósito de nada. - Pero yo veo en ella mucho más que eso: la historia de un alma que jamás ha podido vivir y que finalmente ha sido separada de la existencia por el tifus en un campo de
exterminio.
Robert Desnos, cuando escribió esta obra, se sabía ya amenazado de muerte cuyos fantasmas no dejaba de ver y, ala inversa de todos los hombres, él lo decía, sin temor a ser tomado por un alucinado. Pues esta vida no es más que un mundo de larvas y fetos emitidos por el mezquino inconsciente de todos los seres, y que no tienen otra preocupación ni otro fin que
montar guardia día y noche alrededor de todas las conciencias sospechosas de no querer entregarse como ellas al principio de inhibición. Que consiste tan humorístico principio no en vestir a los otros con pensamientos que no se desean sino en robar a las buenas conciencias todos los pensamientos que ellas inhiben, con el fin de aprovecharse de estos en su lugar y para ellas hasta su descomposición, y devolverlas descompuestas e infectas y de hacerlo por inhibición a continuación hacer caer el peso de esta infección, en, sí mismo, conservándose salvos. Y así fue como Robert Desnos murió de tifus en un campo de exterminio donde la “guardia-chusma” nazi tenía tras si y a través de si' un ejército de hechizadores judíos o cristianos. Pues Robert Desnos el autor de este anti-poema “la Place de l”Etoile” era ante todo un poeta que jamás había podido aceptar la vida, una flor demasiado rara para este mundo y que desde su nacimiento sólo vivió ahogada y asfixiada... Y yo he visto en el cristal de la sala donde escribo este artículo sobre él el alma de Robert Desnos que me ayudaba a hacerme en mi espalda la tau acerada de la espada que conservará su memoria en mi cuerpo hasta el día del juicio.
El libro de Robert Desnos fue publicado en Rodez por Gaston Ferdière, alma perdida desde antes del desastre de la primera Atlántida y que desde hace tantos siglos se busca bajo un montón incontable de muertos. Pues para él el culto de la amistad no ha muerto.

ANTONIN ARTAUD

De Cartas desde Rodez, Editorial fundamentos (1980)

enero 30, 2016

Texto surrealista, Antonin Artaud

Texto surrealista

El mundo físico todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y sobre el cual ha quedado un pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire seco, de una coagulación de agua que refluye. Pero algo sucedió de golpe.
Nació una arborescencia quebradiza, con reflejos de frentes, gastados, y algo como un ombligo perfecto, pero vago y que tenía color de sangre aguada y por delante era una granada que derramaba también sangre mezclada con agua, que derramaba sangre cuyas líneas colgaban; y en esas líneas, círculos de senos trazados en la sangre del cerebro.
Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en el temblor general, en las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en añicos de frentes, y sacudía su vegetación de columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus montañas mentales, sus frontones estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles habían quedado aprisionados al azar, soles sostenidos por chorros de aire como si fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el aire en copos y los espejos
de soles y las espiras nacientes, hacia la línea preciosa de los seno, y el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba.
Pero todas las columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas nacen huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos.
La montaña está muerta, el aire esta eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un mundo, todos los ruidos están aprisionados en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha congelado.
Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre desnudo y privado de hielo,
y ascienden soles dados vuelta y que se miran, lunas negras, fuegos terrestres, trombas de leche.
La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo de mi alma, que surge como un triángulo en llamas.

Antonin Artaud
Publicado en "La Révolution Surréaliste", N° 2 (1925)

Versión de Aldo Pellegrini

enero 29, 2016

El Surrealismo y el fin de la era Cristiana, Antonin Artaud

EL SURREALISMO Y EL FIN DE LA ERA CRISTIANA

Hay una historia del surrealismo, y yo la conozco muy bien en efecto, pero no es lo que se piensa. Para todo el mundo el surrealismo no es más que un ismo más añadido a todos los ismos que se pudren en los libros; y que torpemente se hacen leer eh las clases de todos los organismos de hombres como hierbas buenos para florecer y morir con un ismo más para pudrirlos en su tumba. Clasicismo, romanticismo, simbolismo, futurismo, cubismo, cuál es la muerte que todavía recuerda vuestros muertos y qué habéis hecho con vuestros muertos: ¡libros! Todos aquellos que vivieron no están ya allí. Incluso en fuerzas fuisteis sino rizos, rizos aceptados del ser, como se riza una cabellera con tenacillas con el fin de marcarla, modas en
modas como modas de sombrerero o de costura, modas tono de música y modas como modalidades. El clasicismo, el romanticismo, el simbolismo fueron esos rizos encima y que en un momento creyeron captar el corazón pero no supieron amotinar la vida. El motín es un motín del yo dentro del alma y del alma en medio del yo. A espíritus muertos-nacidos se les hace la boca agua y el anarquismo y sueñan con una insurrección en la calle, cuando ni siquiera han sabido amotinarse en contra de la eterna estupidez del espíritu; quién ha sabido su yo hasta sacarle la sangre de una lágrima en pintura o poesía. Para encontrar un poema que me hiciese llorar esas lágrimas rituales de los padres en torno a un ataúd, sino lágrimas intestinales que se tienen para llorar a la Belle Heaulmière, me remonto hasta la Edad Media y ahí encuentro a François Villon. ¿Quién era usted François Villon? ¿Qué alma de sexualidad tenía usted, qué abismo de sangre y de esperma que revolvía su abdomen, le dictó ese poema de lágrimas, ese poema de un combate interno donde es el alma la que se llora en ella dentro del desastre de su cuerpo y se llora más lejos que el cuerpo, pero en el cuerpo, a borbotones en la actitud del alma muerta y que sondea su sexualidad? Pues el alma está en esa actitud sentada con su cabeza entre las rodillas y los brazos rodeando las piernas como para recoger las tibias y ponerse a andar en la muerte. Pues el alma es un sexo pero que se esconde en la columna de las tibias condensadas hasta su medida y no se mostrará desnuda más que a su elegido, y hasta entonces será repelente y acartonada como un cuerpo de vieja despreciado, que se transferirá al elegido y ante él se metamorfoseará. Este fue entonces el problema de fondo que planteó la Belle Heaulmière, y es el de la inquietud de todos nosotros.
¿Dónde está el alma en nuestro cuerpo y qué es el alma para nuestro cuerpo? Está en todas partes, no es nada y es todo, ya que es este cuerpo por dentro y por fuera. El dolor del motín
del yo en el alma y del alma en todo el cuerpo, he aquí en lo que basar una revolución capital que no escribe sino para quemar los libros con hierro candente y no habla sino para aniquilar el lenguaje, y manifestar estados del corazón, no como la sonrisa de un soplo, sino como el borborigmo básico donde se expectora un corazón que incendia. Hacer surrealismo no es
traer lo surreal a lo real, donde llegará a enmohecerse y a dormir, a pilarse y depositarse, en los cristales empotrados de los libros, sino elevar materialmente lo real hasta ese punto en que
el alma debe salir en el cuerpo y no dejar de amotinar al cuerpo.
Es lo que el mundo todavía no ha conocido y lo que el surrealismo no ha podido hacer. Pues el alma del hombre actual está prisionera de un cuerpo malo que le prohíbe toda poesía, y lo
obliga a vivir bajo el 'yugo irremisible de las leyes, ya sean del ejército, de la policía, de la iglesia, de la justicia o de la administración. Y principalmente son las leyes de la iglesia.
Fue en 1918 cuando sentí en mí las primeras mordeduras de esas nostalgias del alma que nos atormentan para tomar cuerpo. Música, teatro, pintura, poesía, comprendía que eso no eran ya concreciones suficientes, concreciones destinadas a perecer un día a perder fuerza, y que el fuego que ardía dentro de mi necesitaba muy otras corporízaciones. Pero cómo conmover a lo real hasta llegar a esa encarnación mayor de un alma que en un cuerpo encarnado le impondrá la penosa carne sexual, la carne de alma de su verdadero cuerpo.
Sabía que había pasado el tiempo de los magos, de los ensalmadores, de los escamoteadores, de los médicos, de los charlatanes, de los faquires, de los embaucadores, de los malabaristas
y los hechizadores. También el tiempo de los ilusionistas y los brujos, y que no se hacen las cosas de golpe, sacramentalmente y mediante subterfugio como en la misa, sino paso a paso y
por escalones como un albañil ante su pared o un campesino tras su arado. La materia cuando es buena es reacia y se niega a realizarse hasta que su ser está satisfecho, su ser cuerpo de su
moralidad, digo moralidad interna en medio de las exigencias de todo.
Te adoro, le dice a su creador, pero ser, no lo soy, no yo no soy un ser, y si tú no me das plena satisfacción en medio de las exigencias del ser, ineluctablemente yo también antes de ser, en el ser te traicionaré. Y la materia tiene razón en desobedecer tanto a dios que le niega toda satisfacción para nacer y que lo pare con las angustias extrauterinas del esfínter (con el fin de reservarse para él y sus ángeles todas las insondables delicias totemizantes, tumuluarios del parto) como, digo, esta materia, desobedecer a los ángeles en un bienestar que le hace
creer que él es la vida, cuando jamás ha hecho otra cosa que hacer reírse burlonamente de la vida con ilusiones y prestigios que descentran mediante inmundas titilaciones, que descentran
igual que readaptan el alma al yugo de un ser, fuera del ser de su propia vida.
Este fue todo el tenebroso trabajo que el surrealismo cuando nació no quiso imponerle a la materia, para precipitarla prematuramente a las delicias de la calidad del ser; no entregarse la magia, seguir la vía uterina y anal de las cosas, la vía de la libido auténtica, sondear toda la libido tanto con el automatismo despierto, como con el autoelectrismo de los sueños, y no hacer estallar fuera el resultado de estos terribles sondeos ante de que la angustia interna del buscador, por hambre y por dolor enamorada, no le haya impuesto por fin ser ese ser que se
sondeaba, y se deseaba así, no como su enamorada en él, sino como su más auténtica e insondable voluntad de vida, y que el alma no ha dejado de imantar en el fondo de la libido del sexo, y de llamar flor para la eternidad.
Es lo que yo buscaba hacia 1918 y un día me di cuenta de que otras almas como la mía buscaban la misma cosa que yo, salir del mundo como se entra en el mundo, pues en el mundo
no somos.


ANTONIN ARTAUD

De Cartas desde Rodez, Editorial fundamentos (1980)

enero 28, 2016

Noche, Antonin Artaud

Noche

Los mostradores del cinc pasan por las cloacas,
la lluvia vuelve a ascender hasta la luna;
en la avenida una ventana
nos revela una mujer desnuda.

En los odres de las sábanas hinchadas
en los que respira la noche entera
el poeta siente que sus cabellos
crecen y se multiplican.

El rostro obtuso de los techos
contempla los cuerpos extendidos.
Entre el suelo y los pavimentos
la vida es una pitanza profunda.

Poeta, lo que te preocupa
nada tiene que ver con la luna;
la lluvia es fresca,
el vientre está bien.

Mira como se llenan los vasos
en los mostradores de la tierra
la vida está vacía,
la cabeza está lejos.

En alguna parte un poeta piensa.
No tenemos necesidad de la luna,
la cabeza es grande,
el mundo está atestado.

En cada aposento
el mundo tiembla,
la vida engendra algo
que asciende hacia los techos.

Un mazo de cartas flota en el aire
alrededor de los vasos;
humo de vinos, humo de vasos
y de las pipas de la tarde.

En el ángulo oblicuo de los techos
de todos los aposentos que tiemblan
se acumulan los humos marinos
de los sueños mal construidos.

Porque aquí se cuestiona la Vida
y el vientre del pensamiento;
las botellas chocan los cráneos
de la asamblea aérea.

El Verbo brota del sueño
como una flor o como un vaso
lleno de formas y de humos.

El vaso y el vientre chocan:
la vida es clara
en los cráneos vitrificados.

El areópago ardiente de los poetas
se congrega alrededor del tapete verde,
el vacío gira.

La vida pasa por el pensamiento
del poeta melenudo.

De "Oeuvres Completes" (Tome I)

Versión de Aldo Pellegrini

enero 27, 2016

Antígona entre los Franceses, Antonín Artaud

ANTIGONA ENTRE LOS FRANCESES

a Gaston Ferdíére

El nombre de la Antígona real que se encaminó al suplicio en Grecia 400 años antes de Jesucristo es un nombre de alma que ya no lo pronuncio dentro de mí más que como un remordimiento y como un canto.
¿Me he encaminado yo suficientemente hacia el suplicio para tener el derecho de enterrar a mi hermano el yo que Dios me había dado y del que jamás he podido hacer lo que quería
porque me lo impedían todos los yo distintos a yo-mismo, insinuados en el mío propio como no sé qué insólito parásito desde mi nacimiento?
Quién me volverá a dar a mí también mi Antígona para ayudarme en este último combate. El nombre de Antígona es un secreto y un misterio, y para llegar a tener piedad de su hermano hasta el punto de correr el riesgo de la muerte y encaminarse hacia el suplicio por él, ha sido preciso que Antígona mantuviese en ella un combate que nadie ha dicho jamás. Los nombres no proceden de la casualidad ni de nada y todo nombre hermoso es una victoria que ha conseguido nuestra alma contra ella en el absoluto inmediato y sensible del tiempo.
Para que ese nombre indescriptible de victoria vuelva a mí en la encarnación personal y formal de una mujer y de una hermana es preciso que la haya merecido como ella y que ella lo haya merecido como yo.
No se es hermano y hermana sin haber mantenido ese supremo combate interno de donde el yo personal ha salido como una victoria cercana y familiar sobre las fuerzas de no sé qué
abominable infinito.
El hermano de Antígona murió en la guerra luchando contra sus enemigos y mereció que Antígona lo acercase al momento de enterrarlo pero a su vez ella no pudo merecer enterrarlo
sin un combate parecido al de su hermano, no en el plano de la vida real sino en el del eterno infinito.
Ahora bien el infinito no es más que ese más allá que siempre quiere sobrepasar nuestra alma y nos hace creer que está en una parte distinta a nuestra alma, mientras que es el inconsciente de nuestra alma el que es ese más allá de infinito. '
Antígona es el nombre de esa terrible victoria que el yo heroico del ser ganó sobre las fuerzas obtusas y huidizas de todo lo que en nosotros no es ni ser ni yo, pero que se obstina en querer hacerse tomar por el ser de nuestro yo.
Nadie ha podido jamás ser Antígona sin primero haber sabido disociar en su alma la fuerza que la empujaba a existir, y haber sabido encontrar la fuerza contraria de reconocerse como diferente del ser que ella vivía y que la vivía.
El ser que yo vivo no me cogerá, y yo no cogeré a ese ser para morir y para irme, sino para lograr liberarme de él y no hundirme en la última ilusión que consiste en creer que no soy mas que el cuerpo en que me había enterrado la vida, necesito esa mano de piedad que la fuerza Antígona del ser supo separar de su ser contra el ser en el que ella se veía.
Pues nadie ha podido llorar sobre un muerto si no lloró antes sobre si' mismo, y si no supo enterrar su si mismo como lo otro de su yo: la muerte.
Esta fuerza de piedad es francesa. Es una fuerza de honradez interna que nos empuja a conservarnos francos con nosotros mismos, y no mentirnos jamás a nosotros mismos, en el
tormento del inconsciente y de los cuerpos.
A todas horas llegan hasta nosotros muchos cuerpos extranjeros que quieren ocupar el lugar intocado de nuestra alma, y el francés es ese yo eterno que jamás ha abandonado su alma, y como San Luis ha preferido morir de peste que ceder a sus enemigos.
Y nosotros no tenemos peor enemigo en el mundo que nuestro cuerpo en el momento de la muerte. Nadie ha podido ser francés y nacer en Francia si no ha sabido un día disociarse de ese cuerpo que nos constriñe como un enemigo extranjero, y contra el que ha ganado su naturaleza, y todo lo que es francés en Francia es la consecuencia de ese combate; pero quién lo sabe todavía hoy.
La tierra de Francia fue teatro de un extraño y misterioso combate que tuvo lugar en realidad y que tiene su fecha en la historia pero la historia no habla de él. ¿Y por qué?
Miles de hombres han muerto en Francia en grupo y por sus ideas y la historia jamás ha hablado de ellos.
Antaño se hicieron quemar héroes como soldados que se encaminan al fuego, y lo hicieron para perder su cuerpo y con el fin de encontrar otro que la Antígona de la piedad eterna
pueda acercar para enterrarlo, y darle algo con qué resucitar.
Y esto pasó en una época cercana a Juana de Arco y su suplicio, pues el suplicio de Juana de Arco es todo lo que la historia escrita ha sabido conservar y relatar de esa voluntad de combustión corporal por la que el yo francés del hombre se libera del enemigo extranjero.
Murieron para remontar su cuerpo francés, ¿pero dónde están y dónde esperan ahora a que vuelva su hermana Antígona que los hará volver del fuego a un cuerpo, y dará una tierra a
ese cuerpo reconquistado a través del fuego para que su alma pueda habitarlo siempre?
Están en Francia, y es en cuerpos de franceses vivos donde han esperado hasta hoy a que la Antígona delo Eterno volviese la cual les permitirá revivir su muerte. Esto con el fin de recuperar la vida. No sin una razón extraordinaria ha sido Francia llamada la tierra de los héroes, y porque ha sido la tierra de aquellos que prefirieron ir al fuego y bajo tierra a consentir a ese cuerpo extraño que vive sobre nuestra alma como un extranjero. De esa
tierra de donde cayeron, descenderá la Antígona de la eterna luz para volverlos a levantar.

ANTONIN ARTAUD

De Cartas desde Rodez, Editorial fundamentos (1980)

enero 26, 2016

Las madres en el establo (sueño) Antonin Artaud

Tapa retrato inédito de Antonin Artaud pintado durante su estancia en Rodez por Frederic Delanglade

LAS MADRES EN EL ESTABLO

Sueño

al Sr. J. D.

puertas, celdas, granero, comida, la habitación que tenía que elegir ¿era un granero o un establo; un refugio o una prisión?
¿era yo un hombre o un animal?
un mundo inagotable de pensamientos estaba alli, cuya llave sabía muy bien que la tenían en el fondo, pero que nunca se decidían a tendérmela, porque ninguno de esos pensamientos era yo, aunque fuesen todo lo que efectivamente pensaba yo.
Ahora bien las puertas de las habitaciones y celdas ante las que me encontraba y que en mi corazón temblaban de cólera, con sus cerraduras y sus llaves, en lo real estaban todas heladas
de silencio y de una hipócrita animalidad:
-me abriré cuando seas como yo, eso es lo que parecía decirme toda cerradura saltando de mi corazón.
yo era hombre pero las puertas con sus cerraduras de cólera querían verme pensarme a mí mismo como animal,
admitir por fin mi animalidad.
y era lo que yo no podía aceptar.
desconfiaba de cada puerta ninguna de las cuales me parecía segura para pasar, _ y no sabia si eran puertas que daban las prisiones del mundo o al espacio de las eternidades.
Ah, si todas las habitaciones hubiesen estado iluminadas como en el tiempo en que desde la pendiente de las montañas, abriendo ante mí la puerta de la inmensidad, veía el infinito sin cerradura y sin llave.
Pero ahora había muerto el tiempo de esto.
¿Por qué estamos también nosotras encerradas, no dejaban de mugir las cerraduras con sus puertas y sus llaves, nosotras que somos todo lo que ha querido encerrarte?
déjate llevar, por fin, déjate llevar, nosotras somos todas dignas porque tú eres digno, pero por fin estamos hartas de estar fijas, y nuestro comportamiento ha sido siempre el odio que abrigamos por tu dignidad.
Cuando se acababan estas palabras de la rebelión de los hombres contra mi buena voluntad, oí el desgarramiento de un gong que protestaba hasta en las nubes, señal de que todo infinito estaba ahora superado, ya que la misma inmensidad aullaha ante la violación que se le había hecho. Y yo sabía que el Infinito es alguien cuya misma dimensión está sin medida a no ser la de su voluntad, y que ésta grita hasta en las nubes a partir del momento en que es ultrajada.
¿Pero qué tenía que hacer yo con todas esas puertas del ser y con esos símbolos de personalidades en los que entrar? -
¿Soy entonces el cielo o el mar, o las olas de las inmensidades (les que oigo dentro de mi corazón como bueyes en un establo, yo que ando con mi esqueleto en la carne que no acabaré de doblegar hasta mi última hora?
¡No tendré vuestro orgullo puertas!
Prefiero el ruido de mi paso en la tierra que la violación de las eternidades.
Pero no tuve tiempo de acabar esta maldición contra la vida que me encierra en los caprichos de su calidad de ser, pues no era más que un feto levantado por las olas que me mugían; y las olas de todas esas puertas-mujeres, de esas cerraduras llaves que desde el oriente hipnótico de las cosas hacia mí con rapacidad, me transportaban a no sé qué en el que el ser del ser me rodeaba.
Son las Madres que cocean en el yo de todo hombre con de azagayas, me decía en ese momento mi pensamiento. 
Así es como ya no me sentía más que coceando, y que el paso del hombre en el que yo me escuchaba en la tierra y que la tierra había enterrado, habiéndome abandonado con mi esqueleto y mi carne, yo no era ya más que la intrusión de esas mujeres, donde toda puerta era ahora rechazada.
He aquí que por fin me vuelve la libertad pensaban en mí esas cohortes anudadas.
La libertad de ser y de abrazar lo que pienso, es decir mezclarse.
Para conocer la -felicidad de existir has dejado de considerarte como un límite, el límite de los cuatro brazos instalados contra todo lo que ha querido afluir. Las cosas no serán como tú has querido pensarlas, sino tal como se han querido a si mismas contra tu espíritu de insensata contención.
No se puede vivir sin animalidad.
- ahora bien desde hace demasiado tiempo yo conocía el punto de gelatina meníngea en el que se hunde la voluntad humana y qué abominables torsiones experimenta por parte de
una calidad de ser rebelada por haberse dejado engañar por falsas ideas. '
El yo quiero imprescriptible del yo no está solo en ese punto del cerebro donde el alma individual y personal se piensa, si-no que hay otros que cohabitan con él y que trabajan desde
siempre contra él.
Antes de que tuviese tiempo de decidir por mí mismo el ser de vivir me desposeyó.
Así es como las Madres violaron mi pensamiento.
Oleadas tras oleadas afluyen a mí desde todos los puntos de sus inmundas envidias, hasta el día en que entren en carencia, la carencia del Manifestado de la Vida.
Yo conocía antes el buey del granero y la cerradura del establo, la batalla entre el Manifestado y sus Madres y el No-Manifestado de las Supervivencias.
Supervivencia de lo que no fue la vida.
Sísifo volviendo a subir su roca en el espíritu no tiene para los sueños más necesidad que el grito de ese terrible AQUÍ YACE, en el que Aquel que no existe en la vida sino que para ser
necesita SUPERVIVENCIA, se dio a conocer a mi en mi sueño cuando las Madres me empujaron a la vida.
El inaccesible Infinito de las Supervivencias es para el ser más tentador que ser, ya que sobrevivir es superar un ser, cuando ese ser es estrangulado por la vida. Vivir es un tiempo, sobrevivir es: por el rechazo del tiempo de ser, no abandonar ya esa eternidad de NO-SER donde triunfa la Inteligencia celeste, Espíritu del No-Manifestado de la Vida.
Pero es aquí, les digo a las Madres del sueño en el momento de despertarme, AQUI donde pronto se la verá existir.

ANTONIN ARTAUD
De Cartas desde Rodez, Editorial fundamentos (1980)

enero 25, 2016

Yo Manuel, Manuel López Ares

YO MANUEL

Estoy pensando en los famosos, la fama es el mejor de los manjares, entonces uno se agota
de manducar pobreza Y llega a conocer todo lo malo del planeta. Que es lo copetudo.
si fuera por imagen, me agradaría ser presidente americano, uno jura por la patria invocando a dios y la biblia, pero el pueblo, jamás lo demandará, ni por sus faltas de mal mandatario ni por la pista de Anillaco. Doy fe.
También me agradaría diplomarme en diplomacia sin ser diplomado ni diplomático, para poder probar en todo el mundo, lo innecesario que somos, si al fin de cuentas, siempre perdemos Las Malvinas y siempre nos cambian de destino Y no agradecen nuestros buenos servicios.
Y dios y la biblia y el calefón siguen igual desde antes y aún después de Discepolín.
Pero sólo soy Manuel López Ares, un ilustre desconocido, que es conocido de si mismo y
que se diplomó de filósofo en las calles de Berisso y jamás conoció a su maestro de filosofía, de lo cual me siento orgulloso.
Por lo menos no puedo reírme de nadie como hacen los señores de la urna.
Estos señores que se sienten bien haciendo todo el mal posible a sus paisanos.

Manuel López Ares
De Revolución productiva (2003)
Artesanales Ares


enero 24, 2016

Dolor, Manuel López Ares

DOLOR

Señor, me duele el hambre
de amor, de aquel que vive
grupas de la ternura,
aquellos que no saben
los ardores del beso,
la caricia y el noble
temblor de la mirada.

Señor me duele el aire
triste de la tristeza
en la cara del niño,
me duele la temprana
paciencia de las madres
mientras la madrugada
se torna interminable.

Señor me duele el hambre
de tierra sin semilla,
las manos sin arados,
los presagios oscuros
en las llagas del mundo.
Y tú, me dueles hoy,
por tantas religiones
que en tu nombre destruyen


Manuel López Ares

De Tiro a los pavos reales Editorial Artesanales Ares

enero 23, 2016

Cayo Espino, Manuel López Ares

Cayo Espino

Cayo Espino
*Fusilado en Cuba por Tío Sam.

Orestes Gutierrez Peña.
la tumba fue Cayo Espino
Cuba, la llorosa madre
y Batista el asesino.
En Sierra Maestra muere
y solo tiene seis años
cayó cuidando un rebaño
Orestes Gutierrez Peña.
Por qué “Fruti y Coca Cola”
querían la Cuba fiel
“Cuba libre” pero sola
con Batista y sin Fidel.
Por los guajiros hambrientos
“Tío Sam” duro se empeña
y los mataba por cientos
como a ti, Gutierrez Peña.
La muestra no fue tan poca
para el bocado Batista
porque cuando estuvo lista,
para digerir, fue roca.
Al final cayó el tirano
con los yankis, sus amigos.
Se la dieron al insano
el Che y Fidel, soy testigo.
Orestes Gutierrez Peña
la tumba, fue Cayo Espino.


Mensajero del Che, fusilado por sospecha. POR LOS SOLDADOS DE BATISTA.


Manuel López Ares Berisso Provincia de Buenos Aires

enero 22, 2016

Ahora, Manuel López Ares

AHORA

Ahora que no estoy en los relojes
en toda su colosal maquinaria
y en el dulce no hacer hago mi vida
rodeado de ilustres inocentes
escapado del control y las barreras
ahora soy feliz entre infelices
que corren por las bajas, medio punto
vendo, compro, remato me desmayo,
cueros en alza, en baja los calzones
me río me desternillo no me copo
la cobardía del mercado, el terror
de los capitalistas y capangas
que gobiernan mi país y casi toda
América Latina, una excepción tan sólo.
Yo los veo correr a los cobardes
me desternillo de risa yo no tengo
nada más que un plazo fijo con la tierra
y me transporto a pie, pago mis cuentas
camino de alpargata y de noche suelo
dormir a pierna suelta, es hermoso
ver zánganos correr desesperados
porque la miel que les fabrica otro
perdió la dulzura del mercado.

Ahora que no estoy en los relojes
que soy un inocente jubilado.


Manuel López Ares
De Chafalonia

Artesanales Ares

enero 21, 2016

Ciudad amontonada, Manuel López Ares

CIUDAD AMONTONADA

Ando buscando la hora de los pájaros
los genitales del aire, los carozos,
de la hembra genial del universo,
el hilo de la luz, sus pentagramas.
Sólo encuentro páginas en blanco, -
multitudes groseras, puercos bípedos
en los arrabales de la histeria.
Pregunto a la gente, no conocen
la guarida del hueso, el blanco río
donde nada el oxigeno, la tristeza
del humo, el calendario del abandonado,
el perfil bochornoso de una madre '
huérfana de hijos y de escarcha
donde matar su amor desposeído.
Sin embargo hurgo los rincones
donde la miel y el beso descascaran
el diente del amor, sus iniciales
y sólo encuentro palabras dolorosas.
Traición, encubrimiento, muerte, luto,
miseria, soledad, aberración, perfidia.
Doblo la esquina del asco donde pudren
los basurales del alma sus riquezas
y encuentro la ciudad amontonada
a empellones buscando sus monedas.
Acá viven mie hijos y sus hijos
para contar mañana lo que viene.

Manuel López Ares

De Jueves (1993) Editorial Artesanales Ares

enero 20, 2016

Pensemos, Manuel López Ares

Pensemos,
un trébol libre, la substancia
de embellecer el verbo.
¡De hacer, con una honda una paloma!
Eso te otorga ciudadanía universal,
te hace poeta.
Fumemos relojero, necesito,
ver a febo trotando a la mañana.

Manuel López Ares

De Testimonio Editorial Artesanales Ares

enero 19, 2016

No me busques, Manuel López Ares

No me busques
en el fragor del grito
siempre me alejé
de los gritones.
Los que me conocen
"mis amigos",
pueden dar fe de lo que digo
y a ellos los convoco,
porque saben que mi mano
siempre, siempre,
que mi mano,
siempre, siempre,
fue más tuya; que vos,
en el abrazo.

Manuel López Ares
Junio del 2002.
En Berisso.


De “Tiro a los pavos reales”

enero 18, 2016

¡Chist!, Antón Chéjov

¡Chist!

 Iván Krasnukin, periodista de no mucha importancia, vuelve muy tarde a su hogar, con talante desapacible, desaliñado y totalmente absorto. Tiene el aspecto de alguien a quien se espera para hacer una pesquisa o que medita suicidarse. Da unos paseos por su despacho, se detiene, se despeina de un manotazo y dice con tono de Laertes disponiéndose a vengar a su hermana:
 -¡Estás molido, moralmente agotado, te entregas a la melancolía, y, a pesar de todo, enciérrate en tu despacho y escribe! ¿Y a ésto se llama vida? ¿Por qué no ha descrito nadie la disonancia dolorosa que se produce en el alma de un escritor que está triste y debe hacer reír a la gente o que está alegre y debe verter lágrimas de encargo? Yo debo ser festivo, matarlas callando, e ingenioso, pero imagínese que me entrego a la melancolía o, una suposición, ¡que estoy enfermo, que ha muerto mi niño, que mi mujer está de parto!... Dice todo esto agitando los brazos y moviendo los ojos desesperadamente... Luego entra en el dormitorio y despierta a su mujer.
 -Nadia-le dice-, voy a escribir... Te ruego que no me molesten, me es imposible escribir si los niños chillan, si las cocineras roncan... Procura que tenga té y... un bistec, ¿eh?... Ya lo sabes, no puedo escribir sin té... El té es lo que me sostiene cuando trabajo.
 Aquí nada es resultado del azar, del hábito, sino que todo, hasta la cosa más insignificante, denota una madura reflexión y un programa estricto. Unos pequeños bustos y retratos de grandes escritores, una montaña de borradores, un volumen de Belinski con una página doblada, una página de periódico, plegada negligentemente, pero de manera que se ve un pasaje encuadrado en lápiz azul, y al margen, con grandes letras, la palabra: "¡Vil!" También hay una docena de lápices con la punta recién sacada y unos cortaplumas con plumas nuevas, para que causas externas y accidentes del género de una pluma que se rompe no puedan interrumpir, ni siquiera un segundo, el libre impulso creador...
 Krasnukin se recuesta contra el respaldo del sillón y, cerrando los ojos, se abisma en la meditación del tema. Oye a su mujer que anda arrastrando las zapatillas y parte unas astillas para calentar el samovar. Que no está aún despierta del todo se adivina por el ruido de la tapadera del samovar y del cuchillo que se le caen a cada instante de las manos. No se tarda en oír el ruido del agua hirviendo y el chirriar de la carne. La mujer no cesa de partir astillas y de hacer sonar las tapas redondas y las puertecillas de la estufa. De pronto, Krasnukin se estremece, abre unos ojos asustados y olfatea el aire.
 -¡Dios mío, el óxido de carbono!-gime con una mueca de mártir-. ¡El óxido de carbono! ¡Esta mujer insoportable se empeña en envenenarme! ¡Dime, en el nombre de Dios, si puedo escribir en semejantes condiciones!
 Corre a la cocina y se extiende en lamentaciones caseras. Cuando, unos instantes después, su mujer le lleva, caminando con precaución sobre la punta de los pies, una taza de té, él se halla, como antes, sentado en su sillón, con los ojos cerrados, abismado en su tema. está inmóvil, tamborilea ligeramente en su frente con dos dedos y finge no advertir la presencia de su mujer... Su rostro tiene la expresión de inocencia ultrajada de hace un momento.
Igual que una jovencita a quien se le ofrece un hermoso abanico, antes de escribir el título coquetea un buen rato ante sí mismo, se pavonea, hace carantoñas... Se aprieta las sienes o bien se crispa y mete los pies bajo el sillón, como si se sintiese mal o entrecierra los ojos con aire lánguido, como un gato tumbado sobre un sofá... Por último, y no sin vacilaciones, adelanta la mano hacia el tintero y, como quien firma una sentencia de muerte, escribe el título...
 -¡Mamá, agua!-grita la voz de su hijo.
 -¡Chist!-dice la madre-. Papá escribe. Chist...
 Papá escribe a toda velocidad, sin tachones ni pausas, sin tiempo apenas para volver las hojas. Los bustos y los retratos de los escritores famosos contemplan el correr de su pluma, inmóviles, y parecen pensar: "¡Muy bien, amigo mío! ¡Qué marcha!"
 -¡Chist!-rasguea la pluma.
 -¡Chist!-dicen los escritores cuando un rodillazo los sobresalta, al mismo tiempo que la mesa.
 Bruscamente, Krasnukin se endereza, deja la pluma y aguza el oído... Oye un cuchicheo monótono... Es el inquilino de la habitación contigua, Tomás Nicolaievich, que está rezando sus oraciones.
 -¡Oiga!-grita Krasnukin-. ¿Es que no puede rezar más bajo? No me deja escribir.
 -Perdóneme-responde tímidamente Nicolaievich.
 -¡Chist!
 Cuando ha escrito cinco páginas, Krasnukin se estira de piernas y brazos, bosteza y mira al reloj.
 -¡Dios mío, ya son las tres!-gime-. La gente duerme y yo... ¡sólo yo estoy obligado a trabajar!
 Roto, agotado, con la cabeza caída hacia a un lado, se va al dormitorio, despierta a su mujer y le dice con voz lánguida:
 -Nadia, dame más té. Estoy sin fuerzas...
 Escribe hasta las cuatro y escribiría gustosamente hasta las seis, si el asunto no se hubiese agotado. Coquetear, hacer zalamerías ante sí mismo, delante de los objetos inanimados, al abrigo de cualquier mirada indiscreta que le atisbe, ejercer su despotismo y su tiranía sobre el pequeño hormiguero que el destino ha puesto por azar bajo su autoridad, he ahí la sal y la miel de su existencia. ¡De qué manera este tirano doméstico se parece un poco al hombre insignificante, oscuro, mudo y sin talento que solemos ver en las salas de redacción!
-Estoy tan agotado que me costará trabajo dormirme...-dijo al acostarse-. Nuestro trabajo, un trabajo maldito, ingrato, un trabajo de forzado, agota menos el cuerpo que el alma... Debería tomar bromuro... ¡Ay, Dios es testigo de que si no fuera por mi familia dejaría este trabajo!... ¡Escribir de encargo! ¡Esto es horrible!
 Duerme hasta las doce o la una, con un sueño profundo y tranquilo... ¡Ay, cuánto más dormiría aún, qué hermosos sueños tendría, cómo florecería si fuese un escritor o un editorialista famoso o al menos un editro conocido!...
 -¡Ha escrito toda la noche!-cuchichea su mujer con gesto apurado-. ¡Chist!
 Nadie se atreve a hablar ni andar, ni a hacer el menor ruido. Su sueño es una cosa sagrada que costaría caro profanar.

 -¡Chist!-se oye a través de la casa-. ¡Chist!

Antón Chéjov

enero 17, 2016

El álbum, Antón Chéjov

 El álbum


 El consejero administrativo Craterov, delgado y seco como la flecha del Almirantazgo, avanzó algunos pasos y, dirigiéndose a Serlavis, le dijo:
 -Excelencia: Constantemente alentados y conmovidos hasta el fondo del corazón por vuestra gran autoridad y paternal solicitud...
 -Durante más de diez años-le sopló Zacoucine.
 -Durante más de diez años... ¡Hum!... en este día memorable, nosotros, vuestros subordinados, ofrecemos a su excelencia, como prueba de respeto y de profunda gratitud, este álbum con nuestros retratos, haciendo votos porque vuestra noble vida se prolongue muchos años y que por largo tiempo aún, hasta la hora de la muerte, nos honréis con...
 -Vuestras paternales enseñanzas en el camino de la verdad y del progreso-añadió Zacoucine, enjugándose las gotas de sudor que de pronto le habían invadido la frente-. Se veía que ardía en deseos de tomar la palabra para colocar el discurso que seguramente traía preparado.
 -Y que-concluyó-vuestro estandarte siga flotando mucho tiempo aún en la carrera del genio, del trabajo y de la conciencia social.
 Por la mejilla izquierda de Serlavis, llena de arrugas, se deslizó una lágrima.
 -Señores-dijo con voz temblorosa-, no esperaba yo ésto, no podía imaginar que celebraseis mi modesto jubileo. Estoy emocionado, profundamente emocionado y conservaré el recuerdo de estos instantes hasta la muerte. Creedme, amigos míos, os aseguro que nadie os desea como yo tantas felicidades... Si alguna vez ha habido pequeñas dificultades... ha sido siempre en bien de todos vosotros...
 Serlavis, actual consejero de Estado, dio un abrazo a Craterov, consejero de estado administrativo, que no esperaba semejante honor y que palideció de satisfacción. Luego, con el rostro bañado en lágrimas como si le hubiesen arrebatado el precioso álbum en vez de ofrecérselo, hizo un gesto con la mano para indicar que la emoción le impedía hablar. Después, calmándose un poco, dijo unas cuantas palabras más muy afectuosas, estrechó a todos la mano y, en medio del entusiasmo y de sonoras aclamaciones, se instaló en su coche abrumado de bendiciones. Durante el trayecto sintió su pecho invadido de un júbilo desconocido hasta entonces y de nuevo se le saltaron las lágrimas.
En su casa le esperaban nuevas satisfacciones. Su familia, sus amigos y conocidos, le hicieron tal ovación que hubo un momento en que creyó sinceramente haber efectuado grandes servicios a la patria y que hubiese sido una gran desgracia para ella que él no hubiese existido. Durante la comida del jubileo no cesaron los brindis, los discursos, los abrazos y las lágrimas. En fin, que Serlavis no esperaba que sus méritos fuesen premiados tan calurosamente.
 -Señores-dijo en el momento de los postres-, hace dos horas he sido indemnizado por todos los sufrimientos que esperan al hombre que se ha puesto al servicio, no ya de la forma ni de la letra, si se me permite expresarlo así, sino del deber. Durante toda mi carrera he sido siempre fiel al principio de que no es el público el que se ha hecho para nosotros, sino nosotros los que estamos hechos para él. Y hoy he recibido la más alta recompensa. Mis subordinados me han ofrecido este álbum que me ha llenado de emoción.
 Todos los rostros se inclinaron sobre el álbum para verlo.
 -¡Qué bonito es!-dijo Olga, la hija de Serlavis-. Estoy segura de que no cuesta menos de cincuenta rublos. ¡Oh, es magnífico! ¿Me lo das, papá? Tendré mucho cuidado con él... ¡Es tan bonito!
 Después de la comida, Olga se llevó el álbum a su habitación y lo guardó en su secreter. Al día siguiente arrancó los retratos de los funcionarios tirándolos al suelo y colocó en su lugar los de sus compañeras de pensión. Los uniformes cedieron el sitio a las esclavinas blancas. Colás, el hijo pequeño de su excelencia, recortó los retratos de los funcionarios y pintó sus trajes de rojo. Colocó bigotes en los labios afeitados y barbas oscuras en los mentones imberbes. Cuando no tuvo más que colorear recortó siluetas y les atravesó los ojos con una aguja, para jugar con ellas a los soldados. Al consejero Craterov lo pegó de pie en una caja de cerillas y lo llevó colocado así al despacho de su padre.
 -Papá, mira un monumento.
Serlavis se echó a reír, movió la cabeza y, enternecido, dio un sonoro beso en la mejilla a Nicolás.
 -Anda, pilluelo, enséñaselo a mamá para que lo vea ella también.

Antón Chéjov

enero 16, 2016

El talento, Anton Chejov

El talento 
   
   
          El pintor Yegor Savich, que se hospeda en la casa de campo de la viuda de un oficial, está sentado en la cama, sumido en una dulce melancolía matutina.
     Es ya otoño. Grandes nubes informes y espesas se deslizan por el firmamento; un viento, frío y recio, inclina los árboles y arranca de sus copas hojas amarillas. ¡Adiós, estío!
     Hay en esta tristeza otoñal del paisaje una belleza singular, llena de poesía; pero Yegor Savich, aunque es pintor y debiera apreciarla, casi no para mientes en ella. Se aburre de un modo terrible y sólo le consuela el pensar que al día siguiente no estará ya en la quinta.
     La cama, las mesas, las sillas, el suelo, todo está cubierto de cestas, de sábanas plegadas, de todo género de efectos domésticos. Se han quitado ya los visillos de las ventanas. Al día siguiente, ¡por fin!, los habitantes veraniegos de la quinta e trasladarán a la ciudad.
     La viuda del oficial no está en casa. Ha salido en busca de carruajes para la mudanza.
     Su hija Katia, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha entrado en el cuarto del joven. Mañana se separan y tiene que decirle un sinfín de cosas. Habla por los codos; pero no encuentra palabras para expresar sus sentimientos, y mira con tristeza, al par que con admiración, la espesa cabellera de su interlocutor. Los apéndices capilares brotan en la persona de Yegor Savich con una extraordinaria prodigalidad; el pintor tiene pelos en el cuello, en las narices, en das orejas, y sus cejas son tan pobladas, que casi le tapan los ojos. Si una mosca osara internarse en la selva virgen capilar, de que intentamos dar idea, se perdería para siempre.
     Yegar Savich escucha a Katia, bostezando. Su charla empieza a fatigarle. De pronto la muchacha se echa a llorar. Él la mira con ojos severos al través de sus espesas cejas, y le dice con su voz de bajo:
     -No puedo casarme.
     -¿Pero por qué? -suspira ella.
     -Porque un pintor, un artista que vive de su arte, no debe casarse. Los artistas debemos ser libres.
     -¿Y no lo sería usted conmigo?
     -No me refiero precisamente a este caso... Hablo en general. Y digo tan sólo que los artistas y los escritores célebres no se casan.
     -¡Sí, usted también será célebre, Yegor Savich! Pero yo... ¡Ah, mi situación es terrible!... Cuando mamá se entere de que usted no quiere casarse, me hará la vida imposible. Tiene un genio tan arrebatado... Hace tiempo que me aconseja que no crea en sus promesas de usted. Luego, aún no le ha pagado usted el cuarto... ¡Menudos escándalos me armará!
     -¡Que se vaya al diablo su mamá de usted! Piensa que no voy a pagarle?
     Yegor Savich se levanta y empieza a pasearse por la habitación.
     -¡Yo debía irme al extranjero! -dice.
     Le asegura a la muchacha que para él un viaje al extranjero es la cosa más fácil del mundo: con pintar un cuadro y venderlo...
     -¡Naturalmente! -contesta Katia-. Es lástima que no haya usted pintado nada este verano.
     -¿Acaso es posible trabajar en esta pocilga? -grita, indignado, el pintor-. Además, ¿dónde hubiera encontrado modelos?
     En este momento se oye abrir una puerta en el piso bajo. Katia, que esperaba la vuelta de su madre de un momento a otro, echa a correr. El artista se queda solo. Sigue paseándase porla habitación. A cada paso tropieza con los objetos esparcidos por el suelo. Oye al ama de la casa regatear con los mujiks cuyos servicios ha ido a solicitar. Para templar el mal humor que le produce oírla, abre la alacena, donde guarda una botellita de vodka.
     -¡Puerca! -le grita a Katia la viuda del oficial- ¡Estoy harta de ti! ¡Que el diablo te lleve!
     El pintor se bebe una copita de vodka, y las nubes que ensombrecían su alma se van disipando. Empieza a soñar, a hacer espléndidos castillos en el aire.
     Se imagina ya célebre, conocido en el mundo entero. Se habla de él en la Prensa, sus retratos se venden a millares. Hállase en un rico salón, rodeado de bellas admiradoras... El cuadro es seductor, pero un poco vago, porque Yegor Savich no ha visto ningún rico salón y no conoce otras beldades que Katia y algunas muchachas alegres. Podía conocerlas por la literatura; pero hay que confesar que el pintor no ha leído ninguna obra literaria.
     -¡Ese maldito samovar! -vocifera la viuda-. Se ha apagado el fuego. ¡Katia, pon más carbón!
     Yegor Savich siente una viva, una imperiosa necesidad de compartir con alguien sus esperanzas y sus sueños. Y baja a la cocina, donde, envueltas en una azulada nube de humo, Katia y su madre preparan el almuerzo.
     -Ser artista es una cosa excelente. Yo, por ejemplo, hago lo que me da la gana, no dependo de nadie, nadie manda en mí. ¡Soy libre como un pájaro! Y, no obstante, soy un hombre útil, un hombre que trabaja por el progreso, por el bien de la humanidad.
     Después de almorzar, el artista se acuesta para «descansar» un ratito. Generalmente, el ratito se prolonga hasta el obscurecer; pero esta tarde la siesta es más breve. Entre sueños, siente nuestro joven que alguien le tira de una pierna y le llama, riéndose. Abre los ojos y ve, a los pies del lecho, a su camarada Ukleikin, un paisajista que ha pasado el verano en las cercanías, dedicado a buscar asuntos para sus cuadros.
     -¡Tú por aquí! -exclama Yegor Savich con alegría, saltando de la cama- ¿Cóma te va, muchacho?
     Los dos amigos se estrechan efusivamente la mano, se hacen mil preguntas...
     -Habrás pintado cuadros muy interesantes -dice Yegor Savich, mientras el otro abre su maleta.
     -Sí, he pintado algo... ¿y tú?
     Yegor Savich se agacha y saca de debajo de la cama un lienzo, no concluido, aún, cubierto de polvo y telarañas.
     -Mira -contesta-. Una muchacha en la ventana, después de abandonarla el novio... Esto lo he hecho en tres sesiones.
     En el cuadro aparece Katia, apenas dibujada, sentada junto a una ventana, por la que se ve un jardincillo y un remoto horizonte azul.
     Ukleikin hace un ligera mueca: no le gusta el cuadro.
     -Sí, hay expresión -dice-. Y hay aire... El horizonte está bien... Pero ese jardín..., ese matorral de la izquierda... son de un colorido un poco agrio.
     No tarda en aparecer sobre la mesa la botella de vodka.
     Media hora después llega otro compañero: el pintor Kostilev, que se aloja en una casa próxima. Es especialista en asuntos históricos. Aunque tiene treinta y cinco años, es principiante aún. Lleva el pelo largo y una cazadora con cuello a lo Shakespeare. Sus actitudes y sus gestos son de un empaque majestuoso. Ante la copita de vodka que le ofrecen sus camaradas hace algunos dengues; pero al fin se la bebe.
     -¡He concebido, amigos míos, un asunto magnífico! -dice-. Quiero pintar a Nerón, a Herodes, a Calígula, a uno de los monstruos de la antigüedad, y oponerle la idea cristiana. ¿Comprendéis? A un lado, Roma; al otro, el cristianismo naciente. Lo esencial en el cuadro ha de ser la expresión del espíritu, del nuevo espíritu cristiano.
     Los tres compañeros, excitados por sus sueños de gloria, van y vienen por la habitación como lobos enjaulados. Hablan sin descanso, con un fervoroso, entusiasmo. Se les creería, oyéndoles, en vísperas de conquistar la fama, la riqueza, el mundo. Ninguno piensa en que ya han perdido los tres sus mejores años, en que la vida sigue su curso y se los deja atrás, en que, en espera de la gloria, viven como parásitos, mano sobre mano. Olvidan que entre los que aspiran al título de genio, los verdaderos talentos son excepciones muy escasas. No tienen en cuenta que a la inmensa mayoría de los artistas les sorprende la muerte «empezando». No quieren acordarse de esa ley implacable suspendida sobre sus cabezas, y están alegres, llenos de esperanzas.
     A las dos de la mañana, Kostilev se despide y se va. El paisajista se queda a dormir con el pintor de género.
     Antes de acostarse, Yegor Savich coge una vela y baja por agua a la cocina. En el pasillo, sentada en un cajón, con las manos cruzadas sobre las rodillas, con los ojos fijos en el techo, está Katia soñando...
     -¿Qué haces ahí? -le pregunta, asombrado, el pintor- ¿En qué piensas?
     -¡Pienso en los días gloriosos de su celebridad de usted! -susurra ella-. Será usted un gran hombre, no hay duda. He oído su conversación de ustedes y estoy orgullosa.

     Llorando y riendo al mismo tiempo, apoya las manos en los hombros de Yegor Savich y mira con honda devoción al pequeño dios que se ha creado.

Anton Chejov

enero 15, 2016

Vanka, Anton Chejov


 Vanka

   
     Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad.
     Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió del armario un frasco de tinta y un portaplumas con una pluma enrobinada, y, colocando ante él una hoja muy arrugada de papel, se dispuso a escribir.
     Antes de empezar dirigió a la puerta una mirada, en la que se pintaba el temor de ser sorprendido, miró al icono obscuro del rincón y exhaló un largo suspiro.
     El papel se hallaba sobre un banco, ante el cual estaba él de rodillas.
     «Querido abuelo Constantino, Makarich -escribió-: Soy yo quien te escribe. Te felicito con motivo de las Navidades y le pido a Dios que te colme de venturas. No tengo papá ni mamá; sólo te tengo a ti...
     Vanka miró a la obscura ventana, en cuyos cristales se reflejaba da bujía, y se imaginó a su abuelo Constantino Makarich, empleado a la sazón como guardia nocturno en casa de los señores Chivarev. Era un viejecillo enjuto y vivo, siempre risueño y con ojos de bebedor. Tenía sesenta y cinco años. Durante el día dormía en la cocina o bromeaba con los cocineros, y por la noche se paseaba, envuelto en una amplia pelliza, en torno de la finca, y golpeaba de vez en cuando con un bastoncillo una pequeña, plancha cuadrada, para dar fe de que no dormía y atemorizar a los ladrones. Acompañábanle dos perros: Canelo y Serpiente. Este último se merecía su nombre: era largo de cuerpo y muy astuto, y siempre parecía ocultar malas intenciones; aunque miraba a todo el mundo con ojos acariciadores, no le inspiraba a nadie confianza. Se adivinaba, bajo aquella máscara de cariño, una perfidia jesuítica.
     Le gustaba acercarse a la gente con suavidad, sin ser notado, y morderla en las pantorrillas. Con frecuencia robaba pollos de casa de los campesinos. Le pegaban grandes palizas; dos veces había estado a punto de morir ahorcado; pero siempre salía con vida de los más apurados trances y resucitaba cuando le tenían ya por muerto.
     En aquel momento, el abuelo de Vanka estaría, de fijo, a la puerta, y mirando las ventanas iluminadas de la iglesia, embromaría a los cocineros y a las criadas, frotándose las manos para calentarse. Riendo con risita senil les daría vaya a las mujeres.
     -¿Quiere usted un polvito? -es preguntaría, acercándoles la tabaquera a la nariz.
     Las mujeres estornudarían. El viejo, regocijadísimo, prorrumpiría en carcajadas y se apretaría con ambas manos los ijares.
     Luego les ofrecería un polvito a los perros. El Canelo estornudaría, sacudiría la cabeza, y, con el gesto huraño de un señor ofendido en su dignidad, se marcharía. El Serpiente, hipócrita, ocultando siempre sus verdaderos sentimientos, no estornudaría y menearía el rabo.
     El tiempo sería soberbio. Habría una gran calma en la atmósfera, límpida y fresca. A pesar de la obscuridad de la noche, se vería toda la aldea con sus tejados blancos, el humo de las chimeneas, los árboles plateados por la escarcha, los montones de nieve. En el cielo, miles de estrellas parecerían hacerle alegres guiños a la Tierra. La Vía Láctea se distinguiría muy bien, como si, con motivo de la fiesta, la hubieran lavado y frotado con nieve...
     Vanka, imaginándose todo esto, suspiraba.
     Tomó de nuevo la pluma y continuó escribiendo:
     «Ayer me pegaron. El maestro me cogió por los pelos y me dio unos cuantos correazos por haberme dormido arrullando a su nene. El otro día la maestra me mandó destripar una sardina, y yo, en vez de empezar por la cabeza, empecé por la cola; entonces la maestra cogió la sardina y me dio en la cara con ella. Los otros aprendices, como son mayores que yo, me mortifican, me mandan por vodka a la taberna y me hacen robarle pepinos a la maestra, que, cuando se entera, me sacude el polvo. Casi siempre tengo hambre. Por la mañana me dan un mendrugo de pan; para comer, unas gachas de alforfón; para cenar, otro mendrugo de pan. Nunca me dan otra cosa, ni siquiera una taza de té. Duermo en el portal y paso mucho frío; además, tengo que arrullar al nene, que no me deja dormir con sus gritos... Abuelito: sé bueno, sácame de aquí, que no puedo soportar esta vida. Te saludo con mucho respeto y te prometo pedirle siempre a Dios por ti. Si no me sacas de aquí me moriré.»
     Vanka hizo un puchero, se frotó los ojos con el puño y no pudo reprimir un sollozo.
     «Te seré todo lo útil que pueda -continuó momentos después-. Rogaré por ti, y si no estás contento conmigo puedes pegarme todo lo que quieras. Buscaré trabajo, guardaré el rebaño. Abuelito: te ruego que me saques de aquí si no quieres que me muera. Yo escaparía y me iría a la aldea contigo; pero no tengo botas, y hace demasiado frío para ir descalzo. Cuando sea mayor te mantendré con mi trabajo y no permitiré que nadie te ofenda. Y cuando te mueras, le rogaré a Dios por el descanso de tu alma, como le ruego ahora por el alma de mi madre.
     «Moscú es una ciudad muy grande. Hay muchos palacios, muchos caballos, pero ni una oveja. También hay perros, pero no son como los de la aldea: no muerden y casi no ladran. He visto en una tienda una caña de pescar con un anzuelo tan hermoso, que se podrían pescar con ella los peces más grandes. Se venden también en las tiendas escopetas de primer orden, como la de tu señor. Deben costar muy caras, lo menos cien rublos cada una. En las carnicerías venden perdices, liebres, conejos, y no se sabe dónde los cazan.
     «Abuelito: cuando enciendan en casa de los señores el árbol de Navidad, coge para mí una nuez dorada y escóndela bien. Luego, cuando yo vaya, me la darás. Pídesela a la señorita Olga Ignatievna; dile que es para Vanka. Verás cómo te la da.»
     Vanka suspira otra vez y se queda mirando a la ventana. Recuerda que todos los años, en vísperas de la fiesta, cuando había que buscar un árbol de Navidad para los señores, iba él al bosque con su abuelo. ¡Dios mío, qué encanto! El frío le ponía rojas las mejillas; pero a él no le importaba. El abuelo, antes de derribar el árbol escogido, encendía la pipa y decía algunas chirigotas acerca de la nariz helada de Vanka. Jóvenes abetos, cubiertos de escarcha, parecían, en su inmovilidad, esperar el hachazo que sobre uno de ellos debía descargar la mano del abuelo. De pronto, saltando por encima de los montones de nieve, aparecía una liebre en precipitada carrera. El abuelo, al verla, daba muestras de gran agitación y, agachándose, gritaba:
     -¡Cógela, cógela! ¡Ah, diablo!
     Luego el abuelo derribaba un abeto, y entre los dos le trasladaban a la casa señorial. Allí, el árbol era preparado para la fiesta. La señorita Olga Ignatievna ponía mayor entusiasmo que nadie en este trabajo. Vanka la quería mucho. Cuando aún vivía su madre y servía en casa de los señores, Olga Ignatievna le daba bombones y le enseñaba a leer, a escribir, a contar de uno a ciento y hasta a bailar. Pero, muerta su madre, el huérfano Vanka pasó a formar parte de la servidumbre culinaria, con su abuelo, y luego fue enviado a Moscú, a casa del zapatero Alajin, para que aprendiese el oficio...
     «¡Ven, abuelito, ven! -continuó escribiendo, tras una corta reflexión, el muchacho-. En nombre de Nuestro Señor te suplico que me saques de aquí. Ten piedad del pobrecito huérfano. Todo el mundo me pega, se burla de mí, me insulta. Y, además, siempre tengo hambre. Y, además, me aburro atrozmente y no hago más que llorar. Anteayer, el ama me dio un pescozón tan fuerte, que me caí y estuve un rato sin poder levantarme. Esto no es vivir; los perros viven mejor que yo... Recuerdos a la cocinera Alena, al cochero Egorka y a todos nuestros amigos de la aldea. Mi acordeón guárdale bien y no se lo dejes a nadie. Sin más, sabes te quiere tu nieto
VANKA CHUKOV.
     Ven en seguida, abuelito.»
     Vanka plegó en cuatro dobleces la hoja de papel y la metió en un sobre que había comprado el día anterior. Luego, meditó un poco y escribió en el sobre la siguiente dirección:
«En la aldea, a mi abuelo.»
     Tras una nueva meditación, añadió:
«Constantino Makarich.»
     Congratulándose de haber escrito la carta sin que nadie se lo estorbase se puso la gorra, y, sin otro abrigo, corrió a la calle.
     El dependiente de la carnicería, a quien aquella tarde le había preguntado, le había dicho que las cartas debían echarse a los buzones, de donde las recogían para llevarlas en troika a través del mundo entero.
     Vanka echó su preciosa epístola en el buzón más próximo...
     Una hora después dormía, mecido por dulces esperanzas.
     Vio en sueños la cálida estufa aldeana. Sentado en ella, su abuelo les leía a las cocineras la carta de Vanka. El perro Serpiente paseábase en torno de la estufa y meneaba el rabo...

Anton Chejov


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